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jueves, 27 de noviembre de 2014

La Inmaculada Concepción, modelo de nuestro “Sí” a la Voluntad de Dios


         La Virgen María es nuestro modelo para decir que “Sí” a la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Todo lo que tenemos que hacer, es contemplarla a Ella en el momento en el que el Arcángel Gabriel le anuncia que Dios la ha elegido para ser Madre del Hijo Eterno de Dios (Lc 1, 28). La Virgen, al saber que es Voluntad de Dios, no duda ni por un instante en dar el “Sí” a lo que Dios quiere y la razón por la que dice que “Sí”, es que ama a Dios con todo su ser, con toda su alma, con toda su mente, con todo su corazón, y por eso, le basta con saber que es Voluntad de Dios, para querer y amar su Voluntad con todas las fuerzas de su ser, y por eso dice inmediatamente que “Sí”, que quiere que se haga en Ella la Voluntad de Dios: “He aquí la Esclava del Señor; se haga en mí según su Voluntad”.
         En ese “Sí” de la Virgen, estaba comprendida la profecía de Simeón, cuando la Virgen habría de llevar a su Hijo recién nacido al Templo, en la ceremonia de la Presentación del Señor: “Una espada de dolor te atravesará el corazón” (Lc 2, 33-35); la Virgen acepta y ama la Voluntad de Dios, aun cuando es la Voluntad de Dios que una espada de dolor le atraviese el corazón, porque su Hijo, el Hijo de sus entrañas virginales, será el Mesías, que será entregado como Hostia Inmaculada en el Santo Sacrificio de la Cruz, para la salvación del mundo, y la Virgen, a pesar de esto, ama y acepta la Voluntad de Dios.
         En el “Sí” de la Virgen estaba comprendida la participación espiritual de la Virgen en la Pasión de su Hijo Jesús, porque aunque Ella no participó físicamente de la Pasión, en el sentido de que no sufrió en su Cuerpo purísimo los azotes y los golpes y la coronación de espinas que sufrió su Hijo, sí los sufrió moral y espiritualmente, porque estaba tan unida por el Amor a su Hijo Jesús, que todo lo que le pasaba a su Hijo, repercutía en su Corazón y en su Alma, de manera tal que puede decirse que la Pasión que sufrió su Hijo Jesús físicamente la padeció la Virgen moral y espiritualmente, y por eso la Virgen es Corredentora, y a pesar de eso, la Virgen le dijo “Sí”, a la Voluntad de Dios.
         En el “Sí” de la Virgen a la Voluntad de Dios, estaba comprendida la entrega del Amor de sus entrañas, su Hijo Jesús, para la salvación del mundo, en el sacrificio de la cruz, y la Virgen habría de hacerlo años después, cuando, erguida al pie de la cruz (cfr. Jn 19, 25-27), como Nuestra Señora de los Dolores, actuara como Sacerdotisa que ofrecería al Padre la Víctima Inmaculada, Pura y Santa, que salvaría a los hombres de la eterna perdición, les infundiría su filiación divina y los conduciría al cielo, para hacerlos bienaventurados por toda la eternidad en el seno eterno del Padre, y por este motivo, es que la Virgen también es Corredentora, porque al pie de la cruz, se desprendió de la Fuente de su Amor y de su Vida, su Hijo Jesús, para que nosotros los hombres, fuéramos salvados de la eterna condenación, y a pesar de ese dolor, que fue la actualización y el cumplimiento cabal de la profecía de Simeón: “Una espada de dolor te atravesará el corazón”, la Virgen le dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios.
         La Virgen le dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios, aunque en ese “Sí” estaban comprendidos los tres días de amargo luto que habría de sobrellevar por la muerte de su Hijo: el Viernes Santo, el Sábado Santo, y el amanecer del Domingo de Resurrección; cuando la Virgen le dijo que “Sí” al Arcángel que le anunciaba que era la Elegida para ser la Madre de Dios, la Virgen no le cuestionó que porqué iba a tener que pasar días de dolor, y nadie pasó días más amargos y de más dolor que la Virgen, porque es Ella quien habla en el Libro de las Lamentaciones: “Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor?” (Lam 1, 12), porque no hay dolor más grande que el dolor de la Madre de Dios al ver muerto a su Hijo Dios en la cruz, luego de sufrir terribles dolores, después de tres horas de dolorosa agonía, y a pesar de esto, la Virgen dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios, y no solo nunca se quejó de la Voluntad de Dios, sino que siempre, y sobre todo en las horas más amargas y tristes, encontró la Virgen que la Voluntad de Dios para su vida era un néctar más dulce que la miel y por eso en todo momento dijo siempre: “Sí, hágase en mí según su Voluntad”.
         Por todo esto, cuando nos sea difícil e incomprensible comprender o aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas, elevemos la mirada del alma a la Virgen Santísima, la contemplemos en su Inmaculada Concepción, la contemplemos en el momento del Anuncio del Ángel, meditemos en su “Fiat”, en su “Sí” amoroso a la amorosa Voluntad de Dios, y le pidamos la gracia que sea Ella quien mueva nuestros corazones y nuestros labios, para que también nosotros, junto con Ella, desde su Inmaculado Corazón, le digamos a Nuestro Amado Dios: “Fiat”, “Sí, hágase tu amadísima y santísima Voluntad, oh Dios Uno y Trino, en mi pobre y humilde vida. Amén”.


domingo, 7 de abril de 2013

La Anunciación del Señor




(Ciclo C - 2013)
“El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra (…) Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 26-38). El Ángel Gabriel le anuncia a María Virgen una noticia de Dios Trino: el Amor divino, el Espíritu Santo, “la cubrirá con su sombra”, es decir, llevará del seno del Padre, a su seno, a Dios Hijo, para que se encarne y luego, naciendo milagrosamente en Belén, Casa de Pan, se done a sí mismo como Pan de Vida eterna.
María Santísima, que ha sido creada por Dios en Inmaculada y Llena de gracia, precisamente para este momento, da su “Fiat”, su “Sí” a la Voluntad divina, permitiendo de esta manera que se ponga en marcha el plan de salvación para toda la humanidad.
La escena y el contenido del anuncio del Ángel a María y la respuesta afirmativa libre de María permitiendo que se cumpla en Ella la Voluntad salvífica de Dios, constituye a la Virgen María como el Portal de eternidad, mediante el cual Dios ingresa en el mundo. Con su Inmaculado Corazón y con su “Fiat”, María es la Puerta que desde la tierra se abre al cielo para que ingrese a los hombres el Dios Invisible a quien Ella, oficiando de Madre de Dios, revestirá con su carne y su sangre, como hace toda madre con su hijo, para volverlo visible. En un admirable intercambio, Ella le aporta de su naturaleza humana, para que el Verbo de Dios, Espíritu Puro e Invisible, posea un Cuerpo y sea visible, de modo de poder ofrecerlo en el Santo Sacrificio de la Cruz; a su vez Él, Dios Hijo, le comunica de su divinidad por anticipado, en vistas a su admirable triunfo y resurrección después de la muerte en Cruz, y le concede la gracia de ser Inmaculada y Llena de gracia, para que en su seno virgen pueda alojarse, por nueve meses, Aquél cuyo Ser trinitario es Inmaculado es la Gracia Increada misma. Gracias al “Fiat” de María, se cumple por Cristo Cabeza el plan divino de salvación, porque a la Anunciación del Ángel le sigue la Encarnación del Verbo, y a su Encarnación le sigue su Pasión, Muerte y Resurrección.
Pero el “Fiat” de María a la Anunciación de la Voluntad de Dios por parte del Ángel, encierra otra admirable realidad salvífica, además de la Encarnación del Verbo; esta admirable realidad salvífica, de la cual la Virgen es su Celestial Precursora y a la vez maravilloso anticipo, es la realidad de la Santa Misa: así como el Ángel anuncia a María que el Verbo de Dios se habrá de encarnar en su seno virgen por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo, así el sacerdote ministerial, representado en el ángel, anuncia a la Iglesia, por las palabras de la consagración, que el Verbo de Dios encarnado prolongará su encarnación en su seno virgen, el altar eucarístico, por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo; así como la Virgen dio de su naturaleza humana al Hijo eterno del Padre, permitiendo que, al ser revestido, fuera visible y, luego de nacer en Belén, Casa de Pan, tuviera un Cuerpo para ofrecer en el altar de la Cruz y así donarse como Pan de Vida eterna, así también la Iglesia da, a través de la naturaleza humana del sacerdote ministerial, las palabras de la consagración, por medio de las cuales el Hijo eterno del Padre, con su Cuerpo resucitado, se reviste de las apariencias de pan, para ser visible como Eucaristía y, luego de nacer en el Nuevo Belén, el altar eucarístico, tenga un Cuerpo sacramentado para ofrecer en el Altar del sacrificio y así donarse como Pan de Vida eterna, Pan que alimentará con la vida misma de Dios a quien lo reciba con fe y con amor en la Eucaristía.
Pero el “Fiat” de María a la Anunciación de la Voluntad de Dios por parte del Ángel, encierra otra admirable realidad salvífica, además de la Encarnación del Verbo y de la Santa Misa; su “Fiat” encierra y anticipa el “Fiat” que habrían de repetir, en su imitación y a lo largo de la historia, miles y miles de hijos suyos adoptivos, que al igual que Ella, recibirían por el poder de la gracia del Espíritu Santo, la iluminación en sus mentes y en sus corazones para recibir al Verbo de Dios, en sus mentes por la aceptación de la primero, y en sus corazones por la recepción de su Cuerpo sacramentado, la Eucaristía después; a lo largo de la historia, los hijos de María recibirían al Pan de Vida eterna por la gracia y por la comunión eucarística, en sus mentes y en sus corazones, y revistiendo al Verbo con sus palabras, lo darían a conocer al mundo por medio de las obras del Amor, las obras de misericordia.
“El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra (…) Hágase en mí según tu palabra”. El “Fiat” de María, su “Sí” a la Voluntad de Dios, inaugura para los hombres una maravillosa Nueva Era, la Era de la Presencia de Dios entre los hombres, la Era de la Presencia de Cristo Eucaristía, Dios eterno, en su Iglesia, la Era de los hijos adoptivos de Dios, que habrían de iluminar al mundo con el Amor de Cristo convertido en obras de misericordia.