sábado, 28 de julio de 2018

La Verdadera Devoción a María no es sensible



         El Manual afirma que la Verdadera Devoción es a la vida espiritual lo que el alma al cuerpo: aun cuando es el alma la que da vida al cuerpo permitiéndole respirar y hacer que el corazón palpite y bombee sangre, no está la persona pensando todo el tiempo en el alma; el alma realiza su función sin que estemos conscientes de ello todo el tiempo. Basta con que la persona se recuerde cada tanto que es el alma la que le da la vida, aunque si no la recuerda, el alma lo mismo ejerce su función. De la misma manera, la Verdadera Devoción ejerce en la vida espiritual una función vital, pues es la que debe animar absolutamente toda la vida espiritual, todo acto de devoción, toda oración, toda obra de misericordia que el alma realice.
         Ahora bien, aclara el manual que la Verdadera Devoción no es sensible, en el sentido de que no se acompaña de “sentimientos”. No quiere decir que la persona sea fría o insensible, porque no se refiere al tipo de personalidad del legionario, sino a que siendo la Verdadera Devoción una gracia, es supra-sensible, es decir, es algo que no se siente, no puede experimentarse. Pretender “sentir” algún efecto por estar consagrados, es desvirtuar la consagración, además de ser un instrumento peligroso para la vida espiritual, puesto que conduce a un pronto desánimo y a fallas en la perseverancia, cuando no se experimenta “sensiblemente” la devoción.
         Por el contrario, un legionario, consagrado, puede realizar a la perfección su consagración, con todo lo que esto implica, pero al mismo tiempo, no experimentar ninguna sensación ni tampoco ningún sentimiento y esto no significa que no esté viviendo plena y totalmente la consagración.
         Para graficar esto que estamos diciendo, el Manual utiliza la figura de un gran edificio –el alma- que aunque recibe los rayos del sol y en esas partes está caliente –la devoción sensible-, en sus partes más profundas, que son sus cimientos –la Verdadera Devoción- no llega la luz del sol y por lo tanto hace frío –ausencia de sensiblería religiosa-. Dice así el Manual[1]: “la Verdadera Devoción no es cuestión de fervor sensible; como en todo gran edificio, aunque a veces se abrase en los ardores del sol, sus hondos cimientos permanecen fríos como la roca en la que descansan. La razón es, normalmente, fría. (…) La misma fe puede ser fría como un diamante. Y, sin embargo, estos son los fundamentos de la Verdadera Devoción: cimentada sobre ellos, durará para siempre; y ni los hielos ni las tormentas que resquebrajan las montañas, la podrán destruir, todo lo contrario, la dejarán más fuerte que nunca”.
No busquemos “sentir”; no busquemos “los consuelos de Dios, sino al Dios de los consuelos”, como decía Santa Teresa de Ávila. A la razón le basta con saber que está viviendo la Verdadera Devoción, aun cuando sensiblemente no “sienta nada”, pero el no sentir nada no quiere decir que no se esté viviendo la Verdadera Devoción en su esencia, porque la Verdadera Devoción no es sensible.


[1] Cfr. Manual del Legionario VI, 5.

viernes, 13 de julio de 2018

El significado de las tres rosas de María Rosa Mística



¿Qué significan las tres rosas de María Rosa Mística? Veamos su significado a la luz de la fe. La Rosa Blanca: el color blanco es símbolo de pureza, significa algo que está limpio, sin mancha. Como tal, significa a la misma Virgen, que es en sí misma la Inmaculada Concepción, la concebida sin mancha de pecado original, desde el momento en que estaba destinada a ser la Madre de Dios, a alojar en sí misma a la Palabra de Dios encarnada, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Pero además de la Virgen, como nosotros somos sus hijos adoptivos, la rosa blanca significa la pureza que deben tener nuestros cuerpos y almas, como hijos suyos que somos.  Es decir, la rosa blanca simboliza la pureza del cuerpo, vivida por la castidad corporal, pero significa también la pureza del alma, la pureza de la fe, por cuanto nuestra fe no debe estar contaminada por supersticiones de ningún tipo, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San la Muerte y tantos otros más. Debemos ser puros de cuerpo y alma porque si la Virgen estaba destinada a alojar en su seno purísimo a Jesús, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, también nosotros estamos destinados a alojar en nuestros corazones a Jesús Eucaristía y para eso es que debemos ser puros de cuerpo y alma, es decir, debemos ser castos y debemos tener una fe firme, sin contaminaciones de ídolos paganos. ¿Cómo adquirimos esta doble pureza de cuerpo y alma? Por la gracia santificante, que nos quita el pecado y nos da la vida de Dios y por la castidad, por la pureza de costumbres y de vida, desechando todo lo que sea pecado y nos aparte de Dios. La rosa blanca nos debe recordar que estamos llamados a ser puros de cuerpo y alma, porque estamos llamados a ser “templos del Espíritu Santo” con nuestro cuerpo y nuestro corazón, altar en donde se adore a la Eucaristía.
La Rosa Roja: el color rojo simboliza el sacrificio porque es el color de la sangre; significa ya sea la sangre derramada en testimonio de Cristo o bien el sacrificio de cualquier tipo hecho en su honor. Aquí también está representada la Virgen, porque si bien Ella no sufrió un martirio cruento, participó de tal modo de la Pasión y de los dolores de su Hijo, que mereció la palma del martirio. Además, toda su vida fue un continuo sacrificio en honor de su Hijo Jesús. La Rosa Roja nos recuerda que mucho debemos luchar para ganar el cielo, empezando por la lucha contra nosotros mismos, contra nuestra propia pereza, corporal y espiritual, que nos impide no solo hacer sacrificios, sino hacer cualquier obra buena en honor de Dios. La Rosa Roja nos recuerda que para ganar el cielo, debemos imitar a nuestra Madre celestial en el sacrificio de su vida y, al igual que Ella, o mejor, consagrados a Ella, convertir nuestras vidas de míseros pecadores en ofrendas sacrificiales agradables a Dios. La Rosa Roja nos recuerda permanentemente que esta vida no es para el descanso, sino como dice la Escritura, “lucha es la vida del hombre en la tierra”, y es lucha contra la propia pereza y lucha para hacer sacrificios y obras de misericordia que nos permitan ganar el cielo. La Virgen es ejemplo supremo de sacrificio, porque Ella se ofreció toda su vida en sacrificio por su Hijo, ofreciéndose en grado supremo al pie de la cruz, ofrendando al Padre a Aquel que era su propia vida, su Hijo Jesús. Al ofrecer a su Hijo en la Cruz, la Virgen nos da ejemplo de máximo sacrificio, porque Ella estaba ofreciendo lo que era su Vida y la razón de su Ser y existir en la tierra y Ella lo ofreció por amor a Dios y por la salvación de los hombres. Por eso, la Rosa Roja de María Rosa Mística nos recuerda que nuestra vida toda debe ser un continuo acto de sacrificio en honor a su Hijo Jesús y que el lugar del máximo sacrificio, en el que nos ofrecemos con nuestras vidas, por manos de la Virgen, a Dios, es la Santa Misa, representación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz. A imitación suya, los cristianos debemos ofrecer sacrificios por los pecadores y por nosotros mismos, y el lugar ideal es la Santa Misa.
Por último, la Rosa Dorada significa adoración y por eso mismo representan a la misma Virgen, porque Ella fue la que adoró, antes que nadie, a su Hijo Jesús, la Palabra Eterna del Padre que por obra del Espíritu Santo se encarnaba en su seno virginal. Desde la Encarnación y durante toda la vida de Jesús, y luego de su muerte, en la Resurrección y en cada Eucaristía, la Virgen adoró con adoración y amor supremos a su Hijo Jesús y por eso la Rosa Dorada la representa en primer lugar. Pero también nos recuerda que nosotros, como hijos de la Virgen, estamos llamados a adorar continuamente, de día y de noche, despiertos y dormidos, vigiles y descansando, a su Hijo Jesús en la Eucaristía, de manera tal que de nuestros labios y de nuestros corazones se eleven permanentemente cantos de amor y de adoración a Jesús Eucaristía, aunque la adoración también es por medio de las obras de misericordia.
Pureza de cuerpo y alma, sacrificio hasta dar la propia vida por Jesús, adoración a la Eucaristía de noche y día, esto es lo que significan las tres Rosas, Blanca, Roja y Dorada, de María Rosa Mística.

jueves, 12 de julio de 2018

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario para no ir al Infierno



         La esencia de la devoción a Nuestra Señora del Carmen es el escapulario dado por Ella, personalmente, a  San Simón Stock, superior de los carmelitas, el 16 de Julio del año 1251[1] y la esencia del escapulario consiste en que quien muera con él, no se condenará en el Infierno eterno, según las palabras literales y textuales de Nuestra Señora del Monte Carmelo: “Éste será el privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará”. “El fuego eterno” no es otra cosa que el Infierno eterno; entonces, cuando la Virgen le da el Escapulario a San Simón Sotck, le promete que quien muera con el Escapulario puesto, no se condenará en el Infierno eterno. Decir cualquier otra cosa en vez de esto, es decir, omitir a sabiendas esto que estamos diciendo, es pervertir y desviar intencionalmente el mensaje central de la devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo y su Santo Escapulario. Es verdad que el mensaje de santidad de San Simón Stock se compone de otros elementos, también importantes, tal como él lo dejó escrito, como por ejemplo: “que amemos y suframos por nuestra Orden y Congregación (carmelita); que acudamos a María en todas nuestras necesidades; que merezcamos llamarnos “el amado de María” y que practiquemos las virtudes simbolizadas en el Escapulario –humildad, castidad, pureza de fe, amor a la Virgen, oración, penitencia-, pero si olvidamos o pasamos por alto las palabras de la Virgen, acerca de que “quien muera con el Escapulario puesto no se condenará en el Infierno”, entonces estamos adulterando esencial y culpablemente la verdadera devoción a la Virgen del Carmen.
         Pero, ¿qué es el infierno, del cual nos libra el Escapulario de la Virgen, si es llevado con las debidas condiciones? Nos lo relatan los santos, junto con todo el Magisterio y la Tradición de la Iglesia Católica.
         Así, por ejemplo, Santa Teresa de Ávila, Santa Verónica Giuliani, Santa Faustina Kowalska, entre muchísimos otros santos, por lo que reflexionaremos acerca de lo que estos santos dijeron sobre el Infierno, para así mejor apreciar el Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen.
         Santa Teresa de Ávila[2]: “Estando un día en oración me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio; mas aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme. Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro y angosto. El suelo me pareció de agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor y muchas sabandijas malas en él. Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho. Todo era deleitoso a la vista en comparación de lo que allí sentí. Esto que he dicho va mal encarecido. Estotro me parece que, aun principio de encarecerse como es, no le puede haber ni se puede entender; mas sentí un fuego en el alma que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan incomportables, que con haberlos pasado en esta vida gravísimos, y, según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar (porque fue encogérseme todos los nervios cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he tenido, y aun algunos, como he dicho, causados del demonio), no es todo nada en comparación de lo que allí sentí y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar. Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma, un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo encarecerlo. Porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma, es poco; porque aún parece que otro os acaba la vida, mas aquí el alma misma es la que se despedaza. El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quién me los daba, más sentíame quemar y desmenuzar, a lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor. Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse, ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en éste como agujero hecho en la pared, porque estas paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo ahoga, no hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se ve. No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno; después he visto otra visión de cosas espantosas; de algunos vicios el castigo. Cuando a la vista, muy más espantosos me parecieron, mas como no sentía la pena, no me hicieron tanto temor; que en esta visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera padeciendo. Yo no sé cómo ello fue, mas bien entendí ser gran merced y que quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia. Porque no es nada oírlo decir, ni haber yo otras veces pensado en diferentes tormentos (aunque pocas, que por temor no se llevaba bien mi alma), ni que los demonios atenazan, ni otros diferentes tormentos que he leído, no es nada con esta pena, porque es otra cosa.
         Santa Verónica Giuliani[3]: “En un momento, me encontré en un lugar oscuro, profundo y pestilente; escuché voces de toros, rebuznos de burros, rugidos de leones, silbidos de serpientes, confusiones de voces espantosas y truenos grandes que me dieron terror y me asustaron. También vi relámpagos de fuego y humo denso. ¡Despacio! que todavía esto no es nada. Me pareció ver una gran montaña como formada toda por mantas de víboras, serpientes y basiliscos entrelazados en cantidades infinitas; no se distinguía uno de las otras. Se escuchaba por debajo de ellos maldiciones y voces espantosas. Me volví a mis Ángeles y les pregunté qué eran aquellas voces; y me dijeron que eran voces de las almas que serían atormentadas por mucho tiempo, y que dicho lugar era el más frío. En efecto, se abrió enseguida aquel gran monte, ¡y me pareció verlo todo lleno de almas y demonios! ¡En gran número! Estaban aquellas almas pegadas como si fueran una sola cosa y los demonios las tenían bien atadas a ellos con cadenas de fuego, que almas y demonios son una cosa misma, y cada alma tiene encima tantos demonios que apenas se distinguía. El modo en que las vi no puedo describirlo; sólo lo he descrito así para hacerme entender, pero no es nada comparado con lo que es. Fui transportada a otro monte, donde estaban toros y caballos desenfrenados los cuales parecía que se estuvieran mordiendo como perros enojados. A estos animales les salía fuego de los ojos, de la boca y de la nariz; sus dientes parecían agudísimas espadas afiladas que después reducían a pedazos todo aquello que les entraba por la boca; incluso aquellos que mordían y devoraban las almas. ¡Qué alaridos y qué terror se sentía! No se detenían nunca, fue cuando entendí que permanecían siempre así. Vi después otros montes más despiadados; pero es imposible describirlos, la mente humana no podría nunca nuca comprender. En medio de este lugar, vi un trono altísimo, larguísimo, horrible ¡y compuesto por demonios! Más espantoso que el infierno, ¡y en medio de ellos había una silla formada por demonios, los jefes y el principal! Ahí es donde se sienta Lucifer, espantoso, horroroso. ¡Oh Dios! ¡Qué figura tan horrenda! Sobrepasa la fealdad de todos los otros demonios; parecía que tuviera una capa formada de cien capas, y que ésta se encontrara llena de picos bien largos, en la cima de cada una tenía un ojo, grande como el lomo de un buey, y mandaba saetas ardientes que quemaban todo el infierno. Y con todo que es un lugar tan grande y con tantos millones y millones de almas y de demonios, todos ven esta mirada, todos padecen tormentos sobre tormentos del mismo Lucifer. Él los ve a todos y todos lo ven a él. Aquí, mis Ángeles me hicieron entender que, como en el Paraíso, la vista de Dios, cara a cara, vuelve bienaventurados y contentos a todos alrededor, así en el infierno, la fea cara de Lucifer, de este monstruo infernal, es tormento para todas las almas. Ven todas, cara a cara el Enemigo de Dios; y habiendo para siempre perdido Dios, y no tenerlo nunca, nunca más podrán gozarlo en forma plena. Lucifer lo tiene en sí, y de él se desprende de modo que todos los condenados participan de ello. Él blasfema y todos blasfeman; él maldice y todos maldicen; él atormenta y todos atormentan. -¿Y por cuánto será esto?, pregunté a mis Ángeles. Ellos me respondieron: -Para siempre, por toda la eternidad.    ¡Oh Dios! No puedo decir nada de aquello que he visto y entendido; con palabras no se dice nada. Aquí, enseguida, me hicieron ver el cojín donde estaba sentado Lucifer, donde eso está apoyado en el trono. Era el alma de Judas. Y bajo sus pies había otro cojín bien grande, todo desgarrado y marcado. Me hicieron entender que estas almas eran almas de religiosos; abriéndose el trono, me pareció ver entre aquellos demonios que estaban debajo de la silla una gran cantidad de almas. Y entonces pregunté a mis Ángeles: -¿Y estos quiénes son? Y ellos me dijeron que eran Prelados, Jefes de Iglesia y de Superiores de Religión. ¡¡¡Oh Dios!!!! Cada alma sufre en un momento todo aquello que sufren las almas de los otros condenados; me pareció comprender que ¡mi visita fue un tormento para todos los demonios y todas las almas del infierno! Venían conmigo mis Ángeles, pero de incógnito estaba conmigo mi querida Mamá, María Santísima, porque sin Ella me hubiera muerto del susto. No digo más, no puedo decir nada. Todo aquello que he dicho es nada, todo aquello que he escuchado decir a los predicadores es nada. El infierno no se entiende, ni tampoco se podrá aprender la acerbidad de sus penas y sus tormentos. Esta visión me ha ayudado mucho, me hizo decidir de verdad a despegarme de todo y a hacer mis obras con más perfección, sin ser descuidada. En el infierno hay lugar para todos, y estará el mío si no cambio vida. ¡Sea todo a gloria de Dios, según la voluntad de Dios, por Dios y con Dios!”.
         Santa Faustina Kowalska[4]: “Mientras estaba en Skolimow, casi al final de su Postulantado, Santa Faustina le preguntó al Señor por quién más debía orar y la noche siguiente tuvo esta visión. "Esa noche vi a mi ángel de la Guarda, quien me pidió que lo siguiera. En un momento me vi en un lugar lleno de fuego y de almas sufrientes. Estaban orando fervientemente por si mismas pero no era válido, solamente nosotras podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban no podían tocarme. Mi ángel de la guarda no me dejó sola ni un momento. Yo pregunté a las almas que es lo que más las hacía sufrir. Ellas me contestaron que era el sentirse abandonadas por Dios...Vi a Nuestra Señora visitando a las almas del Purgatorio, la llamaban Estrella del Mar. Luego mi ángel guardián me pidió que regresáramos, al salir de esta prisión de sufrimiento, escuché la voz interior del Señor que decía: ‘Mi Misericordia no quiere esto, pero lo pide mi Justicia’". Durante un retiro de ocho días en octubre de 1936, se le mostró a Sor Faustina el abismo del infierno con sus varios tormentos, y por pedido de Jesús ella dejó una descripción de lo que se le permitió ver: "Hoy día fui llevada por un Ángel al abismo del infierno. Es un sitio de gran tormento. ¡Cuán terriblemente grande y, extenso es! Las clases de torturas que vi: la primera es la privación de Dios; la segunda es el perpetuo remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra en el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es puramente fuego espiritual,-prendido por la ira de Dios; la quinta es una oscuridad continua y un olor sofocante terrible. A pesar de la oscuridad, las almas de los condenados se ven entre ellos; la sexta es la compañía constante de Satanás; la séptima es una angustia horrible, odio a Dios, palabras indecentes y blasfemia. Estos son los tormentos que sufren los condenados, pero no es el fin de los sufrimientos. Existen tormentos especiales destinados para almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionado con el tipo de pecado que ha cometido. Existen cavernas y fosas de tortura donde cada forma de agonía difiere de la otra. Yo hubiera fallecido a cada vista de las torturas si la Omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma encuentre una excusa diciendo que no existe el infierno, o que nadie ha estado ahí y por lo tanto, nadie puede describirlo”. Más adelante, Santa Faustina agrega: “Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creían que hubiera un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”.
         Visión del Infierno de los Pastorcitos de Fátima[5]: “El viernes 13 de julio de 1917, Nuestra Señora se apareció en Fátima y les habló a los tres pequeños videntes. Nuestra Señora nunca sonrió. ¿Cómo podía sonreír, si en ese día les iba a dar a los niños la visión del Infierno? “Nuestra Señora extendió sus manos y de repente los niños vieron un agujero en el suelo. Ese agujero, dijo Lucía, era como un mar de fuego en el que se veían almas con forma humana, hombres y mujeres, consumiéndose en el fuego, gritando y llorando desconsoladamente”. Lucía dijo que los demonios tenían un aspecto horrible como de animales desconocidos. Los niños estaban tan horrorizados que Lucía gritó. Ella estaba tan atemorizada que pensó que moriría. María dijo a los niños: “Ustedes han visto el Infierno a donde los pecadores van cuando no se arrepienten”. “Al decir estas palabras, abrió de nuevo las manos. El reflejo (de luz que ellas irradiaban) parecía penetrar en la tierra y vimos un como mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y las almas como si fueran brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana. Que fluctuaban – en el incendio llevadas por las llamas que salían de ellas mismas juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados – semejante a la caída de pavesas en los grandes incendios – pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa”.
         Santa Catalina Emmerich[6]: “El exterior del Infierno era horrible y espantoso; era un inmenso edificio de aspecto pesado, y el granito del que estaba formado, aunque negro, era de brillo metálico; y las puertas oscuras y pesadas fueron aseguradas con muchos cerrojos tan terribles que nadie podría contemplarlos sin temblar. Gemidos profundos y gritos de desesperación pueden distinguirse claramente incluso cuando las puertas estaban bien cerradas; pero, ¡quién puede describir los gritos y chillidos que estallaron cuando se soltaron los tornillos terribles y las puertas se abrieron!; y, oh, ¡quién puede describir el aspecto melancólico de los habitantes de este lugar miserable! […] Todo dentro de él es, por el contrario, cerrado, confuso, y lleno de gente; cada objeto tiende a llenar la mente con sensaciones de dolor y pena; la desesperación, como un buitre, roe cada corazón, y la discordia y miseria reinan alrededor. […] En la ciudad del Infierno no hay nada que ver, solo mazmorras sombrías, oscuras cavernas, desiertos espantosos, pantanos fétidos llenos de todas las especies imaginables de reptiles venenosos y repugnantes. […] En el Infierno, hay escenas perpetuas de miserable discordia, y toda clase de pecado y corrupción, ya sea bajo las formas más horribles imaginables, o representadas por diferentes tipos de tormentos espantosos. Todo en esta morada triste tiende a llenar la mente de horror; ni una palabra de consuelo se escucha y ninguna idea consoladora es admitida; el único y tremendo pensamiento es la justicia que un Dios todopoderoso otorga a la nada maldita, acompañado de la convicción absorbente de que ellos la han merecido plenamente y esto agobia cada uno de sus corazones. El vicio aparece en su verdadero aspecto, con colores repugnantes y sombríos. Se despojó de la máscara bajo la cual se ocultaba en este mundo, y la víbora infernal es vista devorando a los que lo han querido o fomentado. En una palabra, el Infierno es el templo de la angustia y la desesperación…”.
Y así podríamos seguir más, de forma indefinida, porque los testimonios de los santos acerca del Infierno son interminables. Es de esta pavorosa realidad, del sufrimiento eterno del cuerpo y del alma, del que nos libra el Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen. Decir otra cosa, o callar esto, es callar el mensaje del cielo que quiere salvar nuestras almas a toda costa y para eso nos regala el Escapulario. Pero si callamos por temor humano, decepcionaríamos a Dios y a los hombres y grandes castigos vendrían sobre nosotros. La pavorosa visión del Infierno hace resaltar todavía más el inmerecido regalo de la Misericordia de Dios que es el Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen.

miércoles, 27 de junio de 2018

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro



         Un icono no es una pintura religiosa: es una forma de orar, contemplativamente, por medio del arte religioso. Es el caso del icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Es una pintura de estilo bizantino que, más que retratar a la Virgen y al Niño, reproduce una escena. Está realizada en madera sobre fondo dorado, color muy empleado por los artistas para expresar la gloria divina[1] en la que están inmersos los personajes del cuadro: la gloria de los ángeles de Dios, que están para servirlo y adorarlo; la gloria de la Madre de Dios, que es Reina de ángeles y hombres, y sobre todo, la gloria del Niño Dios, ya que Él es la Fuente de toda gloria y la Gloria Increada en sí misma. Se pueden apreciar, en lo alto del cuadro, escritas en letras griegas y la mitad a cada lado, las iniciales de la expresión “Madre de Dios”; al lado de la cabeza del Niño, las iniciales de “Jesucristo”; sobre el ángel a la izquierda, “el Arcángel Miguel”; y sobre el otro, “el Arcángel Gabriel”.
         En cuanto al Niño, es sostenido entre los brazos de María. El Niño, que se encontraba tranquilo, reposando entre los brazos de su Madre y gozando de su amor maternal, se ve sorprendido por la súbita aparición de los dos Arcángeles, que portan entre sus manos los instrumentos de la Pasión: la cruz, los clavos, la corona de espinas, la lanza con la que el soldado habrá de atravesar el Corazón de Jesús una vez que haya muerto en la cruz. El Arcángel de la izquierda es San Miguel, de manto verde, con la lanza y la esponja de vinagre; a la derecha San Gabriel, de manto violáceo, con la cruz y los clavos que perforaron pies y manos al Redentor.
La aparición de los ángeles, súbita, y con el agregado de que contienen los elementos de la Pasión, hace que el Niño dé un giro con su cuerpecito y su cabeza, dirigiendo la mirada hacia la cruz que porta uno de los Arcángeles. En su movimiento y giro del cuerpo, ligero y brusco, se le desata una sandalia, que es la que se observa pendiendo de uno de sus piececillos.
         La Virgen sostiene al Niño entre sus brazos, pero no mira al Niño, sino que nos mira a nosotros, sus hijos adoptivos, porque lo que le sucede al Niño, que es el asustarse por la visión de los instrumentos de la Pasión, también nos sucede a nosotros cuando nos asustamos por las pruebas y dolencias, desde el momento en que estamos llamados a participar, por medio de las enfermedades y tribulaciones de la vida, de la Pasión del Señor. La Virgen tranquiliza al Niño Dios estrechándolo entre sus brazos; a nosotros, nos tranquiliza con su amorosa mirada maternal, para que continuemos caminando por esta vida llevando el peso de la cruz.
La Virgen viste un manto azul con bordes y una estrella dorada y una túnica roja y el significado es el siguiente: la estrella dorada en la frente de la Virgen es un símbolo de Ella misma, ya que uno de sus nombres es “Estrella de la mañana” o “Aurora de la mañana”: así como la aparición en el cielo de la Estrella de la mañana significa el fin de la noche y el comienzo del nuevo día, así la Virgen es llamada “Estrella de la mañana” porque cuando Ella llega a un alma, para el alma termina la noche del error, del pecado y de la ignorancia, así como la huida de las tinieblas vivientes –los demonios- que envolvían al alma, puesto que con Ella llega el Sol de justicia, Jesucristo, quien con la luz de su gracia disipará para siempre las triples tinieblas –vivientes, del pecado y del error- en las que se encuentra inmersa, sin darse cuenta de ello.
En cuanto a los distintos colores, de la túnica y del manto, significan lo siguiente: en los inicios del Cristianismo, las vírgenes se distinguían con el color azul, símbolo de pureza, y las madres con el color rojo, signo de caridad y de amor maternal. El hecho de que la Virgen lleve los dos colores, simboliza a la perfección el doble privilegio divino de la Virgen de ser, al mismo tiempo, Virgen y Madre de Dios. Aparece un tercer color en el revés del manto y es el color verde, símbolo de la realeza, con lo cual se indica entonces, por medio de la vestidura, que la Virgen es Virgen, Madre de Dios y Reina de cielos y tierra, de ángeles y hombres.
Al contemplar el cuadro de la Virgen, tengamos en cuenta su rico significado para orar con él, recordando que podemos aliviar el susto del Niño Dios uniéndonos a su Pasión, no solo sin queja alguna sino con gran amor, por medio de las tribulaciones de la vida presente.



sábado, 9 de junio de 2018

Memoria del Inmaculado Corazón de María



La Santísima Virgen fue concebida sin la mancha del pecado original porque estaba destinada a ser la Madre de Dios. Como tal, debía estar inhabitada por el Espíritu Santo, Espíritu que es Purísimo e Inmaculado, pues debía recibir en su seno virginal al Hijo de Dios, también Él Purísimo Dios. No podía, la Mujer destinada desde la eternidad a ser Madre de Dios y Virgen al mismo tiempo, estar contaminada con la impureza del pecado; no podía, la que debía alojar en su seno incontaminado a Aquel a quien los cielos no pueden contener, tal es su grandeza y majestuosidad, poseer ni siquiera la más ligerísima mancha de pecado; no podía, la que estaba llamada a ser la Roca cristalina de los cielos, que debía atrapar en su seno virginal a la Luz Purísima del Ser divino trinitario del Hijo, estar contaminada con la más pequeñísima impureza de la concupiscencia; no podía, la que estaba destinada por la Trinidad a ser el Diamante celestial que luego de conservar en su interior a la Luz Eterna, Jesucristo, por nueve meses, para darlo a luz en Belén, Casa de Pan, en la plenitud de los tiempos, tener la más ligerísima mácula de malicia, la malicia del pecado y es por eso que la Virgen Santísima, la creatura más pura, hermosa y agraciada que jamás haya sido creada ni será creada otra igual, fue concebida como Inmaculada y Purísima.
         Desde su Concepción Inmaculada, la Virgen fue inhabitada, en su cuerpo, en su alma y en su corazón, por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, porque habría de ser este Amor Divino y no un amor humano el que llevaría, desde el seno del eterno Padre hasta el seno de la Madre de Dios, al Logos divino, al Verbo co-substancial al Padre. El Verbo de Dios, al encarnarse, no solo debía encarnarse por obra del Espíritu Santo, sino que debía estar inhabitada por el mismo Amor de Dios, para que el Verbo de Dios no encontrara diferencias, en el Amor Puro y celestial en el que vivía en el seno del Padre desde la eternidad y el Amor Puro y celestial que habría de encontrar en el seno virgen de María. Y a su vez, el Espíritu Purísimo de Dios no podía inhabitar en un seno mancillado por la malicia del pecado, manchado por la impureza de la concupiscencia, por lo que la Santísima Trinidad decidió crear a una creatura llamada Virgen María, tan hermosa y pura, que sería aventajada en hermosura y pureza sólo por la mismísima Santísima Trinidad.

miércoles, 6 de junio de 2018

La Verdadera Devoción consiste en hacer de la propia vida una consagración



     

         La Verdadera Devoción no consiste en devociones que, aunque practicadas con piedad, están separadas unas de otras; tampoco consiste en esta o en otra devoción: la Verdadera Devoción, dice el Manual,  consiste en “un acto formal de consagración, pero consiste esencialmente en vivirla ya desde el primer día; en hacer de ella no un acto aislado, sino un estado habitual”[1]. Es decir, consiste en un acto de devoción, que es la consagración, pero es una devoción tal, que termina por abarcar todos los actos de la vida; es una devoción que termina por convertirse en la raíz y el fundamento de nuestro ser y existir, esto es lo que quiere decir el Manual cuando dice que la “devoción no es un acto aislado, sino un estado habitual”. La consagración a María debe ser un “estado habitual”, es decir, el legionario, por la consagración a María, debe vivir todos los días, todo el día, como consagrado. No debe vivir la consagración como un acto de devoción que hizo en algún momento de su vida y a ese acto lo recuerda cada tanto: debe vivir la consagración como un estado de vida, de tal manera que, si alguien le preguntara: “¿Cuál es su estado de vida?” a un legionario, éste debería responder: “Consagrado a María”. Y por supuesto, debe responder más con actos y hechos y no con meras palabras.
         En este sentido se pronuncia el Manual: “Si a María no se le da la posesión absoluta y real de esta vida –no de algunos minutos u horas simplemente-, el acto de consagración, aunque se repita muchas veces, no vendrá a valer más que lo que puede valer una oración pasajera. Será como un árbol que se plantó, pero no se arraigó”[2]. Es decir, el Manual lo afirma en este sentido: si a la Virgen no se le da, en el acto de consagración, toda la vida, todo el ser, lo que somos y poseemos, aun cuando repitamos el acto de consagración varias veces –por varios años, en cada aniversario-, la consagración no será tal, porque no habrá arraigado en lo más profundo del corazón. La consagración a María será como una hoja que se lleva el viento, cuando debería ser un árbol bien plantado y con sus raíces echadas en el corazón.
         Esto no quiere decir que se esté siempre y en cada momento con el pensamiento puesto en la consagración, dice el Manual: “No se crea que esta Devoción exige que la mente esté siempre clavada en el acto de consagración”[3]. Da el ejemplo luego: “Sucede como en la vida física: así como esta vida sigue estando animada por la respiración y el latir del corazón, aunque no reparemos en sus movimientos, también la vida del alma puede estar animada por la Verdadera Devoción incesantemente, aun cuando prestemos a ella una atención consciente y actual; basta que reiteremos de vez en cuando el recuerdo del dominio soberano de la Virgen, rumiando esta idea despacio y expresándola en actos y jaculatorias, para darle calor y viveza; pero con tal de que reconozcamos de una manera habitual nuestra dependencia de Ella, le tengamos siempre presente –al menos de una manera general-, y ejerza influencia real y absoluta en todas las circunstancias de nuestra vida”[4].
         Es decir, la consagración debe ser como la respiración, de manera tal que no estemos constantemente enfocados en ella, pero que al mismo tiempo, sea vital para nosotros, como es vital la respiración y el latido cardíaco. Aunque no estemos todo el tiempo hablando de la Virgen, la Virgen tiene que ser el “alma de nuestra alma”, por así decirlo, de manera tal que esté presente en cada momento de nuestra vida. Y así como cada tanto nos acordamos que respiramos y que el corazón late, así nos acordemos de la Virgen por medio de jaculatorias y oraciones.
            Una pregunta que podemos hacernos, para saber cómo es nuestra consagración, es la siguiente: ¿ejerce la Virgen una influencia real y absoluta en TODAS las circunstancias de mi vida? Un ejemplo puede aclararnos el sentido de la pregunta: la Virgen nos dice: "Hagan lo que Él les diga" y lo que su Hijo Jesús nos dice, entre otras cosas, es que "amemos a nuestros enemigos", "perdonemos setenta veces siete", "carguemos la cruz de cada día". ¿Hago lo que la Virgen me dice, esto es, hacer lo que Jesús me ordena en el Evangelio, o hago mi voluntad? Según cómo sea la respuesta a esta pregunta, sabremos si nuestra consagración es un estado habitual, o es solo una devoción pasajera.



[1] Cfr. Manual del Legionario V, 5.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

jueves, 24 de mayo de 2018

María, Auxiliadora de los cristianos



La advocación de María como Auxilio de los cristianos es prácticamente tan antigua como la Iglesia misma y los milagros obrados desde el inicio bajo esa advocación continuaron y continúan hasta el p. En efecto, el primero en llamar a la Virgen María con el título de “Auxiliadora” fue San Juan Crisóstomo, en Constantinopla en al año 345, en donde él dice: “Tú, María, eres auxilio potentísimo de Dios”[1].
Más tarde, en el año 532, San Sabas narra que en oriente había una imagen de la Virgen que era llamada “Auxiliadora de los enfermos”, porque junto a ella se obraban muchas curaciones.
San Juan Damasceno en el año 749 fue el primero en propagar la jaculatoria: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. Y afirma: la Virgen es “auxiliadora para evitar males y peligros y auxiliadora para conseguir la salvación”. Un doble título de Auxiliadora para los cristianos: con su auxilio, impedirá que caigan en el Infierno y los ayudará a conseguir el Cielo.
En Ucrania, Rusia, se celebra la fiesta de María Auxiliadora el 1 de octubre desde el año 1030, puesto que en ese año y bajo esta advocación, libró a la ciudad de la invasión de una feroz tribu de bárbaros paganos. Desde entonces en Ucrania se celebra cada año la fiesta de María Auxiliadora el primer día de octubre.
Luego del grandioso triunfo de las fuerzas cristianas sobre los musulmanes en la batalla de Lepanto en el año 1572, el Papa San Pío V ordenó que en todo el mundo católico se rezara en las letanías la advocación “María Auxiliadora, rogad por nosotros”, porque a Ella fue que se le adjudicó el triunfo del ejército cristiano contra el formidable ejército mahometano compuesto por 282 barcos y 88.000 soldados.
En el año 1600 los católicos del sur de Alemania hicieron una promesa a la Virgen de honrarla con el título de “Auxiliadora” si los libraba de la invasión de los protestantes y hacía que se terminara la terrible Guerra de los Treinta años. Al poco tiempo, la Madre de Dios les concedió ambos favores y en acción de gracias, en muy poco tiempo, había ya más de setenta capillas con el título de María Auxiliadora de los cristianos.
En 1683 los católicos al obtener inmensa victoria en Viena contra los enemigos de la religión, fundaron la asociación de María Auxiliadora, la cual existe hoy en más de 60 países.
En 1814, el Papa Pío VII, prisionero del general Napoleón, prometió a la Virgen que el día que llegara a Roma, en libertad, lo declararía fiesta de María Auxiliadora. Inesperadamente el pontífice quedó libre, y llegó a Roma el 24 de mayo. Desde entonces quedó declarado el 24 de mayo como día de María Auxiliadora.
Luego, es la Virgen en persona quien quiere ser llamada “María Auxiliadora”: en el año 1860 la Santísima Virgen se aparece a San Juan Bosco y le dice que quiere ser honrada con el título de “Auxiliadora”, indicándole además el sitio para que le construya en Turín, Italia, un templo.
La obra del templo comenzó con solo tres monedas de veinte centavos cada una, pero fueron tantos y tan grande los milagros que María Auxiliadora empezó a obtener a favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la Gran Basílica. San Juan Bosco afirmaba: “Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen”. Fue desde aquel Santuario que la devoción a María bajo el título de Auxiliadora de los Cristianos comenzó a extenderse por el mundo.
En el año 1862, ante el auge del ateísmo, del secularismo y del satanismo, San Juan Bosco afirma: “La Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora: los tiempos que corren son tan aciagos que tenemos necesidad de que la Virgen nos ayude a conservar y a defender la fe cristiana”.
Por último, debemos decir que el nombre de María Auxiliadora no es un nombre puesto al azar: la Virgen es “Auxiliadora de los cristianos” porque así como una madre auxilia a sus hijos que están en peligro, y así como la Virgen auxilió a su Hijo Jesucristo durante toda su vida pero sobre todo en el momento de máximo peligro para su vida, la Pasión y el Camino Real de la Cruz, así la Virgen nos auxilia a nosotros, sus hijos, que por el bautismo sacramental hemos sido convertidos en hijos adoptivos de Dios y que por lo tanto somos “otros cristos” y que estamos en peligro de condenación eterna mientras vivimos en este “valle de lágrimas”, rodeados de “tinieblas y sombras de muerte”. El título sería: “María, Auxiliadora de sus hijos, otros cristos”, y nos auxilia como a Cristo, su Hijo, para que con su ayuda seamos capaces de llevar la cruz que nos conduce al Calvario, en donde debe morir el hombre viejo, dominado por las pasiones y la concupiscencia, para dar nacimiento al hombre nuevo, al hombre nacido de la Sangre y el Agua, esto es, de la gracia santificante que brotó del Corazón traspasado de Jesús.