miércoles, 13 de septiembre de 2017

Fiesta del Santísimo Nombre de María


De entre todos los santos que se han destacado por el amor filial a María, se destaca San Alfonso María de Ligorio, quien en su libro “Las glorias de María” nos revela los admirables secretos que esconde su nombre[1].
Dice San Alfonso que el nombre de María es, ante todo, un nombre santo, en el sentido de que proviene de Dios Uno y Trino, que es la santidad Increada; esto es, no ha sido creado, inventado ni imaginado por el hombre, sino por Dios mismo. Por esto mismo, al provenir de Dios, el nombre santo de María es hecho partícipe del poder y la majestad divinas, lo cual explica que ante su nombre, como al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla, como así también que los Infiernos tiemblen de terror con el solo hecho de escuchar el nombre de María: “María, nombre santo. El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. “Del Tesoro de la divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el nombre de María”. De él salió tu excelso nombre; porque las Tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el cielo, en la tierra y en el infierno”. Pero
Otra característica del nombre de María, es que es un nombre “lleno de dulzura” y esto tanto en la vida –cuando las tribulaciones abundan- y en la muerte –cuando la oscuridad se hace presente-: “Entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María (…) le ha concedido la dulzura para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte”. Esta dulzura del nombre de María, que suaviza las amarguras de las tribulaciones y el dolor de la muerte, es tan cierta y tan fuerte, que incluso ha sido percibida sensiblemente por algunos santos, quienes han llegado a experimentar “un sabor más dulce que la miel” al pronunciar el nombre de María. Continúa San Alfonso: “En cuanto a lo primero, durante la vida, “el santo nombre de María –dice el monje Honorio– está lleno de divina dulzura”. De modo que el glorioso san Antonio de Padua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. “El nombre de Jesús”, decía éste; “el nombre de María”, decía aquél, “es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos”. Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de Colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura”.
Pero para San Alfonso, no solo los hombres experimentan la dulzura del nombre de María, sino incluso hasta los mismos ángeles: “Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?” (Cant 3, 6; 6, 9; 8, 5). Pregunta Ricardo de San Lorenzo: “¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?” Y él mismo responde: “Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas”.
Sin embargo, dice San Alfonso, esta dulzura sensible no es dado de ordinario, aunque hay una dulzura aun mayor, no experimentada por los sentidos, y es la espiritual, dulzura que recibe el alma cuando pronunciando el nombre de María, experimenta al mismo tiempo “consuelo, amor, alegría, confianza, fortaleza”: “Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor”.
La tercera característica del nombre de María es, para San Alfonso, es la de “inspirar alegría y amor” de Dios, porque quienes lo pronunciaban experimentaban tales y tantos consuelos sobrenaturales, que era imposible que viniesen de creatura alguna, sea humana o angélica y en el prodigar estos bienes celestiales, el nombre de María es solo superado por el sagrado nombre de Jesús: “Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María –prosigue diciendo– contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre –concluye el mismo autor– consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando siempre la misma dulzura al oírlo pronunciar. Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Susón, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: “¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso!”.
El nombre de María es como un preanuncio del nombre de Dios, porque conduce a las dulzuras que solo Dios puede dar, afirma San Alfonso, citando a San Bernardo: “Contemplando a su buena Madre el enamorado San Bernardo le dice con ternura: “¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte”. Dice Ricardo de San Lorenzo: “Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente”.
Es un nombre “lleno de gracias y bendiciones divinas”, que colma de estas a quien lo pronuncia y es por lo tanto fuente de consuelo para el pecador: “Tu nombre, oh Madre de Dios –como dice san Metodio– está lleno de gracias y de bendiciones divinas: De modo que –como dice san Buenaventura– no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre –dice el Idiota– que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre –le dice san Ambrosio– es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: “Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación”. Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar”. Sí, porque recordar tu nombre, María, consuela al afligido, pone en camino de salvación al que de él se había apartado, y conforta a los pecadores para que no se entreguen a la desesperación; así piensa Landolfo de Sajonia. Y dice el P. Pelbarto que como Jesucristo con sus cinco llagas ha aportado al mundo el remedio de sus males, así, de modo parecido, María, con su nombre santísimo compuesto de cinco letras, confiere todos los días el perdón a los pecadores”.
Para San Alfonso, la fortaleza es otra característica del nombre de María, que enciende a los pecadores en el amor de Dios, así como el aceite alimenta la lámpara, y el pecador que acuda a este santo nombre, será curado de sus males, cualesquiera que estos sean: “Por eso, en los Sagrados cantares, el santo nombre de María es comparado al óleo: “Como aceite derramado es tu nombre” (Cant 1, 2). Comenta así este pasaje el B. Alano: “Su nombre glorioso es comparado al aceite derramado porque, así como el aceite sana a los enfermos, esparce fragancia, y alimenta la lámpara, así también el nombre de María, sana a los pecadores, recrea el corazón y lo inflama en el divino amor”. Por lo cual Ricardo de San Lorenzo anima a los pecadores a recurrir a este sublime nombre, porque eso sólo bastará para curarlos de todos sus males, pues no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante ante el poder del nombre de María”.
Para los demonios, el nombre de María les infunde terror, porque Dios le concedió participar de su poder y majestad, de ahí que el Demonio, al escuchar el nombre de María, quede paralizado por el terror, siendo su soberbia cabeza de Serpiente Antigua aplastada por el peso del nombre de María, liberando al pecador que pronuncia su nombre: “Por el contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del cielo, que al oír su nombre, huyen de aquel que lo nombra como de fuego que los abrasara. La misma Virgen reveló a santa Brígida, que no hay pecador tan frío en el divino amor, que invocando su santo nombre con propósito de convertirse, no consiga que el demonio se aleje de él al instante. Y otra vez le declaró que todos los demonios sienten tal respeto y pavor a su nombre que en cuanto lo oyen pronunciar al punto sueltan al alma que tenían aprisionada entre sus garras”.
Y si los ángeles de la oscuridad huyen ante el nombre de María, los ángeles de luz acuden al alma que pronuncia este santo nombre, viéndose estas almas protegidas como por una fortísima roca defensiva, que los mantiene a salvo de los asaltos del infierno y también de los castigos de la ira de Dios: “Y así como se alejan de los pecadores los ángeles rebeldes al oír invocar el nombre de María, lo mismo –dijo la Señora a santa Brígida– acuden numerosos los ángeles buenos a las almas justas que devotamente la invocan”. Atestigua san Germán que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados. Torre defensiva que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno. Así lo asegura el mismo Ricardo, que después del nombre de Jesús, no hay nombre que tanto ayude y que tanto sirva para la salvación de los hombres, como este incomparable nombre de María”.
El nombre de María es también nombre de pureza y castidad, que mantiene puros de cuerpo y alma a quienes lo invocan, preservándolos de la impureza, tanto del cuerpo, como la del alma, esto es, la idolatría, la superstición, el error, la ignorancia, la herejía y el cisma: “Es cosa sabida y lo experimentan a diario los devotos de María, que este nombre formidable da fuerza para vencer todas las tentaciones contra la castidad. Reflexiona el mismo autor considerando las palabras del Evangelio: “Y el nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27), y dice que estos dos nombres de María y de Virgen los pone el Evangelista juntos, para que entendamos que el nombre de esta Virgen purísima no está nunca disociado de la castidad. Y añade san Pedro Crisólogo, que el nombre de María es indicio de castidad; queriendo decir que quien duda si habrá pecado en las tentaciones impuras, si recuerda haber invocado el nombre de María, tiene una señal cierta de no haber quebrantado la castidad”.
Dice San Alfonso que otra característica del nombre de María es que es “nombre de bendición”, que socorre en los peligros de todo tipo, sobre todo el mayor de todos, el perder la gracia divina, al tiempo que abre las puertas del cielo: “Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón”. En todos los peligros de perder la gracia divina, pensemos en María, invoquemos a María junto con el nombre de Jesús, que siempre han de ir estos nombres inseparablemente unidos. No se aparten jamás de nuestro corazón y de nuestros labios estos nombres tan dulces y poderosos, porque estos nombres nos darán la fuerza para no ceder nunca jamás ante las tentaciones y para vencerlas todas. Son maravillosas las gracias prometidas por Jesucristo a los devotos del nombre de María, como lo dio a entender a santa Brígida hablando con su Madre santísima, revelándole que quien invoque el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá estas gracias especiales: un perfecto dolor de sus pecados, expiarlos cual conviene, la fortaleza para alcanzar la perfección y al fin la gloria del paraíso. Porque, añadió el divino Salvador, son para mí tan dulces y queridas tus palabras, oh María, que no puedo negarte lo que me pides. En suma, llega a decir san Efrén, que el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna. También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este santo y dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: “Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre”.
El nombre de María es nombre de consuelo, 6. María, nombre consolador, en las tribulaciones de la vida presente, y sobre todo en las horas angustiosas de la muerte, de manera que quien lo pronuncie en la agonía, verá alejado al Enemigo de las almas y será confortado en su angustia: “Muy dulce es para sus devotos, durante la vida, el santísimo nombre de María, por las gracias supremas que les obtiene, como hemos vitso. Pero más consolador les resultará en la hora de la muerte, por la suave y santa muerte que les otorgará. El P. Sergio Caputo, jesuita, exhortaba a todos los que asistieran a un moribundo, que pronunciasen con frecuencia el nombre de María, dando como razón que este nombre de vida y esperanza, sólo con pronunciarlo en la hora de la muerte, basta para dispersar a los enemigos y para confortar al enfermo en todas sus angustias. De modo parecido, san Camilo de Lelis, recomendaba muy encarecidamente a sus religiosos que ayudasen a los moribundos con frecuencia a invocar los nombres de Jesús y de María como él mismo siempre lo había practicado; y mucho mejor lo practicó consigo mismo en la hora de la muerte, como se refiere en su biografía; repetía con tanta dulzura los nombres, tan amados por él, de Jesús y de María, que inflamaba en amor a todos los que le escuchaban. Y finalmente, con los ojos fijos en aquellas adoradas imágenes, con los brazos en cruz, pronunciando por última vez los dulcísimos nombres de Jesús y de María, expiró el santo con una paz celestial. Y es que esta breve oración, la de invocar los nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, cuanto es fácil retenerla en la memoria, es agradable para meditar y fuerte para proteger al que la utiliza, contra todos los enemigos de su salvación”.
Pronuncia el nombre de María, es “nombre de buenaventura”, esto es, indicio o preanuncio de eterna salvación, porque los enemigos del alma huyen y el alma se llena de fortaleza y valor, al tiempo que se enciende en el Amor de Dios, y en esto consiste la bienaventuranza o dicha de quien pronuncie el nombre de María: “¡Dichoso –decía san Buenaventura– el que ama tu dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarlo en la hora de la muerte, no temen los asaltos de todo el infierno. Quién tuviera la dicha de morir como murió fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, que expiró cantando: “Oh María, oh María, la criatura más hermosa; quiero ir al cielo en tu compañía”. O como murió el B. Enrique, cisterciense, del que cuentan los anales de su Orden que murió pronunciando el dulcísimo nombre de María. Roguemos pues, mi devoto lector, roguemos a Dios nos conceda esta gracia, que en la hora de la muerte, la última palabra que pronunciemos sea el nombre de María, como lo deseaba y pedía san Germán. ¡Oh muerte dulce, muerte segura, si está protegida y acompañada con este nombre salvador que Dios concede que lo pronuncien los que se salvan!”.
Finaliza San Alfonso con una súplica de San Buenaventura, en la que el alma pide que, en la hora de la muerte, María Santísima se haga presente para recibirla entre sus brazos, para así presentarse ante el tribunal de Jesucristo, en el Juicio Particular, porque quien esto haga, será conducido por la Madre de Dios al eterno Paraíso, el Reino de los cielos: “¡Oh mi dulce Madre y Señora, te amo con todo mi corazón! Y porque te amo, amo también tu santo nombre. Propongo y espero con tu ayuda invocarlo siempre durante la vida y en la hora de la muerte. Concluyamos con esta tierna plegaria de san Buenaventura: “Para gloria de tu nombre, cuando mi alma esté para salir de este mundo, ven tú misma a mi encuentro, Señora benditísima, y recíbela”. No desdeñes, oh María –sigamos rezando con el santo– de venir a consolarme con tu dulce presencia. Sé mi escala y camino del paraíso. Concédele la gracia del perdón y del descanso eterno. Y termina el santo diciendo: “Oh María, abogada nuestra, a ti te corresponde defender a tus devotos y tomar a tu cuidado su causa ante el tribunal de Jesucristo”.
Quien pronuncie el santísimo y dulce nombre de María en esta vida terrena, llena de tribulaciones y peligros, glorificará lleno de alegría y amor el dulce nombre de Jesús en el cielo, por toda la eternidad.



[1] Cfr. San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María, Cap. X.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María



Natividad de María Santísima.


         Hoy la Iglesia celebra la Sabiduría y el Amor creador de Dios, plasmados en una creatura que sobrepasa a los ángeles y santos en santidad, hermosura, humildad, belleza celestial y gloria divina, de grado tal, que puede decirse que solo es superada por Dios Hijo encarnado, Cristo Jesús. Esta creatura, en la que está incoada la Nueva Humanidad redimida por la Sangre y la gracia del Cordero, es la Virgen y Madre de Dios, María Santísima.
         Como Iglesia, celebramos el Nacimiento de Aquella que habría de ser Virgen y Madre de Dios y para ello es que fue concebida como Inmaculada Concepción, es decir, sin la mancha del pecado original, pero no solo, sino también inhabitada por el Espíritu Santo, que colmó su cuerpo purísimo y su alma bienaventurada desde el instante mismo de su concepción sin mancha.
         Como Iglesia, celebramos el Nacimiento de la Mujer del Génesis, Aquella que habría de aplastar la cabeza de la Serpiente Antigua, al ser hecha partícipe, por su humildad incomparable, de la omnipotencia divina.
         Como Iglesia, celebramos el Nacimiento de la Mujer del Calvario, Aquella que, al pie de la Cruz, y en medio de los dolores inenarrables de su Inmaculado Corazón, provocados por la participación mística de los dolores de su Hijo crucificado, habría de ser Nuestra Madre celestial, por encargo directo y explícito de Dios Hijo y como don incomprensible de su Sagrado Corazón, puesto que el Amor que envolvía el Corazón de Jesús, no se conformaba con entregar su Cuerpo y derramar hasta la última gota de su Sangre Preciosísima por nuestra salvación, sino que, llevado por su extremo Amor por todos y cada uno de nosotros, nos entregó a quien amaba con todo el Amor de su Corazón, María Santísima, para que nos adoptara como hijos al pie de la Cruz. Así, al pie del Árbol de la Vida, la Santa Cruz, la Nueva Eva engendraba, por la gracia de Dios, a los nuevos hijos de Dios, los hijos nacidos por “el agua y el Espíritu Santo”, el bautismo sacramental, reparando con esta estirpe “nacida de lo alto” la desobediencia de la primera Eva y la rebelión de su estirpe, el hombre viejo, el hombre caído por el pecado original.
Como Iglesia, celebramos el Nacimiento de quien era reina por su ascendencia humana, ya que provenía del linaje de Abraham y pertenecía a la tribu de Judá y a la noble estirpe de David; pero sobre era Reina de cielos y tierras, por estar destinada a ser la Virgen y Madre del Rey de reyes y Señor de señores, Cristo Jesús, cuyo nacimiento virginal de María Santísima iluminó las tinieblas de muerte en la que estábamos inmersos desde el pecado de Adán y Eva. Por María Santísima vino al mundo y a nuestras almas la Luz Eterna, Cristo Jesús, Luz Increada que proviene de la Luz Increada que es el Padre, Luz que además de iluminar y disipar las tinieblas del error, del pecado y de la ignorancia, derrota y vence para siempre a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos -que nos dominaban desde la falta original cometida por los primeros padres-, nos comunica la Vida eterna y el Amor Eterno de Dios Uno y Trino, divinizando nuestras almas y convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios.
Hoy celebramos el Nacimiento de la gloriosísima siempre Virgen María, en cuyo seno virginal y purísimo habría de ser concebido el Redentor del mundo, siendo por ello bendito el fruto de su vientre purísimo y causa de nuestra alegría, pues a través de su parto virginal, nacería quien habría de iluminar al mundo entero con la luz divina que brota de su Ser divino trinitario, Cristo Jesús.
Hoy celebramos el Nacimiento de la Madre de Dios, que es la Causa de nuestra alegría, porque gracias a su “Sí” a la voluntad del Padre, que quería que su Hijo Dios se encarnara en su seno virginal por el poder del Amor Divino, el Espíritu Santo, nació Aquel que es llamado “Sol de justicia”, Dios Hijo encarnado, Jesucristo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y que con su santo sacrificio en la Cruz no solo habría de destruir de una vez y para siempre la maldición que pesaba sobre la humanidad entera, sino que habría de concedernos dones que ni siquiera somos capaces de imaginar, como su filiación divina por el Bautismo sacramental, su Cuerpo y su Sangre por la Eucaristía y el Espíritu Suyo y del Padre por la Confirmación. Por María, habría de nacer Aquel que no solo derrotaría con su sacrificio en cruz al pecado, a la muerte y al infierno, sino que nos donaría su gracia, su vida divina y el seno del Padre eterno, infinitamente más hermoso que todos los cielos eternos juntos.
Hoy celebramos con gozo y alegría inefables el Nacimiento de quien es Nuestra celestial Abogada e Intercesora, Nuestra Corredentora, la Medianera de todas las gracias, por quien nos vienen todos los dones y gracias más que suficientes para llevar una vida santa en esta tierra, uniéndonos en cuerpo y alma a la Pasión y Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, para así obtener luego la vida de la gloria eterna en el Reino de los cielos.
Esa es la razón por la cual es un día de Fiesta para la Iglesia toda, porque ha nacido la Virgen y Madre de Dios, cuya “existencia gloriosa ilumina a toda la Iglesia”[1] y es por eso que cantamos, con todo el amor del que son capaces nuestros corazones y “celebramos con nuestras mentes las glorias de Cristo”[2], Nuestro Salvador, que por María vino al mundo por Primera Vez, y por María habrá de venir en su Segunda Venida.



[1] Cfr. Liturgia de las Horas, Responsorio del Oficio de la Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 22 de agosto de 2017

Santa María Reina


         Al ser Asunta a los cielos en cuerpo y alma glorificados, la Santísima Virgen, luego de ser recibida por su Hijo Jesús, es coronada como Reina de cielos y tierra, con una corona más preciosa que el oro, la plata, los diamantes y los rubíes, porque recibe de la Santísima Trinidad una corona de gloria y de luz divina. La Virgen es Reina porque su Hijo es “Rey de reye y Señor de señores”, y en realidad este título de Reina, si bien recibe la corona luego de su gloriosa Asunción a los cielos, lo poseía ya desde su Inmaculada Concepción, pues Aquella que no conoció la mancha del pecado original y fue concebida en gracia, estaba destinada a ser la Madre del Rey de los hombres y de los ángeles, el Hombre-Dios Jesucristo.
         Así, al ser coronada con la corona de luz y gloria, la Virgen se convierte en la Mujer descripta por el Apocalipsis, Aquella que “aparece en el cielo vestida de sol, con la luna a los pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza” (cfr. Ap 12, 1). La Virgen es coronada en el cielo como Reina de cielos y tierra, como Reina de ángeles y hombres, como Reina del universo visible y del invisible, y esto porque su Hijo es también Rey de todo lo creado, por lo que la Virgen participa de la realeza divina de su Hijo, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Así como su Hijo, al Ascender a los cielos, recibió del Padre Eterno y del Santo Espíritu de Dios, la corona de luz y gloria que por derecho y por conquista le pertenecía, así también la Virgen, luego de su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos, recibe también una corona incorruptible, más preciosa que el oro y la plata, la corona de luz y gloria de su Hijo Jesús.
         Ahora bien, esta corona de luz y de gloria la recibe la Virgen por derecho, por ser Ella la Inmaculada Concepción, la Inhabitada por el Espíritu Santo, la Llena de gracia, la Madre de Dios; pero la recibe también por conquista, porque participó en la tierra de la dolorosa Pasión de su Hijo, y si bien Ella no recibió corporalmente los castigos de Jesús, participó de ellos moral y espiritualmente, sufriendo un dolor en un todo similar al de su Hijo Jesús. Y así como Jesús fue coronado de espinas, y por eso luego mereció la corona de luz y de gloria en los cielos, así también la Virgen, si bien no fue coronada físicamente con una corona de espinas, sufrió en su Inmaculado Corazón y en su Alma Purísima los dolores de la corona de espinas de su Hijo, haciéndose así merecedora de la corona de luz y de gloria en el cielo. Tanto Jesús como la Virgen, para poder ser coronados de luz y de gloria en el cielo, tuvieron que atravesar en la tierra por las dolorosas y humillantes horas de la Pasión, incluida la coronación de espinas, Jesús de modo físico, y la Virgen, participando moral y espiritualmente de su Pasión y coronación de espinas.

Como dijimos, la Virgen no sufrió físicamente la Pasión y la coronación de espinas, pero sí participó moral y espiritualmente, convirtiéndose así en Corredentora, al unir sus dolores morales y espirituales a los dolores redentores y salvíficos de Jesús. De un modo particular, por medio de la coronación de espinas, Jesús y María expiaron por los pensamientos impuros y por los pensamientos malos de toda clase, que los hombres continuamente elaboran en sus mentes. Es por eso que, al contemplar a la Virgen como Reina y coronada de luz y gloria, meditemos en cómo fue que la Virgen se ganó esa corona, participando de los dolores de su Hijo Jesús, para que así evitemos todo pensamiento malo, de cualquier orden, y le pidamos a la Virgen que nos alcance los pensamientos santos y puros que tenía Jesús coronado de espinas. Sólo así, evitando los malos pensamientos y pidiendo la gracia de poseer los pensamientos santos y puros de Jesús y María, y pidiendo la gracia de llevar la corona de espinas en esta vida, podremos ser coronados, como Nuestra Madre y como Jesús, de luz y de gloria en el cielo.

martes, 15 de agosto de 2017

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María



         La Iglesia celebra hoy la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, la Madre de Dios Hijo encarnado. ¿Qué significa la Asunción y por qué se da en la Virgen? Que la Virgen sea Asunta en cuerpo y alma a los cielos significa que, en el momento en que debía morir, en vez de hacerlo, la Virgen se durmió –por eso en la Iglesia Oriental se llama “Dormición”- y, al despertar, se encontraba no en esta vida terrena y mortal, sino en la vida eterna, en el Reino de los cielos, siendo Asunta en cuerpo y alma gloriosos al cielo. Es decir, significa que, en el momento de morir, en vez de sufrir la separación del cuerpo y del alma, como sucede con toda persona humana al morir, y que es consecuencia esta muerte del pecado original, en la Virgen, cuya alma estaba “llena de gracia” desde su Concepción por haber sido concebida sin la mancha del pecado original, pero además, por estar inhabitada por el Espíritu Santo, toda la plenitud de gracia que poseía su alma en esta vida terrena, en el momento de pasar a la otra vida, se derramó, por así decirlo, sobre su cuerpo inmaculado, de manera que la gracia de su alma, en esta vida, se convirtió en la gloria celestial que, derramándose desde su alma purísima hacia su cuerpo, glorificó a este, siendo Asunta en ese mismo momento, por legiones de ángeles que vinieron en su busca por orden de Jesús, al Reino de los cielos. La razón por la cual la Virgen, al morir, no experimentó la muerte, sino la “Dormición”, es por haber sido preservada de la mancha del pecado original, mancha cuya consecuencia es la muerte. Por lo tanto, al no tener pecado original, no habría de sufrir sus consecuencias, entre las principales, la muerte terrena. Pero además en la Virgen se suma otro elemento, que la hace Única entre todas las creaturas, y es el hecho de haber sido concebida Llena de gracia e inhabitada por el Espíritu Santo, y es por esto que, al experimentar la Dormición en vez de la muerte, el alma no solo no se separó de su cuerpo, sino que permaneció unida y le comunicó a su cuerpo la plenitud de gracia y de gloria divina en la que vivía desde su Inmaculada Concepción.
         De esta manera, la Virgen, además de ser la Mujer del Génesis, que aplasta la cabeza de la serpiente; además de ser la Mujer que en Caná intercede ante la Trinidad para que Dios Hijo obre el primer milagro público por orden de Dios Padre, para así comenzar a donar a Dios Espíritu Santo de modo público a los hombres, esto es, el Espíritu Santo; además de ser la Mujer que, al pie de la Cruz, acompaña al Hijo de Dios en su agonía y se convierte, por pedido de Jesús, en Madre adoptiva de los hijos de Dios; la Virgen es además la Mujer del Apocalipsis, la Mujer revestida de sol, con la luna bajo los pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza; es la Mujer a la cual se le dotan dos alas de águila para huir al desierto y poner así a salvo a su Hijo, el Niño Dios.
         Por último, la Asunción de María Santísima tiene una relación directa con nuestras vidas personales y con nuestra espiritualidad católica: siendo nuestra Madre del cielo, su Asunción constituye, para nosotros, que hemos nacido con el pecado original, la esperanza de compartir, algún día, su eterna bienaventuranza. Para ello, debemos hacer el propósito de vivir en gracia y de conservar la pureza de cuerpo y alma, no solo evitando absolutamente todo pecado mortal o venial deliberado, sino buscando vivir en gracia, conservar la gracia y aumentarla, por medio de la Confesión Sacramental y la Comunión Eucarística frecuente, la práctica de las obras de misericordia y la decisión de seguir a Jesús cada día, todos los días, cargando nuestra cruz y negándonos a nosotros mismos, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, al hombre regenerado por la gracia.

         Sólo así, compartiremos el destino de nuestra Madre celestial, esto es, seremos glorificados en cuerpo y alma y, luego de nuestro juicio particular, comenzará nuestra eterna alegría, en la contemplación y adoración de la Trinidad y del Cordero Místico, en compañía de María Asunta al cielo.

jueves, 13 de julio de 2017

María Rosa Mística y el significado de las tres espadas y las tres rosas


La Virgen se apareció como María Rosa Mística en Montichiari, al norte de Italia, en el año 1947. En la primera aparición, ocurrida a Pierina Guilli –enfermera de oficio y nacida el 3 de agosto de 1911-, la Virgen “vestía túnica morada y cubría su cabeza con un velo blanco”, “su rostro denotaba tristeza” y “tenía el pecho atravesado por tres espadas”; corrían abundantes lágrimas por su rostro estaba triste, y sólo dijo tres palabras:   “Oración, Penitencia, Reparación”, para luego guardar silencio[1].
En la segunda aparición, ocurrida el domingo 13 de julio de 1947, la Madre de Dios se apareció nuevamente, esta vez, en el hospital. Según Pierina, “vestía de blanco”, pero ahora, en lugar de las tres espadas, llevaba en su pecho “tres rosas, blanca, roja y dorada”. Pierina le preguntó asombrada: “Por favor, dígame quién es usted”. Con una dulce sonrisa la señora le contestó: “Soy la Madre de Jesús y madre de todos vosotros”. Después de una pausa prosiguió: “Nuestro Señor me envió para implantar una nueva devoción Mariana en todos los institutos así masculinos como femeninos, en las comunidades religiosas y en todos los sacerdotes. Yo les prometo que si me veneran de esta manera especial, gozarán particularmente de mi protección, habrá un florecimiento de vocaciones religiosas. Deseo que el día 13 de cada mes se me consagre como día Mariano y los doce precedentes sirvan de preparación con oraciones especiales”. Siempre según Pierina, su rostro se iluminó con una inexplicable alegría y continuó: “En ese día derramaré sobreabundancia de gracias y santidad sobre quienes así me hubiesen honrado. Deseo que el 13 de julio de cada año sea dedicado en honor de Rosa Mística”[2].
¿Qué significan las espadas y las rosas?
En cuanto al significado de las tres espadas, podemos decir lo siguiente: la primera espada, significa la pérdida culpable de la vocación sacerdotal o religiosa; la segunda espada, la vida en pecado mortal de personas consagradas a Dios; la tercera espada, la traición de aquellas personas que al abandonar su vocación sacerdotal o religiosa, pierden también la fe y se convierten en enemigos de la iglesia. En relación al dolor que estas tres espadas le provocan a la Virgen –imaginemos su Inmaculado Corazón, vivo, latiendo, siendo atravesado por tres espadas filosísimas y que quedan allí enclavadas, mientras su Corazón sigue latiendo-, debemos considerar que este dolor está provocado, ante todo, por las personas consagradas que, o pierden su vocación, o viven en estado de pecado mortal, o bien apostatan de la Fe. Y esto es así porque si todo cristiano debe vivir siempre en estado de gracia, puesto que su cuerpo es “templo del Espíritu Santo” a partir del bautismo, una persona que ha consagrado su vida a Dios, por la vía de la vida religiosa, debe, además de vivir en estado permanente de gracia, procurar crecer cada vez más en la santidad, porque ése es el único camino para la unión con la Trinidad y para manifestar a los demás la hermosura de la vida consagrada, que es un anticipo de la vida beatífica en el cielo. Un consagrado que se habitúa a vivir en pecado mortal, contradice su misión en la tierra, además de predestinar su alma a la condenación eterna y esa es la razón del dolor que le provoca la primera espada a la Virgen. Sin embargo, la responsabilidad por el dolor de la Virgen no se limita a los consagrados, sino que se extiende también, en cierta medida, a todos los bautizados, porque por un lado, los laicos tienen el deber de caridad de orar por los consagrados, y por otro lado, también los laicos deben, como hemos dicho, vivir en gracia, con lo que, si viven en pecado mortal, también le provocan un dolor como el de una espada lacerante al Inmaculado Corazón de María.
Pero la Virgen se aparece también con tres rosas, que significan el consuelo y alivio que le provocan a su Inmaculado Corazón aquellos hijos suyos, sean laicos o consagrados, que buscan reparar y pedir perdón, tanto por los propios pecados, como los pecados de los consagrados. Es esto lo que significan las rosas, con sus distintos colores: la rosa blanca simboliza el espíritu de oración; la rosa roja, el espíritu de sacrificio (para reparar); la rosa dorada o amarilla, el espíritu de penitencia.
Por el significado de las espadas, el devoto de María Rosa Mística está entonces llamado a contemplar y meditar en los dolores de su Inmaculado Corazón, provocado por los consagrados infieles que pierden la vocación por propia culpa, que viven en pecado mortal, o que apostatan de la Fe y se convierten en enemigos de la Iglesia, aunque también están llamados a contemplar el dolor que le provocan los fieles laicos que traicionan su bautismo, profanando sus cuerpos, viviendo en pecado mortal y convirtiéndose también en enemigos de la Iglesia y apóstatas de la Fe.
Por el significado de las rosas, el devoto de María Rosa Mística está llamado a reparar, por los pecados propios y principalmente por los de los consagrados, por medio de la oración –ante todo, el Santo Rosario, la Adoración Eucarística y la Santa Misa, la más excelente de las oraciones-; por medio del sacrificio –mortificaciones activas y pasivas- y por medio de penitencias, como por ejemplo, ayunos, pero no solo de alimentos, sino ante todo, ayuno del mal. Es en esto en lo que consiste la esencia de la devoción para el alma que ama a María Rosa Mística.



[1] http://www.corazones.org/maria/rosa_mistica_apariciones.htm#significado de las tres espadas:
[2] Cfr. ibidem.

domingo, 2 de julio de 2017

Las características del servicio legionario


         Según el Manual, las características del servicio legionario son las siguientes:
         1-Debe “revestirse de las armas de Dios” (Ef 6, 11). El Manual recuerda que la Legión de María toma su nombre de la legión romana, caracterizada por su valor, lealtad, disciplina, resistencia y poder conquistador, aunque muchas veces estas virtudes hayan sido utilizadas con fines mundanos[1]. La Legión de María está a las órdenes de su Celestial Capitana, la Virgen, y por eso no puede no tener estas mismas características de la legión romana, quitándole, por supuesto, la condición mundana de esta última. El legionario y la Legión toda, deben poseer las mismas cualidades -valor, lealtad, disciplina, resistencia y poder conquistador- de la legión romana, pero vaciadas de todo rastro de mundanidad y consagrada enteramente a la Virgen.
         2-Debe ser “un sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios y no conforme a este mundo” (Rom 12, 1-12). Para esto, el legionario debe reflexionar acerca de los innumerables dones, tanto naturales como sobrenaturales, recibidos de parte de Dios. Por ejemplo: la vida, la inteligencia, la voluntad, la filiación divina, el Espíritu Santo en la Confirmación, la vida divina en el Bautismo, el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Por esto decía Santa Teresa: “¡Recibir tanto, tanto, y devolver tan poco! ¡Ay, éste es mi martirio!”. Muchos legionarios, sin ponerse a considerar todos estos beneficios, se comportan como paganos cuando, en vez de agradecer a Dios cuando sufren una tribulación, se quejan de esta, con lo que demuestran que están lejos de tener un verdadero “espíritu legionario”.
         3-No debe rehuir “trabajos y fatigas” (2 Cor 11, 27). El legionario no debe temer ejercer el apostolado en personas que incluso se mostrarán hostiles frente al anuncio del Evangelio; debe estar preparado para recibir críticas, afrentas, desprecios, e incluso hasta calumnias, porque todo esto sufrió Nuestro Redentor. También debe estar preparado para enfrentar al fracaso y a la ingratitud, que producen desaliento; debe estar preparado para afrontar toda clase de dificultades, sean materiales que espirituales y mucho más, considerando que vivimos en un mundo ateo, agnóstico y materialista, que reniega de Dios y de su Mesías y que cada día que pasa, nada quiere saber, ni de la vida eterna, ni del Reino de los cielos, ni de la Iglesia y sus sacramentos.
         4-Debe proceder con amor, “igual que Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5, 2). El legionario debe actuar con suma caridad, imitando la caridad de Nuestro Señor Jesucristo, ofreciendo a los hombres y al mundo, hostil al Evangelio, el Amor mismo de Nuestro Señor, y no su propio mal genio, su propia impaciencia. El legionario debe estar siempre y en todo momento, dispuesto a ofrecer mortificaciones de todo tipo y esto exige que el alma del legionario se olvide de sí misma, de sus gustos y preferencias, de su querer estar siempre a gusto, ya que esto es propio de un espíritu mundano y no de un legionario al servicio de la Celestial Capitana, la Virgen María.
         5-Debe “correr hasta la meta” (2 Tim 4, 7). Debe pedir siempre la gracia de la perseverancia final, en la fe y en las obras. Cada legionario individualmente, como la Legión en su conjunto, deben tener presente siempre, en la mente y el corazón, que la meta final que se debe alcanzar es el Reino de los cielos, y que la corona que se desea recibir no es la gloria mundana, sino la corona de la gloria de Dios en el cielo, lo cual significa que antes, en la tierra, se debe desear y pedir ser coronados con la corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo. Lo que la Legión exige es fe firme, profunda y sin vacilaciones y amor a Dios y al prójimo, el cual debe concretarse en un apostolado constante, perseverante, fiel, decidido, que no se deje llevar por el desánimo cuando los resultados no sean los esperados.



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. IV.

martes, 27 de junio de 2017

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro


La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, conocida en el Oriente bizantino como el icono de la Madre de Dios de la Pasión, posee diversos signos: las iniciales al lado de la corona de la Madre la identifican como la “Madre de Dios” [1]. Las iniciales al lado del Niño “ICXC” significan “Jesucristo”. Las letras griegas en la aureola del Niño: owu significan “El que es”, mientras las tres estrellas sobre la cabeza y los hombros de María santísima indican su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto, aunque también pueden significar a las Tres Divinas Personas: el Padre, la estrella de la frente; el Espíritu Santo, la estrella del hombro derecho, mientras que la estrella del hombro izquierdo no aparece, debido a que Aquel a quien representa, el Hijo, está encarnado como Niño y lo tiene entre sus brazos. Las letras más pequeñas identifican al ángel a la izquierda como “San Miguel Arcángel”; el arcángel sostiene la lanza y la caña con la esponja empapada de vinagre, instrumentos de la pasión de Cristo. El ángel a la derecha es identificado como “San Gabriel Arcángel”, sostiene la cruz y los clavos. Por lo sagrado de los objetos, los ángeles no tocan los instrumentos de la Pasión con las manos, sino con un paño que los cubre[2].
Cuando este retrato fue pintado, no era común pintar aureolas y por esta razón el artista redondeó la cabeza y el velo de la Madre para indicar su santidad. Los halos y coronas doradas fueron añadidos mucho después. El fondo es de color dorado, que no solo resalta los colores de las vestiduras, sino que, ante todo, representa la luz de la gloria divina en la eternidad. Para la Virgen el maforion (velo-manto) es de color púrpura, signo de la divinidad a la que ella se ha unido excepcionalmente, mientras que el traje es azul, indicación de su humanidad.
El Niño, que aun siendo Niño, presenta una expresión de madurez en su rostro infantil, que conviene y corresponde a un Dios eterno, está vestido como solían hacerlo en la antigüedad los nobles y filósofos: con una túnica ceñida por un cinturón y con el manto echado al hombro.
En el icono podemos contemplar a la Virgen Madre con el Niño Jesús en brazos. El Niño, a su vez, al tiempo que se aferra con fuerza a su Madre con sus dos manitas, observa con una expresión de temor a los dos ángeles que se le aparecen de improviso y le muestran los instrumentos de su futura Pasión: la cruz, los clavos, la corona de espinas, el flagelo, la lanza con la cual su Sagrado Corazón será traspasado luego de morir en la cruz. El Niño abraza fuertemente a su Madre, sobresaltado por la visión, y es tanto el sobresalto, que una de sus pequeñas sandalias se suelta en el movimiento, quedando colgada de su piececito. Pero no es solo la visión lo que lo asusta, sino que interiormente, sufre ya con anticipación, mística y espiritualmente, desde la Encarnación y la Primera Infancia, los dolores de la Pasión. El Niño no solo se sobresalta por lo sorpresivo de la aparición de los ángeles, ni tampoco el temor es por los instrumentos en sí: su sobresalto se debe a que, en ese momento, sufre con particular intensidad, y con anticipación, espiritual y místicamente, los dolores de la Pasión. Pero, ¿por quién sufre el Niño Jesús en el momento reflejado en el icono? Jesús sufre su Pasión por toda la humanidad, pero de modo particular, en el momento en el que se le aparecen los ángeles, sufre por aquel que está contemplando el icono. En otras palabras, quien se acerca a contemplar el icono, y ve al Niño asustado por los instrumentos de la Pasión, debe tener en cuenta que el Niño, debido a que es Dios Omnisciente, sufre por la salvación de quien lo está contemplando, y en su omnisciencia, pronuncia, con amor y dolor, el nombre de quien lo contempla. Al contemplar, entonces, el icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, no debemos pensar que se trata de una obra de arte: misteriosamente, el Niño, en el momento de su angustia, está pensando en aquel que contempla el icono, y reafirma, en ese momento, su intención, desde la eternidad, de dar hasta la última gota de su Sangre Preciosísima, por la salvación del alma por la que subirá a la cruz. También la Virgen, a su vez, no solo socorre a su Hijo, que se asusta por los instrumentos de la Pasión –de allí el Nombre de “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”-, sino que Ella también, con su rostro hermosísimo, pensativo, se ofrece al Padre, junto con su Hijo, por la salvación de todos aquellos que, en el correr de los siglos, contemplarán el icono, recordando la profecía del anciano Simeón, de que una espada de dolor habría de atravesar su Inmaculado Corazón. En este momento, en el que el Niño se asusta, el temor del Niño se convierte en esa filosa espada espiritual que atraviesa el Corazón Purísimo de la Madre de Dios. No contemplemos, entonces, el icono, como una obra piadosa religiosa: pensemos que tanto el Niño Jesús, como la Madre de Dios, piensan en cada uno de nosotros, con nombre y apellido, y ofrecen sus dolores por nuestra salvación. La contemplación del icono debe conducirnos, por lo tanto, a renovar nuestra intención de evitar hasta el más mínimo pecado, causa del dolor del Niño y de la Madre, y a vivir en gracia en todo momento. El icono debe elevar al alma en oración, agradeciendo a la Madre de Dios por su intercesión, y al Niño Dios, por haber sufrido la Pasión, desde su infancia, por todos aquellos que contemplamos, con amor y piedad, el sagrado icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.





[1] http://www.corazones.org/maria/perpetuo_socorro.htm
[2] Cfr. ibidem.