martes, 24 de septiembre de 2024

Nuestra Señora de la Merced y la conquista de nuestras almas para Nuestro Señor Jesucristo


 


         La advocación de Nuestra Señora de la Merced surge como consecuencia de una celestial aparición de la Madre de Dios, en forma simultánea, en el siglo XIII, al rey Jaime I de Aragón, a San Pedro Nolasco y a San Raymundo de Peñafort. La Virgen encomendó específicamente a San Pedro Nolasco la fundación de la Orden de los Mercedarios, cuya tarea principal sería la de rescatar a los cristianos cautivos por los musulmanes, como consecuencia de las invasiones musulmanas a Tierra Santa.

         Con la Conquista y Evangelización de España, la devoción a Nuestra Señora de la Merced llegó por medio de la Orden de los Mercedarios, quienes así contribuyeron a la sobrenatural evangelización del Virreynato del Río de la Plata, hecho por el cual debemos agradecer eternamente a España, ya que España nos trajo la Verdadera Religión, la Religión de Nuestro Señor Jesucristo, la Religión Católica. Por esto es que nuestra Patria es hispana y católica incluso antes desde su nacimiento.

         Más tarde, al producirse la Independencia, nuestro Prócer General Belgrano, que era abogado además de general y que había jurado defender el Dogma de la Inmaculada Concepción, porque era un ferviente devoto de la Virgen, no solo le concedió a nuestra Enseña Nacional los colores del Manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción -por eso nuestra Bandera Nacional lleva los colores de la Virgen y por eso, besar el Manto de la Virgen es como besar la Bandera y besar la Bandera es como besar el Manto de la Virgen-, sino que además le encomendó, en la Batalla del Campo de las Carreras, el triunfo sobre las tropas realistas, prometiéndole que si el ejército patriota, el Ejército del Norte, triunfaba, él la nombraría “Generala del Ejército Argentino”. Esto fue lo que sucedió y el General Belgrano, agradecido por la intercesión de la Virgen -hubo un hecho milagroso, como la invasión de langostas en plena batalla, lo cual limitó mucho el número de bajas en ambos bandos-, le concedió, en una Misa solemne, el Bastón de Mando del Ejército y la nombró “Generala del Ejército Argentino” -motivo por el cual nuestro glorioso Ejército ha de triunfar siempre sobre las ideologías subversivas y marxistas que tienen al ateísmo como bandera, puesto que la Virgen es la que aplasta la cabeza de la Serpiente-.

         Finalmente, ¿cuál es la relación espiritual entre nosotros y la Virgen de la Merced? Para saberlo, tenemos que tener en cuenta que nuestra vida es una lucha “contra las potestades y dominaciones de los aires”, es decir, contra los ángeles caídos, contra los demonios, que buscan llevarse como triunfo nuestras almas al infierno y el campo de batalla es nuestro corazón. Como los próceres están para ser imitados, nosotros debemos imitar al General Belgrano, pero no tenemos un bastón de mando de un ejército para ofrecerle, ni una lucha material, pero sí tenemos una lucha espiritual contra el pecado y contra los ángeles caídos y sí tenemos el bastón de mando de nuestras almas y corazones: entonces, imitando al General Belgrano, le ofrendemos a la Virgen de la Merced el bastón de mando de nuestra vida y de nuestra alma, para que Ella, la Generala celestial, nos otorgue el triunfo sobre nuestros enemigos, espirituales y corporales y que sea Ella la que, Victoriosa y radiante con su Manto celeste y blanco, plante con firmeza el Estandarte ensangrentado de la Santa Cruz de Jesús en nuestros corazones, para que sea Él, Nuestro Señor Jesucristo, quien gane para Dios y para el Reino de los cielos la batalla de nuestras almas.

jueves, 19 de septiembre de 2024

Los fines externos de la Legión de María

 


   

         Podemos decir que los fines externos son cuatro:

         1-Fin próximo: la obra actual

         2-Fin remoto: ser levadura en la sociedad

         3-Insuflar principios cristianos en la nación o patria

         4-Actuar llevando el Estandarte de María en las empresas de Dios

 

         1-Fin próximo: la obra actual

El principal objetivo de la Legión no está en el exterior, sino en obrar interiormente, dentro de sus miembros y ese obrar es la santificación, por medio de la gracia que comunican los sacramentos. Para ello el miembro debe acudir a las juntas semanales y realizar los actos de devoción y piedad establecidos. Pero por medio de las obras de apostolado, perfecciona y ejercita el espíritu apostólico, absolutamente necesario, por aquello de que “son necesarias las obras que demuestren la fe”, porque una fe sin obras, es una fe muerta.

         Por eso la Legión impone como obligación esencial un trabajo semanal activo determinado, señalado por el praesidium, que debe realizarse como acto de obediencia al mismo.

         2-Fin remoto: ser levadura en la sociedad

         Por medio de este fin, la Legión traspasa las horas semanales que invierte el legionario en su labor e irradia su fuego espiritual apostólico encendido en su hogar. Por ejemplo, esto sucede cuando en un lugar determinado -una empresa, una escuela, un supermercado, etc.-, en donde predominan la irreligión y las sectas y todo lo contrario a la Verdadera Religión, Dios coloca a un ferviente legionario, que con su labor apostólica, con su oración, su sacrificio, sus ayunos, su mortificación, su consagración a la Virgen, logra que los corazones paulatinamente se conviertan al Verdadero Dios Jesucristo. Dice San Juan Pablo II: “Los seglares están llamados a ser la sal de la tierra y la luz del mundo, están llamados a expresar el Evangelio con sus vidas y a insertar el Evangelio en la realidad del mundo, para que este se transforme por el poder redentor de Cristo”.

         3-Insuflar principios cristianos en la nación o patria

         La Legión busca primero el Reino de Dios y su justicia, es decir, los trabajos encaminados a salvar las almas y en este trabajo le vienen por añadidura bienes que no buscaba, como el factor social, es decir, implicarse en actividades sociales. Por eso la Legión es un tesoro nacional para cada país donde se halle y redunda en beneficio espiritual para todos sus ciudadanos. Dice el Manual que supongamos una sociedad en la que todos sus integrantes estuvieran imbuidos de los principios de la Legión, de sacrificio por el Bien Común, por la gloria de Dios, la salvación de las almas, en esa nación, se hallaría un bien enorme y la vida se viviría en un nivel superior, no tanto material, sino ante todo espiritual, que es mucho más importante que el espiritual. Si una nación fuera toda católica, dice el Manual, esa nación sería faro y luz del mundo para todas las otras naciones de la tierra. Eso es la Legión para la sociedad, faro y luz de Cristo para la sociedad.

         4-Actuar llevando el Estandarte de María en las empresas de Dios

         Dice el Manual que en nuestros días reinan el paganismo, la irreligión y el ateísmo y nosotros podemos agregarle el ocultismo, el satanismo, la brujería y la hechicería y toda clase de sectas malvadas, que se extienden por toda la sociedad, desde las esferas más altas del poder, hasta los sectores más bajos; desde los ancianos, hasta los niños recién nacidos, a quienes los consagran a San La Muerte.

         Comparados con esta cantidad innumerable de enemigos, la Legión aparece como muy pequeña y modesta, pero no hay que olvidar que su Celestial Capitana es la Virgen Poderosísima, a través de la cual actúa el Dios Tres veces Santo y Todopoderoso. Las metas de la Legión son llevar a la Santísima Trinidad a todo ser humano y la forma en que lo logrará es como lo decía el Santo Cura de Ars: “El mundo es de aquel que más le ame y mejor le pruebe su amor”.

         La Legión no solo debe proclamar verdades de fe, que sí debe hacerlo, sino que debe probar al mundo, con un amor heroico, que Dios ama a los hombres, sobre todo a los más pecadores, con un amor misericordioso, que ama al pecador, pero no al pecado, por eso es que la Legión debe ayudar a que es hermano se aparte de su pecado, para que reciba la Divina Misericordia. La Legión logrará este cometido, dice el Manual, amando a su Capitana, la Santísima Virgen María y alimentándose del Pan de Vida, la Sagrada Eucaristía, en donde Jesús nos comunica el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

        


martes, 27 de agosto de 2024

El Manual y el socio perfecto

 


         ¿Cómo es el “socio perfecto”, según el Manual de la Legión? En su capítulo XI, párrafo 3, dice así: “Según el criterio de la Legión, es legionario perfecto el que cumple en todo el reglamento y no precisamente aquél cuyos esfuerzos se vean coronados por algún triunfo visible o endulzados por el consuelo. Cuanto más se adhiera uno al sistema legionario, tanto se es más socio de la Legión”.

Ahora bien, recordemos que, para la Legión, “cumplir el reglamento”, implica ante todo considerar el espíritu de la ley, que en este caso es la santificación de la propia alma, la glorificación de la Trinidad y la salvación del prójimo, esto en un contexto como lo es el de la Legión, en donde no hay una estructura al estilo de las órdenes religiosas de religiosos consagrados, sino que se trata de una “organización permanente de seglares” y que como tal, “llevan una vida ordinaria -seglar” y que por lo tanto tienen margen para ocupaciones que no son estrictamente religiosas[1]. Esto es lo que deben recordar permanentemente tanto los directores espirituales de la Legión, como los presidentes de la praesidia.

Ahora bien, el Manual insiste en que, precisamente, al tratarse de una estructura seglar, los momentos en los que la Legión reúne a sus integrantes son escasos, en comparación con las órdenes religiosas, por lo que sus miembros deben tener presente más que nunca el dicho que dice “el tiempo es oro”, en el sentido de que se debe, por un lado, ser estrictamente puntuales, cuidar la asistencia a las reuniones al máximo -faltar solo por un motivo realmente grave- y aprovechar al máximo dichas reuniones.

En el punto 4 del capítulo XI, dice así el Manual: “El punto más saliente del reglamento legionario es la obligación rigurosísima que la Legión impone al socio de asistir a las juntas. Es el deber primordial, porque la junta es lo que da el ser a la Legión (si no hubiera reuniones, la Legión no tendría forma de funcionar como tal)”. Luego el Manual compara a las reuniones con el lente de una lupa con relación a los rayos del sol: “Lo que la lente es para los rayos solares, esto es la junta para los socios: los recoge, los inflama, e ilumina todo cuanto se acerque a ella”. Es como alguien que está al sol en un día frío y alguien que no lo está: el que está al sol, recibe su calor, mientras que el que no lo está, no recibe el calor del sol, solo puede imaginarlo, pero no puede aprovecharlo para sí (El Sol de nuestras almas es Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía y análogamente, sucede de forma similar: quien se acerca al Sol, a Jesús Eucaristía, recibe los rayos de su gracia santificante, recibe al Sol mismo en Persona; quien se aleja de Jesús Eucaristía, deja de recibir esos rayos del Sol divino que es Jesucristo y se queda con su alma fría y a oscuras). Esto, porque en las reuniones se derraman las gracias más que suficientes, que son las que el Legionario necesita para cumplir su misión como miembro de la Legión. La organización es tanto más fuerte, dice el Manual, en la medida en que se respeten las reuniones.

Luego el Manual cita aquello que la Legión considera con relación a las reuniones: “En la organización, los individuos se asocian a los demás, así como los engranajes en una máquina, sacrificando parte de su independencia por el bien del conjunto (…) Obrando en conjunto, el accionar es mucho más eficaz, así como es mucho más eficaz un carbón cuando se arroja al fogón ardiente, que un carbón que arde por sí solo”. Otro elemento a tener en cuenta con respecto a la importancia de la reunión es que, al obrar en forma conjunta, el grupo tiene “vida propia y distinta a la de los individuos que lo componen”. Obrar en conjunto, dice el Manual, permite que los legionarios no se desanimen en las pruebas y que no se enaltezcan vanamente en los logros, porque todo se hace de forma conjunta y no individual.

Ahora bien, el Praesidium no es una reunión para elaborar proyectos humanos, en donde es la razón humana la que dicta lo que se debe hacer: el Manual dice que la reunión semanal tiene que tener un elevado espíritu sobrenatural -oración, prácticas piadosas y caridad fraterna entre sus miembros, quienes por el bautismo son todos hermanos en Cristo-; es en este ámbito en donde se le asignan a los legionarios un trabajo concreto y al mismo tiempo se reciben informes sobre lo que ha realizado cada uno.

La reunión semanal es el corazón de la Legión, dice el Manual, desde donde fluye su sangre que circula por venas y arterias, es decir, es donde la Virgen derrama las gracias que nos dona el Espíritu Santo -recordemos que cualquier gracia, por pequeña o grande que sea, pasa, ineludiblemente, a través del Inmaculado Corazón de María, porque Ella es la “Medianera de todas las gracias”, por eso es inimaginable que alguien obtenga ninguna gracia de ningún tipo, sino es a través de la Virgen Santísima- y estas se comunican a sus miembros. Si un miembro falta por pereza, esas gracias no las recibe y es muy importante, porque se trata de las gracias necesarias para la realización del trabajo personal que se le ha encomendado a cada legionario. Es por esto que el Legionario debe considerar a la reunión semanal de su praesidium como el primero y el más sagrado deber para con la Legión; sin la reunión, el trabajo es como un cuerpo sin alma. Finaliza el Manual citando a San Agustín, para advertirnos acerca de la enorme importancia de la reunión semanal: “A los que no militan bajo el estandarte de María se les pueden aplicar las palabras de San Agustín: “Corréis mucho, pero descaminados”. ¿Adónde iréis a parar?”. En otras palabras, se trata de lo siguiente: si la Virgen reúne a sus hijos pequeños de la Legión, en la reunión semanal, para instruir a sus hijos con la Divina Sabiduría y para darles las gracias que el Santo Espíritu de Dios tiene para darles, para que realicen sus obras de misericordia glorificando a la Santísima Trinidad; si alguno de sus hijos no se encuentra, por libre decisión, fuera de la reunión con la Virgen, entonces, ¿qué puede hacer ese legionario, por sí mismo, sin las gracias que vienen a través de la Virgen? La respuesta la tiene Nuestro Señor Jesucristo: “Nada”, “Sin Mí, NADA podéis hacer” (Jn 15, 5).



[1] Cfr. Manual del Legionario, XI, 2.


jueves, 22 de agosto de 2024

Solemnidad de María Reina

 



         Al ser Asunta a los cielos en cuerpo y alma glorificados, la Santísima Virgen, luego de ser recibida por su Hijo Jesús, es coronada como Reina de cielos y tierra, con una corona más preciosa que el oro, la plata, los diamantes y los rubíes, porque recibe de la Santísima Trinidad una corona de gloria y de luz divina. La Virgen es Reina porque su Hijo es “Rey de reye y Señor de señores”, y en realidad este título de Reina, si bien recibe la corona luego de su gloriosa Asunción a los cielos, lo poseía ya desde su Inmaculada Concepción, pues Aquella que no conoció la mancha del pecado original y fue concebida en gracia, estaba destinada a ser la Madre del Rey de los hombres y de los ángeles, el Hombre-Dios Jesucristo.

         Así, al ser coronada con la corona de luz y gloria, la Virgen se convierte en la Mujer descripta por el Apocalipsis, Aquella que “aparece en el cielo vestida de sol, con la luna a los pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza” (cfr. Ap 12, 1). La Virgen es coronada en el cielo como Reina de cielos y tierra, como Reina de ángeles y hombres, como Reina del universo visible y del invisible, y esto porque su Hijo es también Rey de todo lo creado, por lo que la Virgen participa de la realeza divina de su Hijo, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Así como su Hijo, al Ascender a los cielos, recibió del Padre Eterno y del Santo Espíritu de Dios, la corona de luz y gloria que por derecho y por conquista le pertenecía, así también la Virgen, luego de su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos, recibe también una corona incorruptible, más preciosa que el oro y la plata, la corona de luz y gloria de su Hijo Jesús.

         Ahora bien, esta corona de luz y de gloria la recibe la Virgen por derecho, por ser Ella la Inmaculada Concepción, la Inhabitada por el Espíritu Santo, la Llena de gracia, la Madre de Dios; pero la recibe también por conquista, porque participó en la tierra de la dolorosa Pasión de su Hijo, y si bien Ella no recibió corporalmente los castigos de Jesús, participó de ellos moral y espiritualmente, sufriendo un dolor en un todo similar al de su Hijo Jesús. Y así como Jesús fue coronado de espinas, y por eso luego mereció la corona de luz y de gloria en los cielos, así también la Virgen, si bien no fue coronada físicamente con una corona de espinas, sufrió en su Inmaculado Corazón y en su Alma Purísima los dolores de la corona de espinas de su Hijo, haciéndose así merecedora de la corona de luz y de gloria en el cielo. Tanto Jesús como la Virgen, para poder ser coronados de luz y de gloria en el cielo, tuvieron que atravesar en la tierra por las dolorosas y humillantes horas de la Pasión, incluida la coronación de espinas, Jesús de modo físico, y la Virgen, participando moral y espiritualmente de su Pasión y coronación de espinas.

Como dijimos, la Virgen no sufrió físicamente la Pasión y la coronación de espinas, pero sí participó moral y espiritualmente, convirtiéndose así en Corredentora, al unir sus dolores morales y espirituales a los dolores redentores y salvíficos de Jesús. De un modo particular, por medio de la coronación de espinas, Jesús y María expiaron por los pensamientos impuros y por los pensamientos malos de toda clase, que los hombres continuamente elaboran en sus mentes. Es por eso que, al contemplar a la Virgen como Reina y coronada de luz y gloria, meditemos en cómo fue que la Virgen se ganó esa corona, participando de los dolores de su Hijo Jesús, para que así evitemos todo pensamiento malo, de cualquier orden, y le pidamos a la Virgen que nos alcance los pensamientos santos y puros que tenía Jesús coronado de espinas. Sólo así, evitando los malos pensamientos y pidiendo la gracia de poseer los pensamientos santos y puros de Jesús y María, y pidiendo la gracia de llevar la corona de espinas en esta vida, podremos ser coronados, como Nuestra Madre y como Jesús, de luz y de gloria en el cielo.


jueves, 15 de agosto de 2024

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María

 



         

En la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, la Santa Iglesia Católica celebra el fin de la vida mortal de la Madre de Dios y el inicio de su vida gloriosa en el Reino de los cielos, hecho que se conoce como “Asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos”, siendo definido como dogma por el Papa Pío X .
Lo que sucedió en la Asunción de María Santísima fue que, en el momento en que la Madre de Dios debía partir de este mundo al otro, en vez de morir, la Virgen se durmió -por esta razón, en las iglesias católicas de rito oriental a esta fiesta se la denomina como la “Dormición”, porque se “durmió”- y su alma santísima, que estaba colmada de gracia por un doble motivo, por ser Ella la Llena de gracia al estar inhabitada por el Espíritu Santo y también por haber sido concebida sin la mancha del pecado original, derramó sobre su cuerpo toda esa plenitud de gracia, la cual se convirtió, en el momento de pasar de este mundo a la vida eterna, en luz de gloria eterna, glorificando así su cuerpo junto con su alma. Fue esto entonces lo que sucedió en la Asunción de María Santísima: toda la plenitud de gracia, de la que estaba colmada el alma de María Santísima, se derramó sobre su cuerpo purísimo mientras la Virgen dormía, en el último instante de su vida terrena y esta gracia divina, convertida en gloria divina, glorificó su cuerpo purísimo, al igual que había hecho con su alma, colmando a su alma y a su cuerpo con la luz de la gloria divina, siendo así glorificada la Virgen con la misma gloria con la cual había sido glorificado su Hijo el Domingo de Resurrección. La Virgen, el día de la Asunción, se durmió plácidamente, rodeada por los discípulos en la tierra, con su cuerpo mortal y se despertó en los cielos, rodeada por los ángeles, que habían bajado de los cielos para llevarla a los cielos, con su cuerpo y alma glorificados, y al despertarse se encontró con su Hijo Jesús, a quien adoró y abrazó con amor maternal, tal como lo había hecho en la tierra, pero ahora la Madre y el Hijo, ambos glorificados, no se habrían de separar nunca más.
Ahora bien, la Asunción de María Santísima no es un hecho aislado de la vida de la Iglesia en general, ni de sus miembros en particular, desde el momento en que la Virgen es Madre de la Iglesia y Madre de los hijos de Dios. Por eso mismo, la vida de la Virgen, relatada en la Sagrada Escritura, desde el inicio hasta el fin, debe ser meditada por sus hijos, es decir, por cada uno de nosotros, porque el destino de la Virgen es nuestro destino, o al menos debe serlo y por eso debemos conocerlo o reflexionar al menos brevemente en los misterios sobrenaturales de la Virgen. Así, la Virgen es la Mujer que en el Génesis aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua, el Demonio, Lucifer o Satanás; es la Mujer que intercede ante la Santísima Trinidad para que la Santísima Trinidad modifique sus planes y así Dios Hijo, por orden de Dios Padre y movido por el Amor de Dios Espíritu Santo, obre el primer milagro público en Caná, demostrando así la Virgen su advocación de “Omnipotencia Suplicante”; la Virgen es la Mujer que, en el Calvario, acompaña a Dios Hijo encarnado en su agonía en el sacrificio de la cruz y se convierte, por pedido de Dios Hijo, en Madre adoptiva de los hijos de Dios; la Virgen es la Mujer del Apocalipsis, la Mujer revestida de sol -revestida de gracia, la Mujer Asunta en cuerpo y alma a los cielos, la Virgen de la Asunción, con la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza, indicando que es Reina del universo, porque su Hijo es Rey del universo; es la Mujer a la cual se le es dada dos alas de águila para huir al desierto y poner así a salvo a su Hijo, el Niño Dios, es la Virgen que protege a la Iglesia en la historia, en tiempos de persecución y tribulación. Es necesario conocer, aunque sea brevemente, la historia de la Virgen Asunta a los cielos, porque sus hijos están predestinados a seguir sus pasos, lo cual quiere decir que, si la Madre está en el cielo, allí también deben estar sus hijos, pero a diferencia de la Madre, que nació sin pecado original y por eso fue Asunta en cuerpo y alma a los cielos, nosotros, sus hijos, sí hemos nacido con el pecado original y por eso, si queremos ir al cielo, debemos hacer el propósito de confesarnos pecadores, de confesar los pecados, de vivir en gracia, de conservar la gracia y de acrecentarla, para lo cual debemos frecuentar los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía; debemos obrar la misericordia, que abre las puertas del Reino de Dios; debemos cargar la cruz de cada día en pos de Jesús, camino del Calvario, negándonos a nosotros mismos y así para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, al hombre regenerado por la gracia santificante. Solo así podremos ser, algún día, glorificados en cuerpo y alma y solo así podremos, luego de superar el juicio particular, comenzar a vivir, en el Reino de Dios, junto a nuestra Madre celestial, la Virgen Asunta al cielo, la eterna alegría de contemplar y adorar a la Santísima Trinidad y al Cordero de Dios, Nuestro Señor Jesucristo.

martes, 30 de julio de 2024

Estructura de la Legión, un sistema ordenado a la santificación personal

 



El fin y el medio de la Legión es la santificación de sus miembros, santificación otorgada por la gracia del Espíritu Santo, por la cual la Legión glorifica a Dios y contribuye a la salvación de los hombres[1].

         Ahora bien, para lograr este fin de la santificación de sus miembros, la Legión “ofrece a sus miembros -según lo especifica el Manual- no tanto un programa de actividades, sino una norma de vida”. Es decir, la Legión ofrece, para la santificación de sus integrantes, para que sus integrantes alcancen el fin de sus vidas en la tierra, que es conseguir la feliz bienaventuranza en el Reino de los cielos, algo mucho más profundo y substancial que simplemente una planilla con un cronograma de actividades y es un plan de vida, con el agregado de que se trata de obras que se realizan en la vida terrena, pero que si se realizan con el espíritu del Sermón de la Montaña de Nuestro Señor Jesucristo, tienen valor de Vida Eterna, es decir, valen para el Reino de los cielos; se realizan en el tiempo y en la vida de la tierra, pero su valor se acumula en el cielo, se contabiliza en el cielo, para el Día del Juicio Final.

         Dice así el Manual del Legionario, en relación a esta “norma de vida”: “(La norma de vida) les provee de un reglamento exigente (…) exige puntual observancia de todos los detalles (…) pero en cambio promete acrecentamiento de las virtudes (sobrenaturales): fe, amor a María, abnegación, espíritu de oración, fraternidad, prudencia, obediencia, humildad, alegría, espíritu apostólico; es decir, todas virtudes que hacen a la perfección cristiana”[2].

         Luego el Manual cita al Padre Miguel Creedon, el Primer Director Espiritual del Concilium Legionis Mariae, en el que el Padre hace una comparación entre las órdenes religiosas tradicionales y las organizaciones permanentes de seglares o laicos, como la Legión de María, las cuales no son ni nunca serán organizaciones religiosas y por lo tanto, tienen una disciplina y un modo de actuar muy diferente a aquellas y por este motivo es que necesitan una organización eficaz y un espíritu apostólico y de obediencia y de oración por parte de los integrantes de la Legión, desde el momento en que, por ejemplo, las reuniones, dice el Padre Miguel Creedon, son una vez a la semana, entonces se debe aprovechar bien el tiempo y no perderlo en desorganizaciones, desobediencias, falta de espíritu apostólico, etc.

         Entonces, dice el Manual, el “Legionario perfecto”, no es aquel que ve que sus esfuerzos tienen muchos frutos visibles, sino que el Legionario perfecto  es el que cumple fielmente con el reglamento; es el que se adhiere de todo corazón al espíritu del reglamento, que es la santificación personal, la glorificación de Dios y la salvación de los hombres y es esto lo que deben observar tanto los directores espirituales como los presidentes de los praesidia en ellos mismos y en los legionarios, para considerar si se cumplen los requisitos del verdadero legionario, porque ese es el concepto y el ideal del verdadero legionario. En el obrar diario del legionario se presentan muchas dificultades: monotonía, tarea ingrata, ausencia aparente de frutos espirituales, fracaso real o imaginario y muchos otros obstáculos y si no se tienen presentes los verdaderos ideales del verdadero legionario -santificación personal, glorificación de la Trinidad y salvación de los hombres-, entonces no se podrán sobrellevar estas dificultades.

         Por último, el Tratado de Mariología dice: “El valor de nuestros servicios hacia la Compañía de María no ha de medirse según la prominencia del puesto que ocupemos, sino por el grado de espíritu sobrenatural y celo mariano con que nos demos a la labor que la obediencia nos haya señalado, por más humilde y escondida que sea”.



[1] Cfr. Manual del Legionario, XI, 1.

[2] Cfr. Manual del Legionario, XI, 2.


martes, 16 de julio de 2024

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario que libra del fuego del Infierno eterno

 




          La historia del Escapulario de la Virgen del Carmen comienza el día 16 de julio del año 1251, en el que la Madre de Dios se le apareció a quien en ese momento fuera superior de la Orden de los carmelitas, San Simón Stock. La Santísima Virgen, quien llevaba en una mano al Niño Dios, de corta edad y en la otra el Santo Escapulario, enseñándole éste último, le dijo estas palabras: “El que muera con el escapulario puesto, no padecerá el fuego eterno”, entendiendo, obviamente, por “fuego eterno”, el fuego del infierno. En otras palabras, la Virgen promete que, todo aquel que, llevado por la fe en sus palabras, por el amor a su Hijo Jesucristo, por el amor a su Inmaculado Corazón y por la devoción al Santo Escapulario del Carmen, no se condenará en el fuego del Infierno. Es decir, no promete, a quien use el Escapulario, directamente el Cielo, pero al menos, cierra, con el poder de la Sangre de Cristo y con la fuerza del amor maternal de la Virgen, las tenebrosas Puertas del Infierno, para el que sea devoto del Santo Escapulario y, por amor a la Virgen, lo lleve puesto hasta el último suspiro en esta vida terrena. La Virgen prometió además que Ella acudiría al próximo sábado después de la muerte de quien usara el Santo Escapulario, de modo que si alguien va al Purgatorio, pasará como máximo seis días en él, aunque hay que tener en cuenta que en el Purgatorio un minuto equivalen como a cien años terrestres o más.

         Ahora bien, para valorar más este preciosísimo regalo del cielo que es el Escapulario del Carmen -porque no es un invento de los sacerdotes para que haya más devoción, sino un verdadero regalo de la Virgen y de su Hijo Jesús-, es necesario considerar de qué es aquello de lo que nos salva el Escapulario, y es principalmente, del fuego del Infierno. Por este motivo es necesario considerar, al menos brevemente, en esta espantosa realidad, que es eterna, que dura para siempre y que lamentablemente, como dicen los santos, cuando los predicadores hablan de él, es igual a nada, porque el hablar del Infierno no se compara en nada en cuanto a su realidad. Sin embargo, por poco que sea, debemos hablar del Infierno, cuyas Puertas son cerradas por el Santo Escapulario del Carmen y al pensar en el Infierno, cuando pensamos en su terrible y pavorosa realidad, cuando pensamos aunque sea por un instante en los horrores inimaginables de los abismos insondables de ese lago de fuego interminable que es el Infierno, en las torturas atroces que sufren los condenados por parte de los Demonios, en los dolores insoportables producidos por el fuego que nunca jamás se habrá de apagar y que provoca ardor inaguantable tanto en el alma como en el cuerpo; cuando pensamos que además del dolor insoportable, invade a los condenados el espanto, el terror, el horror, que es imposible de describir, porque la vista de los demonios y del mismo Lucifer es tan espantosa y horrorosa que hace que el alma estalle en alaridos no solo de dolor, sino de espanto y de terror, tratando de escapar de su horrorosa visión pero en vano, sin poder escapar nunca jamás de la presencia de los ángeles del Infierno sufriendo para siempre tanto el dolor como el horror; cuando pensamos en el terror espantoso que los condenados sufren al ver cara a cara no solo a los demonios y a los otros condenados sino al mismo Satanás, la Serpiente Antigua, que provoca un espanto de muerte con solo intuir su presencia y que en el Infierno no se puede escapar de él para siempre; cuando nos damos cuenta que todos estos horrores espantosos no son solo sino el comienzo del comienzo y que nunca jamás tendrán fin, y que solo por llevar el Santo Escapulario de la Santísima Virgen del Carmen y por la infinita Misericordia Divina de su Divino Hijo Jesús habremos de salvarnos, no podemos sino postrarnos de rodillas y con la frente en el suelo dar gracias por su infinita misericordia por su infinito amor, porque quien desea llevar el Santo Escapulario, es porque ha sido elegido por la Virgen para que lo lleve; quien desea llevar el Santo Escapulario del Carmen, es un hijo que ha respondido al llamado amoroso de la Madre de Dios que ha elegido a su hijo para vestirlo con su hábito carmelita, como un signo de predestinación eterna, como un signo de salvación eterna, como un signo de que Ella lo ha elegido para ser salvado, ya desde aquí en la tierra, para no ser condenado en lago del fuego, sino para gozar sin fin en las mansiones eternas de Dios en el Reino de los cielos.

Por último, el uso del Escapulario implica llevar una vida cristiana, lo cual quiere decir hacer el propósito de luchar por una verdadera conversión del corazón a Jesucristo, de frecuentar los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, de observar los Diez Mandamientos, de observar los Mandamientos de Jesús en el Evangelio, los Preceptos de la Iglesia, las Obras de caridad. Solo así, al fin de nuestras vidas, y con el Santo Escapulario y por la infinita Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, salvaremos nuestras almas y las de nuestros seres queridos.