lunes, 1 de junio de 2020

María, Madre de la Iglesia


María, Madre de la Iglesia, ya es fiesta oficial! 🇻🇦 DECRETO ...

          María es Madre de la Iglesia por dos motivos: porque es Madre de Cristo Dios, que es Cabeza de la Iglesia y como toda madre, si es Madre de la Cabeza que es Cristo, es Madre también del Cuerpo y el Cuerpo Místico de Cristo somos todos los bautizados; es Madre de la Iglesia en segundo lugar porque el mismo Cristo Dios en Persona le encomendó la maternidad de todos los hombres que, por la gracia de Dios, habrían entrado a formar parte de la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesús, por medio del Bautismo. Entonces, la Virgen es Madre de Dios, al dar a luz a la Persona del Hijo de Dios, Cristo Jesús, y es Madre de los hijos de Dios, al aceptar la maternidad divina al pie de la Cruz. 
          En consecuencia, si somos bautizados, somos hijos de Dios y somos hijos de la Virgen, engendrados en el seno del Padre por la gracia y engendrados en el Corazón Inmaculado de María, por el Amor del Espíritu Santo. Y si somos hijos de Dios, hijos de la Virgen e hijos de la Iglesia, debemos comportarnos como lo que somos: hijos de la luz e hijos de la gracia; no podemos comportarnos como hijos de la oscuridad y de las tinieblas, porque esto sería una contradicción en sí misma. Si somos hijos de la Virgen es porque somos hijos de Dios y de su Luz Eterna y que nos comportemos como tales, es lo que el mundo espera de nosotros, los católicos. 
        Al conmemorar entonces a María como Madre de la Iglesia, recordemos que nosotros somos los hijos de esta Madre Purísima y hagamos el propósito de vivir de modo tal que corresponda a nuestra dignidad de hijos de la gracia.

martes, 12 de mayo de 2020

La Virgen de Fátima y el Infierno


13 de Mayo: Nuestra Señora de Fátima – DIM
          Cuando se trata de las Apariciones de la Virgen en Fátima, con frecuencia se dejan de lado aspectos que “molestan” a nuestro mundo actual, dominado por el agnosticismo, el ateísmo y el materialismo. Pocos se dan cuenta de la importancia del mensaje de Fátima, mensaje que comprende una clarísima y explícita advertencia, por parte de la Virgen en persona, del peligro cierto de la eterna condenación en el Infierno.
          Esta advertencia se dio explícitamente el 13 de julio de 1917, cuando en la Tercera de las Apariciones, la Virgen de Fátima mostró a los tres pastorcitos Lucía, Francisco y Jacinta, en la Cova da Iria (Portugal), una visión del infierno[1]. En otras palabras, no fue que la Virgen les contó a los pastorcitos cómo era el Infierno y cuánto sufrían quienes allí se condenaban: la Virgen en persona los condujo al Infierno a los tres niños, de manera que tuvieron una experiencia real, mística y sobrenatural del Infierno. Debemos recalcar que eran niños y que la que les hizo ver el Infierno fue la Virgen en persona: esto debe ser dicho, para quienes, timoratos y rayando en la herejía, se niegan a hablar del Infierno a los niños.
          ¿En qué consistió esta experiencia? Podemos decir que se trató mucho más que una mera visión, por más aterradora que haya podido ser: nos parece que se trató de una verdadera “visita” de los pastorcitos al Infierno, llevados por la Virgen.
Dicha experiencia se encuentra narrada en el libro “La verdadera historia de Fátima”, del P. John de Marchi: allí se relata cómo el padre de la pastorcita Jacinta, Ti Marto, presenció lo ocurrido en Cova da Iria aquel día[2]. Según el relato del P. de Marchi, el padre de Jacinta recordó que “Lucía jadeó de repente horrorizada, que su rostro estaba blanco como la muerte y que todos los que estaban allí la oyeron gritar de terror frente a la Virgen Madre, a quien llamaba por su nombre. Los niños miraban a su Señora aterrorizada, sin palabras, e incapaces de pedir socorro por la escena que habían presenciado”.
Acerca de la terrible visión que los dejó espantados, los pastorcitos la describieron a pedido del Obispo de Leiria. Así describe Lucía la visión en sus “Memorias”: “Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos como si fuera un mar de fuego. Sumergidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego, ahora levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo, se caían por todos lados como chispas entre enormes fuegos, sin peso o equilibrio, entre chillidos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (debe haber sido esta visión la que hizo que yo gritara, como dice la gente que hice). Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a miedosos animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas. Horrorizados y como pidiendo auxilio, miramos hacia Nuestra Señora, quien nos dijo, tan amablemente y tan tristemente: ‘Ustedes han visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarlos que Dios quiere establecer en el mundo una devoción a mi Inmaculado Corazón. Si ustedes hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz’”.
Luego, después de la visión, María les indicó una oración esencial para ayudar a los pecadores: “Cuando ustedes recen el Rosario, digan después de cada misterio: Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu infinita Misericordia”.
También les dijo la Virgen que “hicieran sacrificios por los pecadores” y que cuando hicieran un sacrificio, repitieran esta oración: “Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María”.
En las Apariciones de Fátima hay otros elementos, de suma importancia -y todavía mayor- que la visión del Infierno, como por ejemplo, la importancia de la Adoración Eucarística, entre otras cosas. Sin embargo, la experiencia mística de los pastorcitos en el Infierno se suele dejar de lado y así se presenta, en la mayoría de los casos, una visión distorsionada de las Apariciones de Fátima. Comprendida la experiencia mística del Infierno, las Apariciones de la Virgen en Fátima, lejos de ser una narración para niños antes de dormir, como se las quiere relegar, constituyen un importantísimo anuncio del Cielo acerca del peligro de eterna condenación que corren las almas cuando se alejan de Dios Uno y Trino y sus sacramentos.

miércoles, 25 de marzo de 2020

La Anunciación del Señor


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          Mientras la Virgen se encuentra orando, haciendo una pausa en las labores hogareñas, recibe la visita del Arcángel Gabriel, quien le hace el Anuncio más grande y maravilloso que jamás nadie podría recibir, y es que el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, la Palabra Eterna del Padre, que inhabita en el seno eterno del Padre desde todos los siglos, habrá de encarnarse en el seno virginal de María Santísima, si Ella consiente a los planes salvíficos de Dios Padre. La Virgen, que es toda humildad, gracia y pureza y que no desea otra cosa que cumplir la voluntad de Dios, dice “Sí” a la Encarnación del Verbo y en ese momento, se produce el hecho más admirable de la humanidad y más grandioso que la creación de miles de universos juntos, y es que el Verbo de Dios, que habitaba con el Padre desde siempre, comenzará a inhabitar en ese cielo en la tierra que es el seno virginal de María Santísima. Que el que se encarna, sin obra de hombre alguno, es Dios Hijo, lo dice el mismo Evangelio, cuando el Ángel le dice: “La sombra del Altísimo te cubrirá (…) y el Hijo que será engendrado en ti será llamado “Hijo del Altísimo”. Es decir, no cabe duda que no solo no hay intervención de hombre alguno –por esta razón San José es solo su padre adoptivo terreno-, sino que el que se encarna en el seno virginal de María es el Hijo del Eterno Padre, Dios consubstancial al Padre, merecedor, con el Espíritu Santo, de la misma adoración y gloria. Es por esta misma razón que el sacrificio en Cruz de Aquel que se encarna en la Virgen María no es la crucifixión de un hombre cualquiera, sino la del Hombre-Dios y es por eso que su sacrificio en Cruz tiene valor infinito, valor que alcanza de modo más que suficiente para salvar a todos los hombres de todos los tiempos.
          La Anunciación del Ángel constituye la esencia del mensaje del cristianismo, porque quien se encarna, como lo dijimos, no es un hombre más entre tantos, sino que es el mismo Hijo de Dios que, hecho Hombre, ofrecerá el sacrificio perfecto en la Cruz para la salvación de toda la humanidad. Pero no sólo eso: la Iglesia nos enseña que quien se encarnó en el seno virginal de María Santísima por obra del Espíritu Santo, para entregarse como Pan de Vida eterna en el Santo Sacrificio de la Cruz, es el mismo que, también por obra del Espíritu Santo, prolonga su encarnación, en el misterio de la liturgia eucarística, en el seno virginal de la Iglesia, el altar eucarístico, para entregársenos a nuestras almas como Pan Vivo bajado del cielo, que comunica de la vida eterna a quien se une con Él por la Comunión Eucarística. De esta manera, la Anunciación del Ángel a la Virgen, de la Encarnación del Verbo, se complementa con la Anunciación que la Iglesia hace de la prolongación de la encarnación de este mismo Verbo, en el seno virginal de la Iglesia, el altar eucarístico, para donársenos como Eucaristía, como Pan de Vida eterna.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Los mensajes de Lourdes


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          Las apariciones de la Virgen en Lourdes a Santa Bernardita constituyen una de las más importantes apariciones marianas en toda la historia de la Iglesia. Por esta misma razón, es necesario conocer cuál es el o los mensajes que dichas apariciones dejan como legado para la humanidad.
          Un primer mensaje es la confirmación del cielo de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, que se había declarado cuatro años antes (1854), lo cual resalta y hace sobresalir la importancia del Magisterio de la Iglesia, que es apoyado y confirmado por una aparición importantísima como es la de Lourdes. En otras palabras, las apariciones de Lourdes confirman que lo que enseña el Magisterio de la Iglesia proviene del cielo y como tal hay que aceptarlo y vivirlo. El Magisterio enseñó que la Virgen era la Inmaculada Concepción, la Virgen se aparece para decir que es la Inmaculada Concepción.
Otro mensaje es la presentación de la Virgen como modelo de pureza de cuerpo -castidad- y de alma -fe-, necesarias para toda alma que desee alcanzar el cielo. La Virgen es Purísima doblemente, en alma y en cuerpo, es pura -Inmaculada- en el alma, porque su fe no está contaminada por supersticiones ni por creencias heréticas; es pura -Inmaculada- en cuerpo, porque toda Ella en su ser está consagrada a Dios y su Amor, sin tener ninguna clase de amor profano o mundano. La Virgen entonces se presenta como modelo insuperable para todo cristiano que, mediante la doble pureza del cuerpo y del alma, desee alcanzar el cielo. El cristiano que se aparta de este doble modelo de pureza que es la Virgen Inmaculada, se aparta del camino del cielo. En nuestros días, en los que la impureza, la impudicia, la amoralidad -desfiles del “orgullo LGBT” por ejemplo- son levantados como banderas de la humanidad y como derechos humanos, es necesario elevar los ojos a la Virgen Inmaculada para saber que el modelo mundano presentado de impureza no es querido por el cielo. En Lourdes, como en toda otra aparición, la Virgen se presenta Ella misma para el mundo como Madre y modelo de una doble pureza, de alma y cuerpo, indispensablemente necesarias para alcanzar el Reino de los cielos.
Otro mensaje que dejan las apariciones de Lourdes son la exaltación de virtudes olvidadas en nuestros días, virtudes como la pobreza -la Virgen se le aparece a Santa Bernardita, cuya familia era sumamente pobre materialmente hablando-, la penitencia y la humildad -la Virgen le pide a Santa Bernardita que se humille públicamente, cuando le hace buscar el agua milagrosa con el rostro, en el fondo de la cueva-. Estas virtudes son indispensables para la santidad, porque el que no vive la pobreza de la Cruz, servirá al dinero y lo constituirá a éste como a su dios, lo cual no es posible, tal como lo advierte Jesús en las Escrituras –“No se puede servir a Dios y al dinero”-; por su parte, la humildad es necesaria para la salvación porque Dios “acepta a los humildes y rechaza a los soberbios”, tal como lo dice la Virgen en el Magnificat.
Otro mensaje, de suma importancia, es el de la Cruz: la Virgen le dice claramente a Bernardita que no le promete la felicidad en esta vida, sino en la otra, y la felicidad del Reino de los cielos se consigue únicamente por medio del Camino Real de la Cruz, el Via Crucis.
En Lourdes se da también una importancia superlativa a la oración, es decir, a la unión del alma con Dios por medio de la oración, ocupando el Santo Rosario un lugar de preeminencia en esta oración pedida porla Virgen, pues Ella aparece con un Rosario entre sus manos con lo cual nos está pidiendo que lo recemos.
En las apariciones de Lourdes hay un poderosísimo mensaje de la Misericordia Divina dirigida a los enfermos: es un mensaje de amor y de santidad, porque en Lourdes se han producido innumerables curaciones corporales milagrosas, curaciones que se encuentran al mismo nivel de los producidos por Jesús en el Evangelio.
Por último, también se manifiesta la Misericordia Divina en Lourdes no solo curando a los enfermos del cuerpo, sino también a los enfermos del alma -sobre todo, a los afectados por el ateísmo-, ya que se han producido centenares de miles de conversiones de ateos o de personas pertenecientes a otras religiones.
Al recordar entonces las apariciones de la Virgen en Lourdes, recordemos también todos los mensajes celestiales que dichas apariciones nos han dejado.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios


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(Ciclo C – 2019-2020)
          Guiada por su sabiduría sobrenatural y bi-milenaria, la Santa Madre Iglesia coloca la Solemnidad litúrgica de Santa María Madre de Dios en el preciso instante en el que, apenas finalizado el año civil, comienza un nuevo año civil y esto no es una casualidad, sino que está hecho así a propósito, es decir, a sabiendas. En otras palabras, no es una coincidencia de la casualidad que la Iglesia celebre la Solemnidad de Santa María Madre de Dios justo en el momento en el que el mundo, literalmente hablando, deja atrás un año y comienza otro. Un significado es que el tiempo litúrgico penetra y hace partícipe, al tiempo mundano, de la eternidad de Dios, por medio de la solemnidad litúrgica. Esto sucede porque la Iglesia no es indiferente ante la historia humana y por eso está presente incluso cuando los hombres ni siquiera piensan en lo sagrado, como lo es el festejar el paso del tiempo.
          La razón de la presencia de la solemnidad de Santa María Madre de Dios al inicio del año nuevo no es solo que los católicos no mundanicen el tiempo, impregnado de la eternidad de Dios desde la Encarnación del Verbo, sino que además de eso, consagren el tiempo nuevo que se inicia al Inmaculado Corazón de María.
          El evento sobrenatural más grande de la historia humana, la Encarnación del Verbo, hace que el tiempo humano, la historia humana –su pasado, presente y futuro-, que se mide en segundos, horas, días y años, haya quedado “impregnado”, por así decirlo, por la eternidad de Dios, puesto que el Verbo Encarnado es Dios Eterno ingresado en el tiempo, que a partir de la Encarnación hace que las coordenadas tiempo y espacio, en vez de dirigirse “linealmente”, es decir, en sentido horizontal, comiencen una nueva trayectoria, ascendente, hacia la eternidad de Dios.
          La Encarnación del Verbo determina que la historia humana adquiera un nuevo sentido y si antes podía graficarse a esta en sentido lineal y horizontal, a partir de la Encarnación de la Palabra de Dios, puede y debe graficarse en el nuevo sentido que adquiere, el sentido ascendente, porque el tiempo y el espacio quedan, como dijimos, “impregnados” por la eternidad de Dios.
Dios Trino es el Dueño total y absoluto no solo de la humanidad, sino de la historia humana y es por esta razón que se encarna, para dirigir a la historia y a la humanidad hacia sí.
Sólo por este motivo el tiempo –y por añadidura, el festejo de su paso, que es en lo que consiste la celebración del año nuevo-, debería bastar para ser considerado como “sagrado”, porque en absoluto es lo mismo que el Verbo se encarne o no se encarne. Al encarnarse en el seno purísimo de María Virgen, el Verbo de Dios ha hecho partícipe al tiempo y a la historia de su eternidad y su santidad. Con esto bastaría, por lo tanto, para que el hombre, al festejar el paso del tiempo, no lo haga mundana y terrenalmente, sino con un sentido de eternidad: cada segundo que pasa es un segundo menos que nos acerca a la eternidad plena de Dios Trinidad; cada “año nuevo” que el hombre festeja, es un año menos que nos separa del Gran Día, el Día del Juicio Final, el Día en el que el Juez glorioso y supremo, Cristo Jesús, habrá de juzgar a la humanidad para dar a cada uno lo que merece, según sus obras. Lo volvemos a decir: con esto debería bastar para que el hombre no celebre el paso del tiempo de modo pagano y mundano, sino con un sentido cristiano y trascendente, mirando a la eternidad que se aproxima cada vez más.
Ahora bien, la Iglesia le añade otro motivo más para que el festejo del fin de año y de inicio de año esté centrado en Cristo Jesús y el modo por el cual lo hace es colocando la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, en el primer segundo del tiempo nuevo que se inicia.
En el mismo segundo en el que el hombre festeja el cambio de año, la Iglesia coloca esta solemnidad para que el hombre consagre, al Inmaculado Corazón de María, el tiempo nuevo que se inicia, para que cada segundo, cada hora, cada día, queden bajo el amparo y la protección de la Madre de Dios.
          Como  dice la Santísima Virgen al Padre Gobbi, muchos cristianos –muchos católicos-, a pesar de vivir en países prósperos y en libertad religiosa, como los países capitalistas –a diferencia de los cristianos perseguidos, aquellos que viven bajo la opresión de regímenes comunistas como Cuba, China, Venezuela, etc.-, a pesar de esta abundancia material, viven sin embargo una “indigencia espiritual, totalmente sumergidos en sus intereses terrenales”[1] y muestra de esta indigencia espiritual, consecuencia de haber dejado de lado al Hombre-Dios Jesucristo, es la forma de festejar, pagana y mundana, el paso del tiempo. De esta manera, estos cristianos –siempre según la Virgen- “cierran conscientemente sus almas a la gran misericordia”[2] del Hijo de la Virgen, el Hombre-Dios Jesucristo.
          La anti-cristiana cosmovisión marxista[3], según la cual el pobre material –el obrero, el asalariado- es el centro de la historia, ha transmitido sus errores a una parte importante de la Iglesia y es así como han surgido teorías y teologías que dejan de lado al Hombre-Dios para colocar en su lugar –impíamente- al hombre, constituyéndolo al hombre en objeto de auto-adoración o de adoración de sí mismo. Según estas teorías, el Reino de Dios sería una impostación mundana, terrena e intra-histórica, sin miras de trascendencia y por supuesto sin su realización en la eternidad. Siguiendo a estas cosmovisiones anti-cristianas, el hombre –más que el hombre, el pobre material- constituiría la salvación, el estado ideal de santidad intra-mundana que no necesita de un Salvador como Jesucristo, ni tampoco de su gracia santificante: la salvación está en salir del estado de pobreza.
          Pero ni el pobre es el centro de la historia, ni la pobreza el objetivo del hombre: la salvación consiste en quitar el pecado del alma por la gracia de Jesucristo y convertir el corazón a Jesús Eucaristía y es para ayudar a esta conversión eucarística que la Iglesia pone, al inicio del año civil, la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, para que el hombre se consagre a su Inmaculado Corazón y deposite en sus manos maternales el tiempo nuevo que se inicia. Iniciemos entonces el nuevo año elevando los ojos del alma a la Madre de Dios y, unidos a Ella por la fe y el amor, encomendemos el año nuevo a su maternal protección, para que, adorando a su Hijo en el tiempo, lo continuemos adorando en la eternidad.




[1] Stefano Gobbi, A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen, Mensaje del 31 de Diciembre de 1975, última noche del año, Editorial Nuestra Señora de Fátima, Argentina 1992, 179.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem, 180.

martes, 17 de diciembre de 2019

La liturgia de la Eucaristía en unión con María



         El Manual del Legionario nos enseña a no acudir a la Santa Misa si no es con María y a unirnos a Ella en este Santo Sacrificio. Afirma el Manual del Legionario[1] que la tarea de la Redención no la comenzó Nuestro Señor Jesucristo sin “el consentimiento de María”, el cual fue “solemnemente requerido y libremente otorgado”. Y así como no la comenzó sin María a la Redención, tampoco la finalizó sin Ella, ya que Ella estuvo al pie de la cruz en el Calvario. Continúa el Manual, afirmando la Corredención de María, al unirse mística y espiritualmente al sacrificio redentor de su Hijo: “De esta unión de sufrimientos entre María y Cristo, Ella se convirtió en la principal restauradora del mundo perdido y medianera de todas las gracias que Dios obtuvo por su muerte y con su sangre”. El Manual afirma que así como la Virgen permaneció al pie de la Cruz, así permanece en cada Santa Misa: “En cada Misa la ofrenda del Salvador se cumple bajo las mismas condiciones. María permanece en el altar en la misma forma en que permaneció junto a la cruz. Está allí, aplastando la cabeza de la serpiente”.
         Junto a María, estuvieron los representantes de cierta legión –el centurión y su cohorte- y aunque ellos crucificaban al Señor de la gloria, también sobre ellos descendió la gracia a raudales. Y al contemplarlo sin vida, los legionarios romanos proclamaron al Único y Verdadero Hijo de Dios crucificado. Estos rudos legionarios, que crucificaban sin saberlo al Señor de la gloria, fueron sin embargo los primeros –luego de Juan- a quien la Virgen recibió como hijos adoptivos de Dios. Si esto sucedió con los legionarios romanos, lo mismo sucede con los legionarios de la Legión de María, cuando estos participan de la misa cada día, al unir sus intenciones y corazones a las intenciones y al Corazón Inmaculado de María, con lo cual se unirán a su vez, por medio de María, al sublime Sacrificio del Calvario.
         Los legionarios, al ver con los ojos de la fe levantado en alto al Señor de la gloria, se unirán a Él para formar una sola Víctima y luego comerán de la Carne de la Víctima inmolada, para participar de los frutos del divino Sacrificio en su plenitud.
         Los legionarios que participen de la Misa han de procurar “comprender la parte tan esencial que tuvo María, la nueva Eva, en estos sagrados misterios: cuando su Hijo estaba consumando la redención de la Humanidad en el ara de la cruz, Ella estaba a su lado sufriendo y redimiendo con Él, por eso con toda razón se puede llamar Corredentora”. Y, unidos a Ella y por medio de Ella a  Cristo, los legionarios se convierten en corredentores de la Humanidad, cada vez que asisten a la Santa Misa.



[1] Cfr. Cap. VIII, 3.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Nuestra Señora de Guadalupe



         Una de las características de la aparición –entre tantas- de Nuestra Señora de Guadalupe, es que Ella se aparece a quien humanamente es el más pequeño de todos, aunque también es el más devoto, el más ferviente –va a misa todos los días- y el que más fe tiene en los sacramentos –cuando se le aparece la Virgen, está en la tarea de buscar un sacerdote para que le dé la extremaunción a su tío-. Es decir, visto humanamente, Juan Diego carecía de riquezas materiales, de instrucción, de posición social. Sin embargo, tenía otros grandes dones, que superaban con mucho a los que no tenía: como dijimos, era ferviente, devoto y tenía mucha fe en la Iglesia y en los sacramentos. La prueba es que siempre se dirigió al obispo como lo que es, el jefe de la iglesia local, y con mucho respeto y atención; además, tenía una gran devoción por la misa, a la que acudía todos los días y tenía una gran fe en los sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Insignificante en la escala social, pero grande espiritual y sobrenaturalmente. Y la Virgen lo elige a él para aparecerse, en una de las más grandes manifestaciones marianas de todos los tiempos: no elige ni al obispo –aunque es testigo de su milagro- ni a los sacerdotes, ni a los hombres de mayor posición social y de mayores riquezas terrenas: la Virgen lo elige a él, a Juan Diego, un indígena de escasos conocimientos humanos y muy pobre materialmente, aunque con grandes virtudes sobrenaturales, sobre todo sabiduría celestial y fe.
         Es a él –y en la persona de Juan Diego, a todos nosotros- a quien la Virgen elige para decirle estas hermosas y consoladoras palabras: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, del Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediatez, el Dueño del cielo, Dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi salvación. Porque en verdad soy vuestra madre compasiva, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; quiero oír ahí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores”[1]. Y cuando Juan Diego, preocupado por la salud de su tío, decide ir por otro camino, para así no encontrarse con la Virgen y poder llegar al sacerdote para que le lleve la unción de los enfermos, la Virgen se le aparece y le dice: “Escucha, y ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te asusta y aflige. Que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe. No te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya sanó”.
         Atesoremos las palabras de la Virgen dichas a Juan Diego; las guardemos en la memoria, pero sobre todo en el corazón, porque a través de él, son dichas para todos y cada uno de nosotros. Y le pidamos a la Virgen que, si carecemos de las cualidades de Juan Diego, que Ella, como Madre amorosísima, supla con su amor maternal nuestras carencias y nos lleve, como a Juan Diego, en lo más profundo de su Corazón Inmaculado.