sábado, 1 de diciembre de 2018

Novena a la Inmaculada Concepción Día 7



En una de las apariciones, la Virgen le dijo a Bernardita solo tres palabras: “¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”; además, le hizo repetir estas palabras, lo cual hacía Bernardita mientras se arrastraba de rodillas hasta el fondo de la gruta. Ahí la Virgen le reveló un secreto personal y después desapareció”[1]. En el relato de las apariciones se continúa así: “Bernardita por humildad no relató todo los detalles, pero los testigos contaron que también se le vio besar la tierra a intervalos, La Virgen le había dicho: “Rogarás por los pecadores... Besarás la tierra por la conversión de los pecadores”. Como la Visión retrocedía, Bernardita la seguía de rodillas besando la tierra. Bernardita se volvió hacia los asistentes y les hacía señas de: “Ustedes también besen la tierra”[2].
¿Qué reflexiones nos merecen esta aparición?
Por un lado, el pedido de la Virgen de penitencia, lo cual es un pedido insistente, al repetirlo por tres veces. La penitencia es algo necesario para que el alma no solo repare por sus propios pecados –“el justo peca siete veces al día”, dice la Escritura-, sino por los pecados de los que no hacen penitencia ni les importa hacerla, porque no tienen en cuenta la Ley de Dios. Cuando el justo –es decir, el viador pecador que busca vivir en gracia- hace penitencia, eso agrada a Dios, porque demuestra un deseo de vivir en amistad con Él, aun cuando por su debilidad él mismo cometa pecados, una y otra vez. Por esto mismo, por la reiteración de los pecados, que en el fondo son ofensas a Dios, se necesita hacer penitencia y mucha penitencia, sobre todo en nuestros días.
La otra reflexión que podemos hacer es acerca de la obediencia de Bernardita, porque ella inmediatamente comenzó a hacerla –una forma de hacerla fue obedecer lo que la Virgen le decía, lo cual le provocaba humillación ante los demás-, besando la tierra.
Penitencia, auto-humillación, humildad. Todo esto que la Virgen le pide a Santa Bernardita, nos lo pide, en nuestros días, también a nosotros, porque también en estos días es necesario hacer penitencia, por los pecados propios y ajenos y porque por nuestra soberbia, es necesario practicar la humildad y la auto-humillación, todo lo cual conforma nuestros corazones a los Sagrados Corazones de Jesús y María.


Novena a la Inmaculada Concepción Día 6



         Una de las características de la Inmaculada Concepción en sus apariciones a Santa Bernardita es el hecho de que, en todo momento, tuvo un Rosario entre sus manos. De hecho, acompañó a Bernardita a rezarlo, pues la santa veía cómo los labios de la Virgen se movían al recitarlo. La Virgen, entonces, dio un claro mensaje a Santa Bernardita: ella debía rezar el Rosario, como destinataria principal de las apariciones. Sin embargo, la indicación de rezar el Santo Rosario no se limitó a Santa Bernardita: viendo el alcance de la aparición, que si bien era una aparición privada, pero destinada a toda la Iglesia Universal, el mensaje de rezar el Rosario –todos los días- no se limitó, de ninguna manera, a la devoción y crecimiento espiritual de Santa Bernardita, sino que se extendió a toda la Santa Iglesia. En efecto, a través de Bernardita, la Virgen quería, entre otros mensajes dados en la aparición, que la Iglesia toda rezara el Santo Rosario. Para eso fue que se apareció, explícitamente, con un Rosario colgando de sus brazos; para eso fue que rezó con Bernardita el Rosario y para eso fue que le dijo que todos en la Iglesia debían rezar el Rosario.
         El Rosario es la oración “inventada”, por así decirlo, por el cielo; es decir, no se trata de una creación humana, lo cual ya un indicio de su importancia. Además, el Rosario es una verdadera arma espiritual, con la cual el alma no sólo aleja al Demonio de su vida, sino que consigue de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, absolutamente todas las gracias que necesita en esta vida, para conseguir la vida eterna. En homenaje a las apariciones de Lourdes y para darle contento a nuestra Madre del Cielo, hagamos el propósito de rezar el Rosario todos los días de nuestra vida, para así obtener las gracias necesarias, no solo para superar las pruebas, tribulaciones, persecuciones y dificultades de esta vida presente, sino ante todo, para recibir las gracias que nos permitan ganar la vida eterna.

Novena a la Inmaculada Concepción Día 5



         En la Tercera Aparición, la Virgen le dice a Bernardita lo siguiente: “Yo prometo hacerte dichosa, no en esta vida, sino en la siguiente”. De esta afirmación, podemos extraer varias reflexiones. Por un lado, la confirmación de que esta vida es temporal, limitada y que luego hay otra vida, que es eterna e ilimitada, perfectísima. Además, esta vida es justamente llamada “valle de lágrimas”, porque en ella, si bien hay alegrías y momentos de sosiego y de paz, vemos cómo continuamente, sea por la debilidad del hombre caído en el pecado, que no puede permanecer en gracia mucho tiempo y comete la maldad del pecado, sea porque precisamente no es la vida perfecta del Reino de Dios, se ve de modo continuo cómo, día a día, el reino de las tinieblas parece avanzar sin que nada ni nadie lo detenga. Esto lo comprobamos en los innumerables males que se suceden día a día y que son noticia cotidiana. Pero esto no sucede a los pecadores solamente, sino que es algo que les sucede también a quienes están en el camino de la perfección. En algún momento, por alguna causa, sucede algo –relacionado o no con nuestras personas- pero que sin embargo provocan zozobra, angustia y tribulaciones en los corazones. En la vida terrena y temporal, todo parece fluir, como algo continuo y en ese fluir, la mayoría de las cosas no provienen de Dios. Podría pensarse que personas afortunadas, como Bernardita, que estuvieron tan cerca de la Virgen  y por lo tanto de Dios –todo lo que hace y dice la Virgen es de parte de Dios-, podrían verse libres de tantos males como acaecen en este mundo y no es así: por el contrario, pareciera que son las que más destinadas están a sufrir las tribulaciones, angustias, persecuciones, incertidumbres y dolores de este mundo. En el caso de Bernardito, es sabido que, en el tiempo de las apariciones, sufrió abundantes humillaciones, pues todos pensaban que había perdido la razón –la única que veía y oía a la Virgen era Bernardita, por lo que parecía que cuando estaba frente a la Virgen, como los demás no la veían, daba la impresión de que hablaba sola y esto mucho más, cuando tuvo que arrodillarse, cavar un pozo y extraer agua con lodo, la cual debió beberla y lavar su cara con ella-; luego de las apariciones, al entrar en la vida religiosa, sufrió muchísimo a causa, ya sea de sus superioras, como de sus propias hermanas de religión, sea por celos, envidia, o simplemente por incomprensión. De hecho, delante del obispo, Bernardita fue humillada por su superiora, quien la trató en voz alta y despectiva como persona “de pocas luces”. Todo esto no hace sino afirmar las palabras de la Virgen, quien le dijo a Bernardita: “Yo prometo hacerte dichosa, no en esta vida, sino en la siguiente”. Esto quiere decir que es verdad lo que la Santa Madre Iglesia afirma desde siempre: esta vida es solo temporaria, “una mala noche en una mala posada”, como dice Santa Teresa de Ávila. Como toda noche, le sucede el día y así pasará con esta vida terrena y temporal: terminará y sobrevendría el Día del Señor, Día sin ocaso, Día que señalará el inicio de la feliz eternidad para quienes hayan sido fieles a los Mandamientos del Señor, a sus Palabras y a sus promesas. Uno de los mensajes de Lourdes es, entonces, que si bien vivimos en este “valle de lágrimas”, lleno de tribulaciones, persecuciones y dolores, si nos mantenemos de la mano de la Virgen, cubiertos por su manto y refugiados en su Inmaculado Corazón, esta vida terrena pasará pronto y luego comenzará, para el que haya sido fiel hasta el fin, la vida eterna, la eterna bienaventuranza en compañía de Jesús y María en el Reino de los cielos.


Novena a la Inmaculada Concepción Día 4



         Un hecho que sorprendió a los asistentes a las apariciones –quienes no veían a la Virgen, sino solo a Bernardita-, fue que vieron cómo Bernardita saludaba y hablaba aparentemente con alguien, pero que estaba invisible, por lo que parecía que Bernardita estaba hablando sola. Luego la vieron inclinarse, arrodillarse y hacer un pequeño pozo en la tierra, de donde comenzó a surgir agua; Bernardita bebió agua y se lavó la cara, todo lo cual significó para ella una gran humillación, ya que todos lo tomaron a mofa, al no ver, por supuesto, a la Virgen, ni entender, en consecuencia, de qué se trataba.
         En este acto de humillación pública de Bernardita debemos ver dos cosas: por un lado, la humillación en sí, que no es otra cosa que una participación a la humillación de Cristo en la cruz; por otro lado, el fruto de la humillación de Bernardita –agacharse, excavar un pozo- fue el inicio de una surgente de agua cristalina, milagrosa, por la cual se curaron y siguen curándose, día a día, miles de peregrinos que acuden a Lourdes. Esto último es también una participación a la cruz de Cristo, porque así como del pozo excavado en la gruta salió agua cristalina y milagrosa, así del Costado traspasado de Cristo surgió el agua cristalina y milagrosa, la gracia santificante, que cura el alma al librarla de la peste del pecado y le concede además la salud de la vida nueva, la vida de los hijos de Dios.
         Con esto vemos que nada de lo que Dios pide es en vano: a Bernardita le pidió que se humillara públicamente y de esa humillación –participación de la humillación de Jesús en el Calvario- surgió una fuente de gracia y bendición. Lo mismo sucede con toda humillación aceptada, con espíritu cristiano, y ofrecida con humildad a los pies de la cruz de Jesús.


Novena a la Inmaculada Concepción Día 3



Bernardita Soubirous, testigo excepcional de una de las más grandiosas apariciones de la Virgen, las apariciones en Loudes, Francia, describe, de primera mano, su encuentro privilegiado con la Madre de Dios. Bernardita, sin saber que era la Virgen, en una de las primeras apariciones, le preguntó: “¿Quieres decirme quién eres? Te lo suplico, Señora Mía”. A continuación, y según su relato, la Virgen separó y elevó sus manos, poniéndolas a la altura del pecho, en señal de oración. La crónica de los hechos dice así: “Entonces la Señora apartó su vista de Bernardita, separó y levantó sus manos, poniéndolas en posición de oración delante del pecho y, más resplandeciente que la luz del sol, dirigida la vista al cielo dijo: “Yo Soy la Inmaculada Concepción”.
Ahora bien, si consideramos que esta aparición es excepcional y que Bernardita tuvo un privilegio único, que la convierte en una de las santas más afortunadas de la Iglesia, debemos sin embargo considerar que también nosotros somos testigos y partícipes de un hecho excepcional, que nos convierte en los seres más afortunados del mundo: por el misterio de la liturgia eucarística, no se nos aparece la Virgen para decirnos “Yo Soy la Inmaculada Concepción”, pero, por la gracia de la cual Ella es Mediadora, por la Eucaristía, ingresa en nuestras almas Jesucristo, Quien nos dice: “Yo Soy el que Soy”, esto es, el Nombre propio de Dios. Y no lo pronuncia en una oscura y recóndita gruta, como en el caso de la Virgen a Bernardita, sino que pronuncia el Nombre de Dios en lo más recóndito de nuestro oscuro corazón y así como la Virgen iluminó la cueva de Lourdes con la luz de la gloria de Dios, así Jesús, al entrar en nosotros por la comunión, ilumina la oscuridad y las tinieblas de nuestras almas.
Por esto mismo, si consideramos a Bernardita Soubirous como una de las santas más afortunadas de la historia de la Iglesia porque se le apareció la Virgen de Lourdes, también nosotros nos podemos considerar como los seres más afortunados del mundo, porque recibimos a Jesús, el Hijo de la Virgen, por la Eucaristía.




Novena a la Inmaculada Concepción Día 2



         Una de las virtudes que más ama Dios en el alma es la humildad. A tal punto la ama, que en el Evangelio nos pide, explícitamente, que luchemos por adquirir esa virtud, para así imitarlo a Él: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. La humildad es una de las formas en las que la infinita perfección del Ser divino trinitario se expresa a través de la naturaleza humana; de ahí que ser humildes –que no significa pobreza material-implica no solo la imitación de Cristo –y por supuesto, también de la Virgen- sino que ante todo implica la participación en la perfección del Ser divino trinitario. Es decir, Jesús nos pide ser humildes no sólo por la virtud en sí misma, que es buena, sino por un motivo más elevado: porque así lo imitamos a Él, que es “manso y humilde de corazón” y al mismo tiempo, participamos de su naturaleza divina y de la perfección de su Ser divino trinitario. Por supuesto que también imitamos a la Virgen, porque después de Jesús, quien posee el más alto grado de humildad, más que todos los ángeles y santos juntos, es la Santísima Virgen. Así lo demuestra, por ejemplo, cuando el Arcángel Gabriel la saluda para anunciarle la Encarnación y la Virgen, lejos de ensoberbecerse por haber sido elegida para ser Madre de Dios, se llama a sí misma “esclava”: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según su voluntad”.
Porque Dios ama la humildad –la cual, lo repetimos, no se refiere a la pobreza material-, es que elige a Bernardita Soubirous, quien era, por naturaleza, humilde, simple, sencilla, al punto que podía decirse que en ella no existía la malicia. Según Bernardita misma lo declaró, jamás dijo una mentira –por eso le parecía inconcebible que alguien dijera una mentira-, lo cual demuestra un alma que es transparente, pura y humilde, por la acción de la gracia. La Virgen no eligió a sabios doctores y teólogos para manifestar uno de los más grandiosos misterios y dogmas de su condición de ser la Madre de Dios, esto es, que Ella es la Inmaculada Concepción, sino que eligió a una niña, que apenas sabía leer y escribir y que sólo sabía las verdades elementales de la religión católica y el motivo por el cual la Virgen –y Dios mismo- eligió a Bernardita para transmitir al mundo tan importante revelación, es que Bernardita era humilde, sencilla, simple, inhabitada por la gracia desde su bautismo.
Puesto que estamos lejos de la humildad, no solo de Jesús y de la Virgen, sino de la humildad de Bernardita, debemos pedir, insistentemente, a la Virgen, Mediadora de todas las gracias, la gracia de no solo rechazar el más mínimo pensamiento de soberbia, sino de al menos desear ser humildes de corazón, para así imitar y participar de la humildad de los Corazones de Jesús y María. Si queremos estar unidos a Jesús y a María, recordemos las palabras de la Virgen en el Magníficat: “(Dios) rechaza a los soberbios y ensalza a los humildes”. Por último, si alguien pregunta cómo se llega a la humildad, los Padres del desierto dicen así: "A la humildad se llega por el temor de Dios (...) y al temor de Dios se llega alejándose de todo lo mundano y recordando, con todas las fuerzas, el día de la muerte y el Juicio de Dios" (cfr. Apotegmas de los Padres del Desierto, Editorial Lumen, Buenos Aires 1979, 62).



Novena a la Inmaculada Concepción Día 1



         La Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción, es decir, sin la mancha del pecado original, porque estaba destinada a ser la Madre de Dios, conservando su virginidad. La Virgen, al estar destinada a ser la Madre de Dios, debía tener un alma y un corazón purísimos, no contaminados por la malicia del pecado original, puesto que Aquel que debía encarnarse en sus entrañas purísimas no era un hombre, un ser humano, una persona humana, sino una Persona divina, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Debido a que Dios es la Pureza Increada en sí misma, no podía ser alojado, aquí en la tierra, en un seno materno que no fuera como Él, es decir, purísimo y sin mancha alguna y esa es la razón por la cual la Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción. Pero además de ser concebida como Inmaculada Concepción, la Virgen fue concebida como Llena de gracia, esto es, inhabitada por el Espíritu Santo, que es el Amor de Dios y la Santidad Increada en sí misma. La razón de ser concebida como Llena de gracia es que el Hijo de Dios, que inhabita en el seno del Padre desde la eternidad, siendo amado por el Padre con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, al encarnarse, debía ser recibido no con un amor similar, sino con el mismo Amor de Dios, el Espíritu Santo. Es decir, Dios Hijo, el Logos del Padre, era amado desde la eternidad por el Padre con el Espíritu Santo y con este mismo Amor Divino debía ser amado y recibido al encarnarse en la tierra, en el tiempo y en la historia humanos, para llevar a cabo el plan divino de la redención del hombre. Por esta razón, la Virgen fue concebida entonces, no solo como Inmaculada Concepción, sino como Llena de gracia, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.
         Al recordar a la Virgen en su Inmaculada Concepción, nosotros sus hijos debemos renovar el propósito de imitar a nuestra Madre del cielo, del mismo modo a como en la tierra los hijos se parecen a su madre y la forma de hacerlo, la forma de imitar su Inmaculada Concepción y su condición de Llena de gracia, para nosotros, que fuimos concebidos con la mancha del pecado original y sin la gracia somos nada más pecado, es estar en estado de gracia santificante. Por medio de la gracia, el alma pasa, de estar contaminada por el pecado, al estado de pureza inmaculada, al participar de la naturaleza divina y así nos parecemos a la Virgen en su Inmaculada Concepción; por la gracia, el alma se convierte en templo del Espíritu Santo y así imitamos a la Virgen en su  condición de Llena de gracia, de inhabitada por el Espíritu Santo. Al conmemorar a María Santísima como la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, renovemos el propósito de ser dignos hijos de Nuestra Madre celestial, no solo evitando el pecado, sino viviendo en estado de gracia .