domingo, 6 de octubre de 2013

Nuestra Señora del Rosario y la preparación del alma para entrar a la vida eterna


         El Rosario es una oración cuyo origen es celestial, pues fue la misma Madre de Dios en Persona quien lo enseñó y lo entregó a la Iglesia, a través de Santo Domingo de Guzmán. A diferencia de lo que muchos erróneamente piensan, no se trata de una oración destinada a señoras integrantes de cofradías menguadas en número; el Rosario es un arma espiritual poderosísima que puede cambiar el destino de naciones enteras, como por ejemplo, la victoria obtenida por la cristiandad en la Edad Media. Pero si el Rosario puede decidir a favor de los cristianos batallas terrenas, como en Lepanto, puede decidir también a favor de los cristianos batallas mucho más importantes, como la lucha por la salvación del alma, batalla crucial en la que se juega el destino eterno de una persona. Esto es así porque la Virgen prometió que “no habría gracia que no sería concedida” si se la pedía a través del Santo Rosario, lo cual quiere decir que por medio de esta oración mariana el cristiano puede obtener la gracia más grande que se puede recibir en esta vida: la gracia de la salvación eterna del alma. En otras palabras, quien reza el Rosario, según las promesas de la Virgen, tiene asegurada su entrada al cielo, tiene asegurada la salvación.
La razón de esta efectividad del Santo Rosario, es simplemente que ha sido Dios mismo quien ha querido asociar esta oración, compuesta de rosas espirituales ofrecidas a la Madre de Dios –cada “Avemaría” es una rosa espiritual- con la concesión de gracias y dones espirituales imposibles siquiera de imaginar, entre ellos y el primero de todos, nada menos que la eterna salvación. 
Tal vez alguien, con cierto escepticismo, podría decir: ¿porqué razón una oración tan simple y que lleva tan poco tiempo rezarla, trae tantos beneficios, incluido uno tan grande que ni siquiera puede ser apreciado en toda su dimensión, como es el no solo evitar la condenación, sino obtener la eterna salvación? La razón es que, cuando alguien reza el Rosario, enunciando y meditando los misterios de la vida del Hombre-Dios, se evocan los misterios de la vida de Jesús, pero esta evocación no es un mero recuerdo de la memoria, sino una misteriosa actualización de esos misterios -obrada por el Espíritu Santo que actúa por intercesión de María-, en el corazón y en la vida de aquel que reza el Rosario, lo cual es la causa de la transformación del alma en una imagen viviente de Jesús. Esto es lo que explica que, como resultado del rezo del Rosario –devoto, confiado, piadoso, constante- el alma se vea configurada con Cristo, de modo que el efecto principal del Rosario -más allá de las gracias concedidas por la Virgen a quien lo rece- es que sea Cristo quien comience a vivir en el alma y el alma en Cristo, haciendo realidad en su vida las palabras de San Pablo: “No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Rezar el Rosario, entonces, no es el pasatiempo piadoso de un alma devota: es recibir, por la mediación de la Virgen María, la gracia de la configuración del alma con Cristo por medio de la meditación orante de los misterios de la vida de Jesús, y esto como una preparación para el paso de esta vida a la vida eterna, para que, cuando llegue el momento de pasar de esta vida a la otra, Dios Padre vea en el alma una imagen viviente de su Hijo Jesús y no solo no la rechace, sino que la haga partícipe y heredera del Reino de los cielos.


martes, 24 de septiembre de 2013

Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás nos pide que nos consagremos a su Inmaculado Corazón

         

       ¿Cuál es la razón última de una manifestación tan extraordinaria como la de la Virgen en San Nicolás?
La Virgen vino a San Nicolás a pedirnos que nos consagremos a su Corazón Inmaculado, y es lo que Ella dice explícitamente: “Gladys, no desaparecerá jamás, la presencia de la Madre de Cristo, en este lugar. Desde aquí pido a mis hijos: La Consagración a Mi Corazón. Esa Consagración, que no requiere papeles ni fórmulas, porque esa Consagración irá directamente a Mi Corazón; será única y exclusivamente para Mi Corazón y será recibida por Mi Corazón. Debéis tener mucho amor y devoción a María; oración constante del Santo Rosario y participación diaria en la Santa Eucaristía. En el amor a la Madre, hallaréis el Amor al Hijo; en la oración a la Madre, estaréis en unión con el Hijo y en la Santa Eucaristía, os encontraréis con el Hijo. Bendito sea Jesucristo”[1].
La Virgen, que se manifiesta y se hace presente en San Nicolás, de parte de Dios Padre, quiere que nos consagremos a su Inmaculado Corazón, morada de Dios Espíritu Santo, para que por medio del Amor Divino amemos y conozcamos a su Hijo Jesús. La consagración a la Virgen tiene por único objetivo el que conozcamos y amemos a Jesús, su Hijo, nuestro Redentor y Salvador. Ahora bien, las apariciones de la Virgen en San Nicolás, y su pedido de consagración, no persiguen un mero aumento de la devoción entre los fieles católicos, ni tampoco deben entenderse como un mero pedido del cielo al pueblo fiel para que simplemente “rece más”: la totalidad de las manifestaciones, y el pedido especial de consagración al Inmaculado Corazón de María, se enmarcan y entienden en su plenitud a la luz de las palabras que Dios pronuncia en el Génesis cuando, dirigiéndose a la Antigua Serpiente, el Ángel caído, le anuncia el estado de enemistad permanente e irreversible entre los hijos de María y los hijos de las tinieblas: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer, y entre tu estirpe y la suya” (Gn 13, 14). La urgencia del pedido de la Virgen se entiende todavía más, si se considera que la Nueva Era tiene por objetivo declarado la iniciación y consagración luciferina de la humanidad. La consagración al Inmaculado Corazón de María, por lo tanto, no se limita a un grupo de señoras piadosas, integrantes de cofradías disminuidas en número: la consagración a la Virgen debe ser hecha por la totalidad de los fieles que integran la Iglesia, para que desde la Iglesia se extienda a toda la humanidad el triunfo de los Corazones de Jesús y María.
“Desde aquí pido a mis hijos: La Consagración a Mi Corazón”. El pedido de la Virgen es urgente; tanto más, cuanto que cada día que pasa, las tinieblas parecen cobrar cada vez más fuerza, aunque no debemos jamás dudar del triunfo de la Virgen y de Jesús, triunfo que se da a través del Corazón de María, anunciado también en el Génesis, aunque precedido de tribulaciones: “Ella te aplastará la cabeza, mientras tú acecharás su calcañar” (Gn 13, 15).



[1] Mensaje 1426.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Nuestra Señora de la Merced


          Uno de los títulos de Nuestra Señora de la Merced es el de "Redentora de cautivos". El motivo de esta advocación es que, en nombre de la Virgen de la Merced, la Orden Mercedaria, fundada por San Pedro Nolasco, tenía como misión el rescate de los cristianos tomados como prisioneros por los musulmanes y que, como consecuencia, se encontraban en peligro de perder la fe. A menudo, los frailes mercedarios se ofrecían a sí mismos, para ser canjeados por los prisioneros, obteniendo de esta manera su liberación. Muchos de estos frailes, convertidos en prisioneros voluntarios, morían en esta condición, imitando de esta manera a Jesucristo, que dio primero su vida por nosotros en la Cruz y haciendo realidad sus palabras con sus propias vidas: "Nadie tiene más amor que el da la vida por los amigos" (Jn 15, 13).
          En nuestros días, no se da esta situación, tal como se daba en tiempos de San Pedro Nolasco; sin embargo, los cautivos, no tanto materialmente hablando, sino desde el punto de vista espiritual, han aumentado hasta formar un número inmensamente mayor que el de los cristianos capturados por los musulmanes.
          Hoy en día, existen numerosísimos cautivos espirituales, prisioneros de las más diversas esclavitudes, unas peores que otras, las cuales se presentan disfrazadas de ídolos. Así, muchos son esclavos del ídolo del dinero; otros, del placer; otros, de la música indecente; otros, de la violencia; otros, de la droga; otros, del fútbol y de la política; otros, de la lujuria... La lista de las modernas esclavitudes es interminable, como interminables son los ídolos que el hombre mismo se fabrica, y como interminable es la sed de las pasiones desenfrenadas que estos ídolos despiertan en el hombre. Esta esclavitud moderna es inmensamente peor que la meramente física, porque aún cuando deje en libertad de movimiento el cuerpo, el espíritu es duramente aferrado y atenazado con lazos más duros que el acero, imposibles de romper por creatura alguna.

          Al igual que los mercedarios, que imitando a Jesucristo dieron sus vidas para la liberación de los cautivos, también nosotros, en nombre de Jesucristo y de la Virgen de la Merced, podemos y debemos ofrendar nuestras vidas en el altar eucarístico, uniéndonos a Cristo crucificado e inmolándonos por la liberación de nuestros hermanos, cautivos de tantos lazos y carceleros espirituales, para que obtengan la verdadera libertad, la libertad que da la gracia, la libertad de los hijos de Dios.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El Santísimo Nombre de María



          Una vez se escuchó en el cielo el siguiente diálogo entre las Personas de la Santísima Trinidad. Decía Dios Padre: "He decidido crear una creatura para que sea mi Hija, y esta creatura que será mi Hija será tan hermosa, que los ángeles del cielo, los más hermosos entre todos, palidecerán ante su presencia; la belleza de esta hija mía será tanta y tan grande, que la revestiré de sol, le pondré la luna bajo sus pies, y la coronaré de estrellas, para indicar que al tiempo que es mi Hija predilecta, es también la Reina del universo; dotaré a esta Hija mía predilecta de tanta hermosura, gracia, candor, y de innumerables dotes y cualidades, como de poder, y su poder será el mío propio, y será tanto su poder y su fuerza imbatible, que será llamada "Temible como ejército formado en batalla", y ante su solo nombre temblarán las potestades del infierno, y será tan grande su poder con la que la dotaré, que con su solo piececito de doncella, que aunque la Serpiente Antigua logre morderle su calcañal, mi Hija le aplastará su soberbia cabeza con tanta fuerza, que le parecerá a este Dragón del abismo, que soy Yo mismo, Dios Padre, quien pisa su cráneo contumaz; dotaré a esta Hija mía de tanto poder, que cuando los hombres invoquen su nombre con la Corona de Rosas pidiendo su intercesión, tendrá tanto poder ante Nosotros, que será llamada "Omnipotencia Suplicante", porque todo lo que Ella pida ante nuestra Majestad Trinitaria, le será concedido, en vistas de su hermosura, candor y gracia. Esta creatura, llena de mi gracia y de mi poder, será mi Hija predilecta.
          Luego de escucharse la voz de Dios Padre, que conmovió los cimientos de los cielos, habló Dios Hijo, y esto decía: "Yo contribuiré a tu creación, Padre amado, y haré que esta creatura que es tu Hija, sea al mismo tiempo mi Madre Virgen, porque Yo, que procedo de tu seno de Amor desde la eternidad, deseo encarnarme y nacer entre los hombres para salvarlos, pero para que Yo pueda encarnarme y nacer entre los hombres para ofrendar mi Cuerpo en la Cruz, necesito un seno materno virgen de purísimo Amor, y este será el seno de tu Hija, que será al mismo tiempo mi Madre Virgen; esta creatura asombrará a los ángeles y a los santos, porque al tiempo que permanecerá Virgen antes, durante y después del parto, será mi Madre, y será llamada "Madre de Dios", porque el Hijo que dará a luz en Belén, Casa de Pan, seré Yo, Jesús, el Hijo eterno del Padre, que nacerá en el tiempo de la Virgen Madre, para donar mi Cuerpo humano, tejido en el vientre materno de esta Admirable Madre mía, como Pan de Vida eterna para la salvación del mundo; esta creatura Maravillosa, que será mi Madre Virgen, será llamada "Diamante de los cielos" y "Roca luminosa que irradia la luz eterna", porque al igual que el diamante, que atrapa la luz en su seno para luego irradiarla, quedando intacto antes, durante y después de la emisión de la luz, así mi Madre Amantísima, me recibirá en su seno virginal a Mí, que soy la Luz Eterna e Increada que procede eternamente de Ti, Dios Padre, también Luz Eterna e Increada, y luego de recibirme en su amoroso seno materno, me revestirá de su carne y de su sangre, como hace toda madre con su hijo, y me dará a luz llegada la plenitud de los tiempos, convirtiéndose en Mi Madre amorosa y permaneciendo al mismo tiempo Virgen, y por este prodigio admirabilísimo, que no se vio ni volverá a verse nunca más, ni en el cielo ni en la tierra, será llamada, con asombro, por los ángeles y santos por los siglos sin fin, "Madre de Dios y Virgen Admirable". Esta creatura, que me amará con su mente y su Corazón Purísimos con el Amor trinitario, y me concebirá en su vientre virginal por este Amor, será mi Madre".
          Cuando terminaron de hablar Dios Padre y Dios Hijo, dijo Dios Espíritu Santo: "Esta admirable creatura, que será llamada "Hija de Dios Padre" y "Madre de Dios Hijo", será mi Esposa amantísima, y será llamada "Esposa de Dios Espíritu Santo". La dotaré de un Amor tan puro y excelso, que no habrá nada que no ame por Dios y en Dios, y Dios será su único y purísimo Amor, y cada suspiro suyo y cada respiración suya será un suspiro una respiración de amor por Dios, y su Corazón Inmaculado estará tan lleno de este purísimo Amor de Dios, que todo aquel que escuche sus latidos, escuchará sólo el Amor de la Trinidad, y a todo aquel a quien esta creatura hable, le hablará sólo del Amor de Dios y nada más que del Amor de Dios; su Mente Impecable, emitirá sólo los pensamientos del Pensamiento divino, que son pensamientos de Amor; su Corazón Inmaculado, latirá sólo con el ritmo del Amor divino; su Cuerpo Inmaculado, alojará sólo y exclusivamente al Amor de Dios encarnado, Cristo Jesús, y así esta creatura Espléndida, para cuya hermosura no hay palabras en el lenguaje humano que puedan ni siquiera mínimamente describirla, será llamada "Sagrario viviente del Amor divino" y "Tabernáculo Purísimo del Amor de Dios". Esta creatura, así tan llena de Mí, Espíritu Santo, que con su Amor y Pureza sin Par y con su Candor inigualable, enamorará a quien la contemple, será mi Esposa Purísima y Amantísima".

          Y entonces, habiendo terminado de hablar Dios Espíritu Santo, las Tres Santísimas Personas de la Trinidad dijeron al unísono: "Su nombre será María".

jueves, 22 de agosto de 2013

Santa María Reina



          Es propio de una reina terrenal llevar una corona, pero María Santísima no es una reina terrenal, sino una reina de cielos y tierra, por lo que merece, más que ninguna reina en la tierra, una corona y la mejor de todas.
          Las coronas de las reinas terrenales están hechas de materiales preciosos y costosísimos: oro puro, plata refinada, diamantes, rubíes, engarces de brillantes.  La corona representa y simboliza su condición real, su nobleza, su autoridad y su soberanía, y cuanto más costosa y preciosa es la corona, tanto más grande es el poder de la reina.
          Como Reina, la Virgen María posee una corona infinitamente más valiosa que las coronas de las reinas terrenales, y no aunque no está hecha de materiales preciosos como el oro, la plata, los rubíes y los diamantes, su valor es incalculablemente más grande, porque es una corona hecha de luz celestial, de gloria divina: es la corona de la gloria de su Hijo Jesús, que Él en persona coloca sobre su majestuosa cabeza. La corona de luz y de gloria divina que recibe María Virgen, es una participación a la gloria de su Hijo, que es Dios encarnado, muerto y resucitado para salvar a los hombres, y la Virgen la ha merecido por haber participado en la Pasión de su Hijo, acompañándolo a lo largo del Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, y también por haber participado -aunque sin llevarla materialmente- de los dolores de Jesús al ser coronado de espinas. La Virgen sufrió en su espíritu purísimo y en su Corazón Inmaculado, el dolor lacerante producido por las agudas espinas de la corona de su Hijo, y para agradecerle por su amor materno, Jesús ahora la recompensa con la corona de gloria y de luz eterna.

          Esta Virgen hermosísima, que llevó espiritualmente y en su Corazón Purísimo los dolores de la corona de espinas de su Jesús, y que ahora y para siempre, en el cielo, lleva una corona de luz divina, hecha de la misma gloria de su Hijo Jesús. Y puesto que esta Reina amorosísima es también nuestra Madre amantísima, la Virgen también quiere que sus hijos -nosotros- seamos también coronados de gloria como Ella en el cielo. Pero la Virgen Reina nos enseña que no recibir la corona de luz en el cielo, que es participación a la gloria divina de Jesús, si antes no participamos, en esta vida terrena, de la corona de espinas de su Hijo. 

jueves, 15 de agosto de 2013

Asunción de María Santísima



(15 de agosto de 2013)
         Luego de la rebelión de los ángeles malos, los ángeles de Dios, los ángeles de luz, aquellos que habían combatido a las órdenes de San Miguel Arcángel contra el Príncipe de las tinieblas y sus secuaces, contemplaron con asombro espectáculos maravillosos jamás vistos en el cielo: contemplaron la Ascensión del Hombre-Dios, quien luego de su Pasión, Muerte y Resurrección, ascendía glorioso y triunfante a los cielos, para sentarse a la derecha de Dios Padre, y contemplaron también otro espectáculo, no menos maravilloso y asombroso: vieron en el cielo una gran señal, vieron aparecer en el cielo, rodeada y escoltada por miríadas de compañeros suyos, es decir, de ángeles de luz, a una Mujer, indescriptiblemente hermosa, Purísima, cuya belleza celestial los dejaba sin palabras; esta Mujer, Toda Pulcra y Hermosa, estaba revestida de la luz del Sol, pero no del astro sol, cuya luz en comparación con la de esta Reina celestial era más bien una oscura sombra: estaba revestida con la luz de la gloria del Sol de justicia, Jesucristo, el Hombre-Dios, y esta luz que era la gloria divina, originándose en el Sol celestial que es Jesucristo, inundaba su alma y de su alma se derramaba sobre su cuerpo inmaculado, el cual de esta manera quedaba transfigurado, permitiendo así el cuerpo de esta Señora Admirabilísima, transparentar la luz divina que inundaba su alma desde su Inmaculada Concepción, y esta escena les hizo recordar a los ángeles cómo Jesucristo, en el Monte Tabor, había dejado resplandecer, a través de su Cuerpo, su gloria divina, la que el Padre le había donado desde toda la eternidad; los ángeles del cielo vieron, además, con estupor sagrado, cómo esta Mujer, uno de cuyos títulos era “Madre de Dios”, tenía la luna bajo sus pies, en señal de que toda la Creación, visible e invisible, estaba bajo su majestad, debido a su condición de ser la Doncella sin mancha, la Madre del Verbo de Dios encarnado, la Virgen Purísima y Santísima, de cuya hermosura sin par hasta el mismo Dios, Uno y Trino, había quedado prendado, y así los ángeles supieron que esa Señora Bellísima, Purísima, Hermosísima, Inmaculada, que ascendía a los cielos revestida de luz y con la luna a sus pies, era también su Reina; por último, los ángeles del cielo, extasiados de gozo y alegría ante la vista de tan Hermosa Señora, Madre del Amor hermoso, vieron como su Rey, el Rey de los ángeles, Jesucristo, coronaba a esta Admirabilísima Madre y Virgen, con una luminosa corona de doce estrellas, que estaba formada en realidad por la luz de la gloria divina, y esto lo hacía su Hijo en agradecimiento a su Madre, que tan valerosamente lo había acompañado a lo largo del Calvario, participando de sus dolores y amarguras, y ahora la recompensaba nombrándola Reina y Señora de todo lo creado y Madre de la Iglesia.
Vieron también que a esta Gran Señora, le era dada, por la mismísima Santísima Trinidad, la participación en el poder omnipotente del Ser trinitario, poder con el cual esta Señora habría de aplastar, al fin de los tiempos, la soberbia cabeza del Dragón, la Antigua Serpiente, quien de ahora en más temblaría de terror y pavor, con todo el infierno, ante la sola mención del Santísimo Nombre de María.
Y esto que los ángeles vieron, con asombro extasiado en el cielo, fue el día en el que la Madre de Dios, no contaminada desde su Concepción Purísima por la mancha del pecado original, se Durmió y, al despertar, se encontró en el cielo, rodeada de ángeles que le hacían fiesta, al tiempo que veía a su Hijo acercarse con los brazos abiertos, para recibirla en el cielo para siempre.

Entonces fue que el Apóstol Juan, inspirado por el Espíritu Santo, escribió el Versículo uno del Capítulo 12 del libro del Apocalipsis, acerca de su Madre, Incorrupta y Virgen antes, durante y después del parto, esta frase memorable que asombró, asombra y asombrará a los hombres hasta el fin de los tiempos, e incluso lo seguirá haciendo por toda la eternidad: “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”.

lunes, 15 de julio de 2013

Nuestra Señora del Carmen

Virgen del Carmen
          El 16 de julio del año 1251, la Madre de Dios se le apareció al entonces superior de los carmelitas, San Simón Stock y, enseñándole el escapulario, le dijo: "El que muera con el escapulario puesto, no padecerá el fuego eterno". Por este solo hecho, el Escapulario de la Virgen del Carmen es un gran don de la Divina Misericordia, ya que no solo significa no sufrir el fuego del infierno, sino que implica nada menos que tener el cielo asegurado, porque la misma Virgen promete que Ella acudiría al siguiente sábado de la muerte del devoto del escapulario, a rescatarlo del Purgatorio. Usando el escapulario, nos aseguramos el cielo y, si debemos ir al Purgatorio, nos aseguramos de no estar allí más de seis días, según las promesas de la Virgen. Sin embargo, su uso está supeditado al propósito de vivir en estado de gracia y evitar el pecado, tanto el mortal como el venial.
          Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el escapulario NO salva por sí solo como si fuera algo mágico o de buena suerte, ni es una excusa para vivir en pecado y no hacer el esfuerzo por vivir la vida de la gracia, porque no es una especie de objeto dotado de poderes sobrenaturales que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos.
          Los Papas y Santos han muchas veces alertado acerca de no abusar de la promesa de nuestra madre como si nos pudiéramos salvar llevando el escapulario sin conversión. El Papa Pío XI nos advierte: "Aunque es cierto que la Virgen María ama de manera especial a quienes son devotos de ella, aquellos que desean tenerla como auxilio a la hora de la muerte, deben en vida ganarse dicho privilegio con una vida de rechazo al pecado y viviendo para darle honor".
          Vivir en pecado y usar el escapulario como ancla de salvación es cometer pecado de presunción ya que la fe y la fidelidad a los mandamientos es necesaria para todos los que buscan el amor y la protección de Nuestra Señora.
          El Papa Pío XII habló frecuentemente del Escapulario. En 1951, aniversario 700 de la aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, el Papa ante una numerosa audiencia en Roma exhortó a que se usara el Escapulario como "Signo de Consagración al Inmaculado Corazón de María" (tal como pidió la Virgen en Fátima): "Que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos".  
          En una de las apariciones más importantes de la Virgen, las apariciones en Fátima, según la Hermana Lucía, una de las videntes, cuando la Virgen se apareció en la sexta y última aparición, el 17 de octubre de 1917, lo hizo vestida de con el hábito carmelita y con el escapulario en la mano, como modo de recordar que sus hijos deben llevarlo como signo de la consagración.
          Se llama "escapulario" porque deriva de la palabra "escápula" que significa "hombros", debido a que era el hábito de trabajo que se colocaban los monjes sobre sus hombros. Cuando la Virgen se le apareció a San Simón Stock, le dio el escapulario como un hábito en miniatura, que habrían de llevar sus hijos devotos, como signo externo de la consagración de sus corazones a su Corazón Inmaculado. Usar el escapulario significa entonces llevar el hábito de la Virgen del Carmen y ser envueltos por su manto misericordioso, además de ser un signo de pertenencia -consagración- al Inmaculado Corazón de María.
          El solo hecho de experimentar el deseo de llevarlo y, todavía más, recibir la imposición del escapulario del Carmen, demuestra la acción de la gracia divina que obra en el corazón encendiéndolo en el Amor de Dios, porque el escapulario, como sacramental, si bien no nos comunica la gracia como los sacramentos, cuando es llevado con amor y devoción, predispone el corazón a recibir el Amor de Dios, al tiempo que le concede la gracia de la detestación del pecado, de la mentira, del mal y del engaño. Por el escapulario, el alma recibe el amor y la protección maternal de María, porque significa que la Virgen envuelve al alma en su manto y la arropa, así como una madre envuelve y arropa al niño recién nacido, para protegerlo de todo peligro. El escapulario significa también el suave yugo de Cristo, que es lo que Él pide en el Evangelio: "Cargad con mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 28-29).