lunes, 18 de noviembre de 2019

La Presentación de María Santísima


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          Según una antigua tradición, la Virgen María fue presentada al Templo a la edad de tres años[1]. La celebración concentra su mirada en la dedicación a Dios que hizo la Virgen de sí misma a lo largo de toda su vida. La razón por la cual la Virgen Santísima fue llevada al Templo a tan corta edad, para vivir allí una vida de total consagración a Dios, se encuentra en su condición de ser Ella la Inmaculada Concepción, la concebida sin la mancha del pecado original. Como consecuencia de haber sido creada no solo sin que el pecado la afectase mínimamente, sino al mismo tiempo como Llena de gracia e inhabitada por el Espíritu Santo, la Virgen no tuvo, desde su nacimiento, otro deseo y otro pensamiento en el corazón que el de servir a Dios, consagrando a Él su vida desde el inicio. Por esta razón, para poder cumplir con este anhelo de la Virgen de querer amar y servir a Dios de cuerpo y alma, con todo su ser, desde que nació, es que sus padres, los santos Joaquín y Ana, la llevaron al Templo a la edad de tres años, para que allí pudiera cumplir aquello que era un deseo que llevaba impreso en lo más íntimo y profundo de su Inmaculado Corazón. Había muchas vírgenes consagradas en el Templo, pero ninguna fue consagrada a tan temprana edad; además, las demás vírgenes, aun cuando tuvieran grandes deseos de amar y servir a Dios, debían luchar contra la concupiscencia del pecado, lo cual no ocurría con la Virgen, puesto que Ella había sido concebida sin el pecado original, además de ser la Llena de gracia e inhabitada por el Espíritu Santo. Desde los tres años, en que ingresó al Templo, la Virgen estuvo consagrada y dedicada al servicio y adoración de Dios, aunque este deseo lo llevaba ya impreso, como dijimos, en lo más profundo de su ser, desde su Inmaculada Concepción. Y este servicio y esta adoración de Dios la llevó a cabo la Virgen no solo en la niñez, sino durante toda su vida, dando su “Sí” ante el Anuncio del Ángel en la Encarnación del Verbo y luego ofrendando su vida entera al cuidado de su Hijo Jesús, hasta que Él tuvo la edad suficiente para salir a predicar públicamente. Sin embargo, ni siquiera entonces la Virgen dejó de servir y adorar a su Hijo, Dios Hijo encarnado, porque si bien no participó físicamente de su Pasión, sí participó moral, espiritual y místicamente de la misma, por lo que la Virgen es llamada Corredentora de los hombres, en asociación y participación a la corrredención de su Hijo Jesús.
          Puesto que somos hijos de la Virgen, estamos llamados a imitar a Nuestra Madre del cielo; por esta razón, independientemente de nuestro estado de vida, debemos también tener el deseo de consagrarnos a Dios a través del Inmaculado Corazón de María y para ello, debemos siempre procurar vivir en gracia –así la imitaremos en su condición de Llena de gracia-, tener una aversión al pecado –la imitaremos en su condición de libre del pecado original- y tener un gran deseo de amar, servir y adorar a Dios Uno y Trino, desde ahora hasta el fin de nuestros días terrenos, tal como lo hizo la Virgen Santísima. Y así obtendremos el premio que Dios reserva para los que lo adoran, aman y sirven, el Reino de los cielos, en compañía de María y Jesús.




[1] Cfr. Misal Romano, Fiesta de la Presentación de la Virgen.

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