martes, 24 de mayo de 2016

María, Auxiliadora de los cristianos


         Desde las Bodas de Caná, en donde la Madre de Dios intervino intercediendo ante la Santísima Trinidad en favor de los esposos, para que Dios Hijo fuera autorizado por Dios Padre para realizar su primer milagro público, para manifestar el Amor de Dios Espíritu Santo para con los hombres, la Virgen se ha constituido en “Auxiliadora de los cristianos”.
         De entre todas las numerosísimas ocasiones en las que María Santísima ha acudido en auxilio de los cristianos con su ayuda maternal y sobrenatural, se destacan dos intervenciones suyas en las que toda la cristiandad es la que se pone a salvo gracias a su intervención; aunque hay una tercera que, podemos decir así, se encuentra en curso, debido a que se refiere al fin de los tiempos. Es decir, la particularidad es que dos de ellas ya sucedieron en el tiempo, mientras que la otra está en curso. La primera, la que ya se dio en la historia, es la derrota, por su intercesión, de las tropas turcas musulmanas que, en número muy superior, estaban a punto de invadir Europa, para imponer por la violencia el Islam y la ley de la sharia, destruyendo todo vestigio de catolicismo. Se trata de la famosa Batalla de Lepanto, en la que la cristiandad venció gracias a la intervención de la Madre de Dios, luego de enfrentar a los turcos musulmanes por las armas, pero sobre todo, haciendo frente con un arma infinitamente más poderosa que las armas materiales, y es el arma espiritual del Santo Rosario. En efecto, en esa oportunidad, el Santo Padre Pío V, ante la inminencia del ataque musulmán a la Europa católica, ordenó que, además de hacer frente a la invasión con la flota de las naciones católicas europeas, toda la cristiandad rezara el Rosario pidiendo el triunfo de las armas cristianas, lo cual finalmente sucedió el 7 de Octubre de 1571. A partir de entonces, el Santo Padre decretó que ese día como la fiesta del Santo Rosario, en recuerdo del auxilio celestial concedido por María Santísima, a quien el Papa y la Iglesia toda le atribuyó tan magnífica victoria. En 1573 el Papa Pío V estableció que se instituyera la fiesta de acción de gracias por la grandiosa victoria del cristianismo sobre el islamismo, decisiva para frenar las intenciones expansivas de este último, victoria que, como dijimos, desde un primer momento fue atribuida a la Virgen, sin cuyo auxilio el triunfo de las armas cristianas hubiera sido imposible. Además, el Papa San Pío V decide incluir el título de Auxiliadora a las Letanías de Loreto en 1571, por el mismo motivo, esto es, en agradecimiento a la Virgen por la victoria de la flota cristiana, que era muy inferior en número a los turcos musulmanes durante la batalla de Lepanto.
La segunda intervención, similar a la de la Batalla de Lepanto, sucedió a fines del siglo XVII: el emperador Leopoldo I de Austria, asediada la capital Viena por un inmenso ejército de 200.000 turcos otomanos, se refugió en el Santuario de María Auxiliadora en Pasau, y luego de planificar la batalla el 8 de septiembre, natalicio de la Virgen, y encomendándose a María Auxiliadora, los cristianos se lanzaron a la batalla, obteniendo una completa victoria y la liberación de Viena el 12 de septiembre, fiesta del Santo Nombre de María, Viena fue finalmente liberada. Toda Europa se había unido con el emperador gritando “¡María, Auxilio!” y rezando el Santo Rosario, por lo que esta gran victoria también se atribuyó a María Santísima.
         La intervención de la Virgen como “Auxiliadora de los cristianos” –y que decimos que todavía está en curso- inicia en el año 1860, año en el que Nuestra Señora se le aparece a San Juan Bosco, pidiéndole que precisamente se la honre con este título: “María, Auxiliadora de los cristianos”. El 14 de mayo de 1862, Don Bosco soñó acerca de las batallas de la Iglesia tendría que enfrentar en los últimos días. En su sueño, el Papa de esos tiempos anclaba el “buque” (que era la Iglesia) entre dos pilares. Uno de los pilares tendría en su parte superior una estatua de María Auxilio de los cristianos y el otro pilar tenía una gran Hostia eucarística. Según sus propios relatos, Don Bosco vio que una gran barca (la Iglesia) navegaba en un mar tempestuoso piloteada por el Romano Pontífice, y a su alrededor muchísimas navecillas pequeñas (los cristianos). De pronto aparecieron un sinnúmero de naves enemigas armadas de cañones (el ateísmo, la corrupción, la incredulidad, el secularismo, el gnosticismo de la Nueva Era, las sectas, el ocultismo, etc., etc.) y empezó una tremenda batalla. A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso. Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la Nave Grande de la Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del mar dos inmensas y poderosas columnas (o pilares). Sobre la primera columna está la Sagrada Eucaristía, y sobre la otra la imagen de la Virgen Santísima. La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a los dos pilares y asegurándose de ellos ya no tienen peligro de hundirse. Luego, desde las dos columnas sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las naves enemigas, y en cambio a las naves amigas les arregla todos sus daños. Todo el ejército enemigo se retira derrotado, y los cristianos con el Santo Padre a la cabeza entonan un Himno de Acción de Gracias a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora. El sueño es detallado e incluye a varios papas. Con respecto a este sueño, decía así Don Bosco: “La Iglesia deberá pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, pero al fin el Cielo mismo intervendrá para salvarla. Después vendrá la paz y habrá en la Iglesia un nuevo y vigoroso florecimiento”[1].
         ¿Corresponde esta visión a nuestros días? Pensamos que sí. Hoy, en nuestros días, podemos decir que la cristiandad está en gravísimos peligros, no solo similares a los de las invasiones musulmanas de las Batallas de Lepanto y Viena, puesto que los yihadistas –la facción beligerante del Islam- no solo atacan[2] y amenazan continuamente a Europa[3] y al Vaticano –la secta ISIS amenazó con llevar a cabo ejecuciones masivas en la Plaza San Pedro[4], además de amenazar directamente al Santo Padre[5], quien a su vez denunció que estamos viviendo “una Tercera Guerra Mundial por partes”[6]- sino que además se suma -además de estos ataques materiales-, una poderosa embestida en el plano espiritual a cargo de la secta luciferina llamada “Nueva Era”, “New Age”, o “Conspiración de Acuario”, que por medio del antiguo error gnóstico ha conseguido con gran éxito implantar la idea, incluso entre los cristianos, de que no son necesarios ni la Iglesia, ni tampoco los Sacramentos y mucho menos un Salvador. A esto se suman las recientes afirmaciones del Papa Benedicto XVI acerca de que “en la Iglesia se atraviesa una profunda crisis, como consecuencia de haber perdido la fe en la eterna condenación en el infierno”[7]. Sumado a esto, y en una situación jamás vista en dos mil años de vida de la Iglesia, asistimos azorados al espectáculo de contemplar cómo, desde su mismo seno, se intentan cambiar la fe, los dogmas y los sacramentos –como el del matrimonio y la confesión sacramental-, haciendo así realidad las palabras proféticas del Papa Pablo VI: “El humo de Satanás ha entrado en la Iglesia”[8].
         Hoy, más que nunca, numerosos peligros acechan a la Iglesia y a la cristiandad toda, por lo que hoy, más que nunca, elevamos nuestras súplicas a María Santísima y le decimos: “¡María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!”.



[1] http://www.corazones.org/santos/juan_bosco_historias.htm
[2] Cfr. http://www.infobae.com/2015/11/14/1769719-por-que-el-estado-islamico-eligio-paris-un-atentado-terrorista
[3] Cfr. http://www.clarin.com/mundo/Europa-yihadismo-explosivos-ataques-masivos_0_1582641765.html
[4] “Llegaremos a Roma y haremos ejecuciones masivas”, dice miembro de ISIS en entrevista; cfr. https://www.aciprensa.com/noticias/llegaremos-a-roma-y-haremos-ejecuciones-masivas-dice-miembro-de-isis-en-entrevista-61510/
[5] ISIS amenaza de muerte al Papa: “Conquistaremos Roma”; cfr. https://noticias.terra.com.ar/mundo/isis-amenaza-de-muerte-al-papa-conquistaremos-roma,a89e8c443edf5239c6479ed61d6a2fb565jbtu5z.html
[6] Cfr. Papa Francisco; http://es.catholic.net/op/articulos/54201/cat/763/el-papa-francisco-denuncia-que-estamos-viviendo-una-tercera-guerra-mundial.html
[7] Cfr. http://catholicvs.blogspot.com.ar/2016/03/el-papa-emerito-benedicto-xvi-rompe-su.html
[8] Cfr. http://forosdelavirgen.org/71312/como-podemos-interpretar-lo-de-pablo-vi-que-el-humo-de-satanas-se-infiltro-en-la-iglesia-2013-10-26/

viernes, 13 de mayo de 2016

Los pedidos y advertencias del cielo en las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima


Las apariciones de la Virgen en Fátima, Portugal, constituyen una de las más grandiosas manifestaciones marianas de todos los tiempos y esto debido al contenido de su mensaje, que atañe tanto a la salvación personal, como a la del mundo entero. En estas apariciones, el cielo, a través de la Madre de Dios, nos recuerda qué es lo que debemos hacer, tanto para salvar el alma propia, como la de los pecadores: adoración y comunión eucarística, penitencia y sacrificios por los pecadores, rezo del Santo Rosario, reparación por los ultrajes que continuamente reciben los Sagrados Corazones de Jesús y María. Pero en estas apariciones el cielo nos advierte además acerca de los dos únicos destinos posibles en el más allá: o cielo, o infierno (el Purgatorio es la antesala del Cielo), por medio de las experiencias místicas los Pastorcitos, quienes experimentan dos clases distintas de fuegos: el fuego del Amor de Dios, que no arde y produce gozo y alegría celestial, y el fuego del Infierno, que sí produce dolor. Puesto que nadie va de modo “automático” ni al infierno ni al cielo, sino que esos destinos los merecemos de acuerdo a nuestras obras libremente realizadas, las apariciones de Fátima nos hacen reflexionar también acerca de si nuestra fe está viva, lo cual se demuestra con obras, o si por el contrario está muerta –lo cual se demuestra con ausencia de obras-.
Antes de las apariciones propiamente de la Virgen y como preparación para estas, se les apareció a los Pastorcitos un ángel, quien luego se identificó como el “Ángel de Portugal”[1]. En su primera aparición, el ángel les enseñó una oración de reparación a la Trinidad, relatada de este modo por Sor Lucía: “Pasaron tan solo unos segundos cuando un fuerte viento comenzó a mover los árboles y miramos hacia arriba para ver lo que estaba pasando, ya que era un día tan calmado. Luego comenzamos a ver, a distancia, sobre los árboles que se extendían hacia el este, una luz más blanca que la nieve con la forma de un joven, algo transparente, tan brillante como un cristal en los rayos del sol. Al acercarse pudimos ver sus rasgos. Nos quedamos asombrados y absortos y no nos dijimos nada el uno al otro. Luego él dijo: “No tengáis miedo. Soy el Ángel de la paz. Orad conmigo. Él se arrodilló, doblando su rostro hasta el suelo. Con un impulso sobrenatural hicimos lo mismo, repitiendo las palabras que le oímos decir: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no te adoran, no te esperan y no te aman”. Después de repetir esta oración tres veces el ángel se incorporó y nos dijo: “Orad de esta forma. Los corazones de Jesús y María están listos para escucharos”.
En su Tercera Aparición, el Ángel de Portugal les enseña a adorar la Eucaristía, además de enseñarles las oraciones de amor y reparación a la Trinidad; finalmente, les da la Comunión bajo las dos especies: “Vimos a una luz extraña brillar sobre nosotros. Levantamos nuestras cabezas para ver qué pasaba. El ángel tenía en su mano izquierda un cáliz y sobre él, en el aire, estaba una hostia de donde caían gotas de sangre en el cáliz. El ángel dejó el cáliz en el aire, se arrodilló cerca de nosotros y nos pidió que repitiésemos tres veces: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente, y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Después se levantó, tomó en sus manos el cáliz y la hostia. La hostia me la dio a mí y el contenido del cáliz se lo dio a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo: “Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo terriblemente agraviado por la ingratitud de los hombres. Ofreced reparación por ellos y consolad a Dios. Una vez más él se inclinó al suelo repitiendo con nosotros la misma oración tres veces: “Santísima Trinidad…” etc. y desapareció. Abrumados por la atmósfera sobrenatural que nos envolvía, imitamos al ángel en todo, arrodillándonos postrándonos como él lo hizo y repitiendo las oraciones como él las decía”.
El pedido de penitencia y sacrificios por la conversión de los pecadores es un pedido personal de la Virgen. En su Primera Aparición les dice a los Pastorcitos[2]: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?” -Si queremos. –“Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá”[3]. En la Tercera Aparición, vuelve a pedir que ofrezcamos sacrificios por la conversión de los pecadores y en reparación por los ultrajes contra su Inmaculado Corazón: “¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: OH, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. En la Cuarta Aparición: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas”. En la Sexta Aparición: “Soy la Señora del Rosario (…) continúen rezando el Rosario todos los días”.
También el Ángel de Portugal les pide oración y sacrificios por los pecadores, en su segunda aparición: “¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. ¡Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!”.
La Virgen les hace tener una experiencia mística del Amor de Dios y de su Presencia en la Eucaristía, enseñándoles una oración a Jesús Eucaristía: “Diciendo esto la Virgen abrió sus manos por primera vez, comunicándonos una luz muy intensa que parecía fluir de sus manos y penetraba en lo más íntimo de nuestro pecho y de nuestros corazones, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios, más claramente de lo que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior que nos fue comunicado también, caímos de rodillas, repitiendo humildemente: “Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento””.
También el pedido de rezar el Rosario. En la misma aparición, les dice: “Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”. En la Tercera Aparición les dice: “Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario con el fin de obtener la paz del mundo y el final de la guerra”.
La reparación también es pedida por la Virgen, con la devoción de los Cinco Primeros Sábados de mes, aunque esta devoción la especificará años más tarde, en otras apariciones, las de Pontevedra, España. En Fátima anunció el origen de la devoción: “(Jesús) quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. A aquellos que abracen esta devoción les prometo la salvación y serán predilectas de Dios estas almas, como flores puestas por Mi para adornar su trono”, y en Pontevedra especificó cómo debía ser[4]: “Ese día estando en mi habitación en Pontevedra, España, se me apareció la Santísima Virgen y, al lado, como suspendido en una nube luminosa, el Niño. La Santísima Virgen me ponía la mano sobre mi hombro derecho y, al mismo tiempo, me mostraba un corazón cercado de espinas que tenía en la mano”. Entonces dijo el Niño: “Ten compasión del corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos le clavan continuamente sin que haya nadie que haga un acto de reparación para arrancárselas”. Y en seguida dijo la Santísima Virgen: “Mira, hija mía, mi corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes, tú, al menos, procura consolarme y di que: Todos aquellos que durante cinco meses seguidos, en el primer sábado, se confiesen y reciban la Santa Comunión, recen el Santo Rosario y me hagan 15 minutos de compañía meditando en los misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación”. “Ese día estando en mi habitación en Pontevedra, España, se me apareció la Santísima Virgen y, al lado, como suspendido en una nube luminosa, el Niño. La Santísima Virgen me ponía la mano sobre mi hombro derecho y, al mismo tiempo, me mostraba un corazón cercado de espinas que tenía en la mano”[5].
Dentro de todas las experiencias místicas que experimentan los Pastorcitos, hay dos que se destacan, además de la experiencia de recibir la Comunión Eucarística de manos del Ángel de Portugal: la experiencia del Amor de Dios, descripto como “fuego que no arde”, y la experiencia del Infierno. Con relación a la experiencia de Dios, decía así Francisco: “Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? Esto no lo podemos decir. Pero qué pena que Él está tan triste; ¡si yo pudiera consolarle!”. Muy distinta es la experiencia con el otro fuego, el del Infierno, que sí arde y duele, según el relato de Sor Lucía: “Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos. El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas trasparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevada por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: “Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzara otra peor”.
Con respecto a esta última, podemos hacer la siguiente observación: en nuestros días, se oculta la realidad del Infierno y sobre todo a los niños, pero en Fátima, la Virgen no solo no oculta la realidad del Infierno a los niños, sino que, en cierta medida, los transporta allí, pues los niños tienen una experiencia real y directa del Infierno, tan real, que Lucía exclama asustada. Si la Virgen misma, en persona, les hace tener esta experiencia mística del Infierno, para advertirnos acerca de las consecuencias del desamor, la indiferencia y la rebelión contra Dios, ¿acaso cabe acusar a la Virgen por revelar estas cosas a los niños? Por supuesto que no; la conclusión, entonces, es que no se debe ocultar esta realidad de la eterna condenación, como tampoco los medios que el cielo nos da para ganar el cielo: rezo del Rosario, penitencia, sacrificios, adoración eucarística. En favor de esto, podemos recordar que Jacinta, lejos de quedar “traumatizada” o “perturbada” por la experiencia del Infierno, se preguntaba aún “porqué la Virgen no mostraba el Infierno a los pecadores” -e incluso ella misma deseaba hacerlo-, porque sostenía que si la Virgen lo hacía, los pecadores se convertirían y no se condenarían. Estas son sus palabras: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”. Jacinta también revela la causa principal de la condenación de muchas almas en nuestros días, los pecados de la carne: “Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne”.
Rezo del Santo Rosario, oración, penitencia, sacrificios, reparación, adoración a la Trinidad y a Dios Presente en la Eucaristía, recuerdo del cielo y del infierno: estos son algunos de los mensajes que la Madre de Dios nos transmite en las apariciones de Fátima, una de las más grandiosas apariciones marianas de todos los tiempos.





[1] http://webcatolicodejavier.org/VFapariciones.html
[2] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html
[3] Cfr. ibidem.
[4] Mensaje del 10 de diciembre de 1925, Pontevedra, España.
[5] http://forosdelavirgen.org/3225/devocion-de-los-cinco-primeros-sabados/

sábado, 7 de mayo de 2016

La imitación de la humildad de María, raíz del apostolado de la Legión


         La humildad es una de las principales virtudes del cristiano y, por lo tanto, del legionario y de la Legión de María[1]. Es tan importante para la vida espiritual, que Jesús la recomendó personalmente a sus discípulos que la adquirieran, mediante su imitación: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Jesús es modelo de infinitas virtudes y todas las virtudes se encuentran en Él en un grado perfectísimo, pero recomienda sólo una: la humildad, puesto que la mansedumbre se deriva de la humildad. Esta virtud se origina en su Ser divino trinitario y esto quiere decir que el Ser de Dios, perfectísimo, es en sí mismo humilde, en cuanto que se opone a la soberbia diabólica y también humana. Si la humildad es la virtud por excelencia del Hombre-Dios, la soberbia es el pecado capital del Demonio en los cielos, y lo que le vale el ser expulsado de los cielos para siempre. La humildad es modestia que se opone a la vanidad; el humilde resta importancia a sus logros, lo cual no quiere decir que no obre para no obtener logros y así no pecar de soberbia al ser reconocido, sino que el humilde trabaja en perfección y obra perfectamente, pero no se vanagloria de ello, ni ante Dios, ni ante los hombres. El humilde es el que reconoce que todo lo bueno que tiene –dones naturales y sobrenaturales- lo tiene recibido de Dios y que todo lo malo que tiene –imperfecciones, vicios, defectos, pecados- proviene de la malicia de su corazón, tal como lo dice Jesús: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas: “las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (cfr. Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23)”.
Jesús es el Mesías humilde anunciado por Zacarías (Mt 21, 5 que, lejos de buscar su gloria (Jn 8, 50), se humilla hasta lavar los pies a sus discípulos (Jn 13, 14ss); él, igual a Dios –consubstancial al Padre-, se anonada hasta morir en cruz por nuestra redención (Flp 2, 6ss); (Mc 10, 45); (Is 53). En Jesús no sólo se revela el poder divino, sin el cual no existiríamos, sino también la caridad divina, sin la cual estaríamos perdidos (Lc 19,10).
Esta humildad (“signo de Cristo”, dice san Agustín), la del Hijo de Dios, es imprescindible para practicar el mandamiento nuevo de la caridad (Éf 4, 2; 1 Pe 3, 8s), porque “donde está la humildad, allí está la caridad”, dice también san Agustín. Los que “se revisten de humildad en sus relaciones mutuas” (1 Pe 5, 5; Col 3, 12), buscan los intereses de los otros y se ponen en el último lugar (Flp 2, 3s; 1 Cor 13, 4s). En la serie de los frutos del Espíritu pone Pablo la humildad al lado de la fe (Gal 5, 22s): es decir, se reconoce la presencia del Espíritu Santo en una persona cuando es humilde, pero la humildad no se ve en los sermones y discursos, sino en los hechos.
La humildad es también el sello distintivo de María: siendo Ella la Madre de Dios, la Llena de gracia, la Inmaculada Concepción, la Inhabitada por el Espíritu Santo, el Jardín cerrado del Padre, el Tabernáculo de Amor del Hijo, la Esposa Amada del Espíritu Santo; teniendo el doble privilegio de ser Madre de Dios y Virgen y de estar por encima de todos los ángeles y santos en cuanto a grado de gracia, María Santísima, al escuchar la noticia del Ángel que le anuncia que será la Madre de Dios, la Virgen se humilla a sí misma y dice: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según tu voluntad” (Lc 1, 38).
El legionario, por lo tanto, debe ser humilde –o, al menos, intentar vivir la humildad-, la cual no se limita a un mero comportamiento externo y social “correcto”. Dice el Manual del Legionario que en el hecho de que la Virgen aplasta la cabeza de la Serpiente, que es el Ángel soberbio por antonomasia, está el principio de la humildad para el legionario, porque al aplastar al ángel soberbio, el hombre ve también aplastada a aquel que, al igual que una serpiente que cuando muerde inocula su veneno, inocula en el corazón del hombre el veneno de la soberbia y de la rebelión contra Dios. La soberbia demoníaca, dice el Manual, tiene múltiples cabezas –como si fuera una hidra-; al aplastar la cabeza del Demonio, la Virgen aplasta esas múltiples cabezas. La Virgen es entonces modelo y fuente de humildad por dos vertientes: durante toda su vida, pero especialmente en la Anunciación, y al aplastar la cabeza del Demonio. Con su ejemplo, la Virgen nos ayuda a combatir, en nosotros, la presencia de ese mal demoníaco que es la soberbia: la vana exaltación –el pretender recibir el reconocimiento de todos, cuando la Virgen se humilla ante Dios-, el buscarse a sí mismo –pensar y querer que todo esté centrado en mi propio yo, cuando la Virgen busca a Dios y sólo a Dios-, la propia suficiencia –el legionario debe desconfiar de sus propias fuerzas y confiar solo en las fuerzas de María, que son las fuerzas de Jesús-, la presunción –creer que es posible vivir sin Jesucristo-, el amor propio –María ama a Dios con el Amor de Dios, el Espíritu Santo-, la propia satisfacción –pretender siempre estar cómodo, sin preocuparse por los demás-, el buscar los propios intereses –María no busca sus propios intereses, sino los de su Hijo Dios-, la propia voluntad –aquí es donde se manifiesta la soberbia de modo particular, sobre todo en la desobediencia, que lleva a cumplir  mi voluntad en vez de la voluntad de Dios, expresada en los superiores o en quienes hagan las veces de ellos.
Por lo tanto, para crecer en humildad, el legionario debe olvidarse de sí mismo y pedirle a la Virgen que sea Ella quien le infunda la humildad, tanto la suya, como la de su Hijo Jesús.



[1] Cfr. Manual del Legionario, Capítulo VI.

miércoles, 30 de marzo de 2016

“Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”


En la ceremonia del Acies –uno de los actos públicos de la Legión, según lo relata el Manual del Legionario[1]-, hay que considerar dos aspectos: por un lado, el significado de la reunión bajo esta particular convocación; por otro, la fórmula que el legionario, aferrado al vexillium, pronuncia solemnemente. Con respecto al Acies, el Manual del Legionario enseña que es una “voz latina que significa un ejército en orden de batalla”[2] y que, como tal, se diferencia del praesidium, en el que la Legión se encuentra abocada a sus tareas específicas[3]. Es decir, en el Acies, la Legión se reúne “como un ejército formado para la batalla”, lo cual es, en sí mismo, una imitación de la Virgen, según la descripción que de Ella hace San Alfonso: “María es el espanto de los poderes infernales. Es “terrible como un ejército en orden de batalla” (Cant 6, 10), porque sabe desplegar con estrategia su poder, sus oraciones y su misericordia para la derrota del enemigo y para triunfo de sus siervos”. En la ceremonia del Acies, entonces, la Legión se reúne bajo el estandarte de María como un ejército espiritual, así como un ejército terreno se reúne bajo la bandera nacional a las órdenes de su general; al hacerlo, la Legión, además de imitar a la misma Virgen, recibe de Ella “fuerza y bendición”[4] y se pone a sus órdenes para combatir al enemigo. ¿Cuál es el enemigo? El Manual del Legionario lo dice: “las fuerzas del mal”, las cuales no están compuestas por personas de carne y hueso sino, como dice San Pablo, sino que se trata de los ángeles caídos, “las malignas potestades de los cielos”: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales” (Ef 6, 12). Se trata entonces de una convocatoria espiritual, para recibir la fuerza y la bendición de la Virgen, para de esta manera combatir al enemigo espiritual, las fuerzas del mal, los ángeles apóstatas. Pero no debemos olvidar que el mal está en nuestros propios corazones, como dice Jesús en el Evangelio: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 7, 21), por lo que la lucha es también y principalmente, contra nosotros mismos, contra nuestra indolencia, nuestra pereza, nuestra falta de amor al prójimo, contra nuestras malas inclinaciones en general.
Y es por estas razones por las cuales adquiere todo su sentido la fórmula de la consagración personal a la Virgen en la ceremonia del Acies: “Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”, porque esta consagración esta constituye para el legionario una renovación en su misión espiritual de imitar a María con el fin de que la Virgen instaure el Reino de su Hijo en el mundo. El hecho de que el legionario tome con su mano el vexillium o estandarte de María tiene un profundo significado espiritual porque es, literalmente, colocarse uno bajo el estandarte victorioso de María Santísima; significa que el legionario, libre y voluntariamente, se alista en las filas del Ejército de María para luchar “contra las fuerzas del mal” directamente bajo las órdenes de la Virgen (en realidad, lo libre es la respuesta a la gracia recibida, la de integrar el ejército mariano). Es por esto que el Acies no es una mera ceremonia piadosa de una cofradía devota: es la misma Virgen María quien, invisible a los ojos del cuerpo, pero presente en cuerpo y en espíritu, congrega a sus elegidos y les toma, Ella en persona -a través de los encargados de la Legión- esta renovación de la consagración de sus hijos y la toma como hecha especialmente a su Inmaculado Corazón. Por el Acies, el legionario renueva su “unión y dependencia”[5] con la Virgen: unión, porque se une más estrechamente al Corazón de María; dependencia, porque para cumplir la misión asignada, depende en todo de la Virgen, que es Mediadora de todas las gracias. Y en la ceremonia, junto a la Virgen, están los ángeles, de quienes la Virgen es Reina, y también está su Hijo Jesucristo, el Hombre-Dios, de modo que toda la corte celestial, pero sobre todo el Rey de los cielos, Jesucristo, y la Reina de los cielos, la Virgen, son testigos de esta ceremonia y consagración. Por medio de la ceremonia del Acies, entonces, el legionario queda bajo las órdenes de la Virgen, lo cual quiere decir que está más protegido por Ella, pero también significa que sus faltas –por ejemplo, la acedia o pereza espiritual, que lleva a no cumplir con las oraciones prescriptas, o la pereza corporal, que lleva a desentenderse de las obligaciones del deber de estado, o la indiferencia hacia las obligaciones que implica la Legión-, le provocan a la Virgen un dolor agudo y profundo en su Inmaculado Corazón, porque las faltas o pecados de los consagrados son para Ella mucho más dolorosas que las faltas o pecados de quienes no están consagrados. Para que nos demos una idea de cómo son los dolores que experimenta la Virgen cuando se trata de tibieza, indiferencia o incluso imperfecciones de sus consagrados, recordemos a la Virgen en sus apariciones en Fátima: la corona de espinas que rodea a su Inmaculado Corazón representa los pecados de sus hijos, y las espinas más gruesas, representan los pecados de los consagrados, entre ellos, los legionarios. La Virgen, entonces, sufre en su Corazón por las faltas de los legionarios, por pequeñas que sean, y si la Virgen sufre, también sufre la Legión, porque la Legión está en el Corazón de la Virgen. Entonces, cuando un miembro de la Legión falla en sus deberes y en sus obligaciones, no solo se resiente toda la Legión, sino que es la Virgen la que, en persona, sufre en su Inmaculado Corazón. Y si la Virgen sufre por la tibieza de sus hijos consagrados, los legionarios, el que pone remedio al dolor de su Madre es su Hijo, Jesucristo: “A los tibios los vomitaré de mi boca” (Ap 3, 16). Que María Santísima incendie nuestros corazones en el fuego de Amor que envuelve su Inmaculado Corazón, para que evitemos siempre la tibieza espiritual.




[1] Cfr. Capítulo XXX.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 5 de marzo de 2016

El Legionario y la imitación de María


         Muchas veces nos preguntamos por qué no crecemos en la vida espiritual, o por qué tal o cual apostolado no da frutos. La razón nos la da el Manual del Legionario: porque –por uno u otro motivo- no tenemos a María en el corazón, en el pensamiento, en el obrar[1].
         Si el legionario no está unido estrechamente a María, dice el Manual, no podrá lograr su fin, que es el de manifestar a María al mundo, como medio (de María) para conquistar al mundo para Jesucristo[2]. Es decir, la Virgen quiere manifestar al mundo a su Hijo Jesucristo y lo quiere hacer por medio de los legionarios y por medio de la Legión, pero para que eso sea posible, la unión con María debe ser tal, que sea María la que viva en el legionario –parafraseando a la Escritura- para que, a través del legionario, se manifieste María al mundo, como condición sine qua non de la manifestación de Jesucristo al mundo. Pero si el legionario no está estrechamente unido a María, es como “un soldado sin armas”, como “el eslabón roto de una cadena”[3].
         Ahora bien, ¿cómo es esta unión con María? Podemos utilizar una imagen, la de la unión del alma con el cuerpo: se trata de una unión muy fuerte, porque el alma es lo que da vida al cuerpo y sin el alma, el cuerpo muere. Es decir, el cuerpo depende, para su vida corporal, del alma, que le da vida al cuerpo. Según el Manual, la unión entre el legionario y María –y por lo tanto su dependencia vital- es aún mucho más fuerte; tanto, que puede decirse que María es mucho más que “el alma y la vida del legionario”. En otras palabras: el alma depende, para su vida espiritual, mucho más que el cuerpo depende, para su vida corporal, del alma. María es “el alma del alma”, la vida de la vida corporal, si podemos decir así, y el motivo lo encontramos en uno de los títulos que la Iglesia le da a la Virgen: Madre de la Divina Gracia. Porque la Virgen es la Madre de la Gracia Increada, Jesucristo, y porque la Virgen es Mediadora de todas las gracias, y puesto que la gracia santificante, de Jesucristo, que es la vida de nuestra alma, nos viene por María en cuanto Mediadora de todas las gracias, es que podemos decir que el alma depende, para su vida espiritual, más que el cuerpo depende del alma, para su vida corporal. Aquí, dice el Manual, podemos darnos una idea del “dominio –dependencia- absoluto de María sobre el alma, un dominio más estrecho e íntimo que el de la madre con el hijo”[4]. Hay otros ejemplos que nos da el Manual, para reforzar esta idea de la dependencia espiritual del alma con María: así como sin corazón no hay sangre; sin el ojo, no hay visión; sin el oxígeno, no hay respiración en los pulmones, así también es todavía más imposible que el alma, sin María, se eleve a Dios y cumpla sus designios[5]. Es decir, si un cuerpo no puede vivir sin el alma, mucho menos puede el legionario vivir sin María.
         Otro elemento a considerar, según el Manual, es que “dependemos de María, no por sentimientos humanos, sino por disposición de Dios”[6], porque Ella es la Madre de la Divina Gracia, la que por disposición divina, nos da la gracia, que nos da la vida de Dios. Aun así, continúa el Manual, “debemos reforzar y robustecer –libre y conscientemente- esta dependencia de María, sometiéndonos a Ella libre y espontáneamente, y así descubriremos maravillas de santificación para nuestras almas” –no solo no nos estancaremos en nuestra vida espiritual, sino que creceremos espiritualmente a pasos agigantados-; ya no obraremos con nuestras propias fuerzas humanas, sino que “brotará una energía nueva, desconocida, y todo lo que no pudimos hacer –rescatar del pecado a los que estaban bajo su yugo-, lo haremos en un instante con María”[7].
         Por ejemplo, un modo de incrementar nuestra dependencia de María, como legionarios, es el “comenzar el día con un acto de consagración a María, renovándolo con jaculatorias a lo largo del día”, además de llevar a María en el pensamiento y en el corazón, para que “no sea yo quien viva, sino que sea María la que viva en mí”; el legionario debe hacerlo todo en María, con María, para María: la Santa Misa, el Rosario, la comunión, diciéndole a lo largo del día: “Totus tuss”, soy todo tuyo, Madre mía. El legionario debe pedir a María ver a su Hijo Jesús –sobre todo en la Eucaristía- no con sus ojos, sino con los ojos de María; escuchar a Jesús con los oídos de María; percibir “el buen olor de Cristo” con los sentidos de María; proclamar a Jesús con los labios de María; amar a Jesús con el Amor que inhabita el Corazón Inmaculado de María, el Espíritu Santo; adorarlo con la adoración de María. Así, comenzará a ver el mundo y los misterios de la salvación, con los ojos de María y amará con el Corazón de María, porque será María la que viva en él y él, el legionario, irá desapareciendo poco a poco (la razón del fracaso del apostolado y del estancamiento y retroceso en la vida espiritual es, precisamente, que el legionario no le da espacio a María y no deja que María crezca en él, para él desaparecer).
         El legionario debe imitar a María, llevarla en su mente y en su corazón y en su obrar, olvidándose de sí y recurriendo a María en toda oportunidad, y así María irá configurando su alma y su corazón al alma y al Inmaculado Corazón de María, de modo que “el legionario y María no parecerán sino un solo ser”[8]. María intervendrá en su apostolado, otorgando los frutos que Dios tiene dispuesto. Y sólo así, en la imitación de María por parte del legionario, la Legión de María será el instrumento por el cual la Madre de Dios derramará sobre el mundo su luz, y la Luz de María es Jesucristo.



[1] Cfr. Manual, Capítulo VI.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.

jueves, 11 de febrero de 2016

Nuestra Señora de Lourdes y su mensaje celestial para nuestros días


         
         Como bien sabemos, la Virgen se le apareció a Santa Bernardita el 11 de febrero de 1858, mientras recogía leña en Massabielle, en las afueras de Lourdes[1]. Al acercarse a una gruta, fue sorprendida por un  fuerte viento; como consecuencia, alzó los ojos y vio una nube dorada y a una Señora –la Virgen- vestida de blanco, con sus pies descalzos cubiertos por dos rosas doradas, que parecían apoyarse sobre las ramas de un rosal; en su cintura tenía una ancha cinta azul, y sus manos juntas estaban en posición de oración y llevaba un rosario.
Al principio, Bernardita se asustó, pero luego comenzó a rezar el rosario que siempre llevaba consigo, observando que la Señora pasaba las cuentas del suyo entre sus dedos al mismo tiempo que ella. Al finalizar el rosario, la Virgen María retrocedió hacia la Gruta y desapareció. Estas apariciones se repitieron 18 veces, hasta el día 16 de julio.
El 18 de febrero en la tercera aparición la Virgen le dijo a Bernadette: “Ven aquí durante quince días seguidos”. Bernardita le prometió hacerlo y la Señora le dijo: “Yo te prometo que serás muy feliz, no en este mundo, sino en el otro”.
En la novena aparición, el 25 de febrero, la Señora mandó a Santa Bernadette a beber y lavarse los pies en el agua de una fuente, señalándole el fondo de la gruta. La niña no la encontró, pero obedeció la solicitud de la Virgen, y escarbó en el suelo, produciéndose el primer brote del milagroso manantial de Lourdes.
En las apariciones, la Señora exhortó a la niña a rogar por los pecadores, manifestó el deseo de que en el lugar sea erigida una capilla y mando a Bernadette a besar la tierra, como acto de penitencia para ella y para otros, el pueblo presente en el lugar también la imito y hasta el día de hoy, esta práctica continúa.
El 25 de marzo, a pedido del párroco del lugar, la niña pregunta a la Señora: “¿Quién eres?”, y ella le responde: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
Luego Bernadette fue a contarle al sacerdote, y él quedo asombrado, pues era casi imposible que una jovencita analfabeta pudiese saber sobre el dogma de la Inmaculada Concepción, declarado por el Papa Pío IX en 1854.
El 16 de julio de 1858, la Virgen María aparece por última vez y se despide de Bernadette.
El mensaje de la Virgen[2]. ¿Cuál es el mensaje de la Virgen en esta aparición tan grandiosa?
Podemos decir que su mensaje se resume en los siguientes puntos:
Al revelarse como la Inmaculada Concepción a un niña, que además es semi-analfabeta, la aparición confirma que las verdades de fe sobrenaturales son infundidas por el Espíritu Santo en la Iglesia, ya sea a lo más alto de la jerarquía eclesiástica –que fue quien había definido el dogma de la Inmaculada Concepción cuatro años antes, en 1854-, como a la base del Pueblo de Dios –puesto que, como dijimos, Bernardita era niña y semi-analfabeta y sin embargo, poseía el mismo conocimiento, en este tema, que el Papa y los teólogos-. Es decir, las verdades de fe de la Iglesia Católica no dependen de nuestros razonamientos, sino de la revelación divina que viene de lo alto.
La Virgen se presenta como Inmaculada Concepción, es decir, sin mancha de pecado original y plena del Espíritu Santo, con lo que se nos presenta como modelo a imitar para nuestra comunión eucarística: debemos acercarnos a la Comunión imitando a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, concebida sin pecado y llena de gracia, es decir, debemos acercarnos a comulgar sin pecados mortales ni veniales –se perdonan con el acto de arrepentimiento del inicio de la Misa- y con el alma en gracia por la Confesión Sacramental.
Al elegir a una niña que vivía en la extrema pobreza y que era de alma humilde, exalta estas virtudes, que son las virtudes de Jesucristo: en la cruz, Jesús es humilde –“Aprended de Mí, que soy manso y humilde corazón”[3]- y pobre, porque todos los elementos materiales que posee –el leño de la cruz, la corona de espinas, los clavos de hierro, el lienzo con el que cubre su Humanidad Santísima-, no le pertenecen, sino que le han sido provistos por Dios Padre para que lleve a cabo la Redención mediante el sacrificio de la cruz: así Jesús nos enseña cómo vivir una pobreza santa, la Pobreza de la Cruz; es decir, nos enseña a no considerar los bienes materiales como un fin en sí mismos, sino como simples medios para alcanzar el cielo, porque la verdadera riqueza son los “tesoros atesorados en el cielo”[4], o sea, las buenas obras.
En la aparición, la Virgen le dice algo muy importante a Santa Bernardita, que también es válido para nosotros, como si nos lo dijera a cada uno de nosotros en forma particular: “No te prometa la felicidad en esta vida, sino en la otra”. Como cristianos, nos comportamos al igual que los paganos, cada vez que nos olvidamos que la verdadera felicidad está no en esta vida, sino en la otra, en la contemplación y adoración de la Santísima Trinidad y del Cordero en los cielos. Si no tenemos en cuenta esto, aunque nos llamemos “católicos”, somos como paganos, porque pretendemos ser felices en esta vida, en donde no está la verdadera felicidad. Por otra parte, esta felicidad no se alcanza si no es por medio del seguimiento de Cristo en el Camino de la Cruz, en el Via Crucis.
Otro mensaje muy importante que nos deja la Virgen en Lourdes es el llamado a la penitencia, a la oración y al amor al prójimo, auxiliándolo ya sea espiritualmente –si es pecador- o materialmente –si es un prójimo que necesita ayuda material o algún tipo de asistencia, como los enfermos- y la forma de hacerlo es mediante las obras de misericordia espirituales y corporales.
Con respecto a la penitencia, su llamado es muy fuerte en Lourdes: en la aparición del 24 de febrero, la Virgen repite con insistencia la palabra “penitencia”, además de pedir la reparación por las ofensas de los pecadores contra Dios y su majestad divina, llegándole a pedir a Bernardita que bese el suelo pidiendo por los pecadores: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”[5]. Los pecados ofenden a la Divina Majestad, al tiempo que golpean sin misericordia a Jesucristo en su Humanidad Santísima, haciéndolo sangrar abundantemente; es por eso que la Virgen llama a las almas que aman a Dios, para que hagan penitencia, en reparación por las ofensas con las que continuamente es ultrajado: la penitencia y reparación de estas almas –por otra parte, la Virgen da una indicación muy precisa de cómo hacer penitencia: besar el suelo, la tierra-, por el contrario, consuela a Jesús en su Pasión y aplaca la Justicia Divina, encendida por los pecadores que no quieren convertirse.
Con respecto a la oración, hay que decir que esta es al alma lo que el alimento terreno al cuerpo: así como un cuerpo se debilita si no se alimenta, hasta llegar a morir, así el alma, si no hace oración, no recibe de Dios lo que Dios es: luz, amor, paz, alegría, fortaleza, justicia, y así el alma muere, porque sucumbe irremediablemente ante la tentación. Dentro de las oraciones de la Iglesia Católica, una de las preferidas es el Santo Rosario, porque en esta oración es la misma Virgen quien actúa en el alma, concediendo la gracia de que el alma se vaya configurando, poco a poco, en una imagen viviente de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Quien dice que el Rosario es una oración “mecánica y repetitiva”, lo dice porque es él mismo quien reza de esa manera; lejos de serlo, el Rosario es una oración fascinante, porque al mismo tiempo que contemplamos los misterios de la vida de Jesús, la Virgen va actuando, sin que nos demos cuenta, para configurarnos a imagen y semejanza de su Hijo Jesús.
Oración, penitencia, rezo del Rosario, pobreza de la cruz, misericordia para con el prójimo, imitación de Cristo, imitación de la pureza de la Virgen para la comunión sacramental, éste es el mensaje de Nuestra Señora de Lourdes.


[1] https://www.ewtn.com/spanish/Maria/lourdes2.htm#El mensaje de la Virgen
[2] https://www.ewtn.com/spanish/Maria/lourdes2.htm#El mensaje de la Virgen
[3] Cfr. Mt 11, 29.
[4] Mt 6, 20.
[5] http://forosdelavirgen.org/534/nuestra-senora-de-lourdes-francia-11-de-febrero/

sábado, 6 de febrero de 2016

La tarea más importante del Legionario


          “El Amor no es amado”, decía Santa Teresa de Jesús, y el Beato Paul Claudel decía: “Los días asignados por la Divina Providencia para amar a Dios pasan, y Dios no es amado”.
         ¿Qué tienen que ver estos dichos de estos santos, con la tarea del Legionario?
         Que hacen referencia a la tarea más importante del Legionario: dar a conocer a Jesús, pero no a Jesús tal como lo conocen en otras religiones, sino a Jesús en la Eucaristía, porque el Legionario tiene que implementar el “reino de la Eucaristía” en los corazones. Dice así el Manual del Legionario: “La actividad  más ardiente no tendrá valor alguno si olvida por un momento que su principal objetivo es establecer el reino de la  Eucaristía en todos los corazones”[1]. Es para esto, para lo que vino Jesús, para reinar en los corazones como Rey y ese Rey está en la Eucaristía y ésa es la tarea del Legionario, que los hombres conozcan y amen a Jesús, Rey de la Eucaristía: “Porque de esa manera se cumple el fin para el cual Jesús vino al mundo. Ese fin fue comunicarse con las almas para poder hacer de todas ellas una sola cosa con Él. El significado de esa comunicación es principalmente la Sagrada Eucaristía”[2].
         En la Eucaristía –que es hacia donde tienen que conducir a las almas los legionarios-, Jesús no está de cualquier manera: no está de modo simbólico, ni imaginario, ni  en esperanza, ni depende de la fe de nadie para estar allí: está Presente de modo real, verdadero y substancial, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
         La Eucaristía es la Fuente inagotable de gracia divina, y por eso, debe ser el centro de la vida del legionario, además de que toda su actividad apostólica debe partir de la Eucaristía –adoración eucarística- y debe conducir a la Eucaristía –comunión sacramental en estado de gracia santificante-: “La Eucaristía es un bien infinito. En este sacramento está Jesucristo presente tan real y verdaderamente como estuvo en otro tiempo en la casa de Nazareth o en el cenáculo de Jerusalén. La Eucaristía no es mera figura de su Persona, o mero instrumento de su poder: es Jesucristo vivo y entero.
         Lamentablemente, es un hecho que la gran mayoría de los cristianos –en primer lugar, niños y jóvenes-, huyen literalmente de la Eucaristía, como si Jesús Eucaristía fuera un malhechor, y así repiten lo que hizo la multitud el Viernes Santo, que condenó a muerte a Jesús como a un malhechor, mientras que eligió a un verdadero malhechor, Barrabás, para que continuara viviendo. Dice así el Manual del Legionario: “Da pena ver la indiferencia con que se mira tan gran bien (la Eucaristía): personas que creen en la Eucaristía, se privan por el pecado y el abandono de este alimento vital…”[3].
         En consecuencia, puesto que se privan del alimento celestial, el Pan Eucarístico, la Virgen sufre con su Corazón Inmaculado, al constatar que sus hijos mueren de hambre espiritual, al despreciar el Pan Vivo bajado del cielo: “¡Qué angustia en su Corazón, al ver que su Hijo, en su Cuerpo Místico –los b bautizados-, padece y aún muere de hambre, pues son tan pocos los que se nutren debidamente de este divino pan, y hay algunos que no lo comen nunca!”[4].
         Es un hecho que los niños y los jóvenes prefieren jugar al fútbol antes que asistir a Misa, porque consideran a la Misa como “aburrida”, cuando no es ni “aburrida” ni “divertida”, sino un hecho fascinante, maravilloso, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz. Pero haciendo así, los niños y los jóvenes padecen y hasta mueren de hambre espiritual, provocando dolor al Inmaculado Corazón de María. Si alguien ve en la calle, a una persona que muere literalmente de hambre, ¿acaso no se conmueve y sale corriendo a conseguir al menos un trozo de pan, para evitar su muerte? Y el legionario, viendo cómo mueren de hambre espiritual niños y jóvenes, al no alimentarse del Pan Vivo bajado del cielo, ¿puede acaso dormir tranquilo, porque él tiene pan, casa y comida, porque cobra su sueldo todos los meses, porque nada material le falta? ¿No se le conmueven las entrañas al ver tanta juventud que sólo alimenta su cuerpo, con el alimento terreno, pero deja desfallecer su alma, porque no conoce ni ama al Pan de Vida eterna?
         Es por esto, entonces, que la tarea más importante para el legionario, es hacer conocer y amar a Jesús Eucaristía, para así aliviar el dolor del Inmaculado Corazón de María. El Legionario no tiene tarea más importante que esta.




[1] Cfr. Manual, Capítulo VIII, 4.
[2] Cfr. ibídem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.