lunes, 11 de abril de 2011

Oremos con el icono de la Madre de Dios La Zarza ardiente



En el icono llamado “La zarza ardiente”, la Madre de Dios aparece dentro de una estrella de ocho puntas, formada por cuadrángulos de ángulos agudos y lados cóncavos. Uno de ellos es rojo, como símbolo del fuego que envuelve al arbusto, y el restante, de color verde, simboliza al arbusto. En el centro, dentro de un círculo, está la Madre de Dios Theotokos con el Niño Dios Pre-eterno; alrededor de ellos hay representaciones de animales mencionados en el Apocalipsis —un león, un águila y un cordero—, además de ángeles con sus atributos simbólicos: Miguel (Quien es como Dios), con un cetro; Rafael (Medicina de Dios), con un alabastro; Uriel (Luz de Dios), con una espada de fuego; Salaphiel (Alabanzas a Dios), con un incensario, y Barachel (Bendición de Dios), con un ramo de uvas. La Madre de Dios sostiene en sus manos una escalera, que simboliza el camino que conduce a los creyentes al Cielo.
El episodio de la zarza que arde pero que no se consume
Para rezar con este icono debemos remontarnos a la Sagrada Escritura, en el pasaje del libro del Exodo en donde se habla de la zarza ardiente. Dice así este pasaje: “Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El ángel de Yahveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Dijo, pues, Moisés: ‘Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza’. Cuando vio Yahveh que Moisés se acercaba para mirar, lo llamó de en medio de la zarza, diciendo: ‘¡Moisés, Moisés!’ El respondió: ‘Heme aquí.’” (3, 1-3).
En el pasaje de la Escritura, un fuego arde en una zarza, sin consumirla, lo cual ya nos habla de un prodigio divino, pues lo natural sería que se consumiera por la acción del fuego. ¿Qué es este fuego prodigioso?
En el relato notamos que la zarza o arbusto no arde porque el fuego que está en ella no es un fuego material, ya que es “el ángel de Dios”, y el ángel de Dios es un ser espiritual y puro, por eso la zarza no se consume. Es decir, Moisés ve un fuego, pero ese fuego en realidad es el ángel de Dios, y como éste es un ser espiritual, no consume a la zarza, que es material. El prodigio divino es doble: el fuego no consume a la zarza, la zarza no arde porque el fuego es un fuego espiritual, ya que es “el ángel de Yahveh”.
Significado del episodio bíblico
¿Qué simboliza este episodio? Muchos autores ven en la zarza ardiente una prefiguración de la Virgen María, y haciéndose eco de esta interpretación, es que el icono toma el pasaje de la Escritura para aplicarlo a la Madre de Dios. De esta manera, el icono toma el nombre y la simbología del episodio de la Escritura, y lo aplica a Virgen: Ella, al igual que la zarza de la Escritura, arde sin consumirse en un fuego espiritual, el fuego del Espíritu Santo, el Amor de Dios. Por este motivo es la Llena de gracia, porque no solo contiene la plenitud de la gracia, sino al Autor de la gracia, el Espíritu Santo. Este último hecho origina otro de los nombres que recibe María: debido a que el Espíritu Santo es llamado Todo Santo —Panaghion, en griego—, la Virgen, Esposa del Espíritu Santo, y Llena de El, es llamada Toda Santa, Panaghia.
Según este icono, la zarza ardiente de la Escritura (cf. Ex 3, 1-4) es un símbolo de la Madre de Dios: la Madre de Dios es la zarza, el fuego que arde en ella sin consumirla es el Espíritu Santo, y aquello que surge de esta zarza que arde sin consumirse es el Hijo de Dios.
Así como lo zarza no se consume ni queda reducida a cenizas por el fuego, así la humanidad de María Santísima no se consume ni se aniquila debido a la presencia del Espíritu Santo en Ella, fuego divino que arde sin consumir.
Y así como la zarza con el fuego no solo da calor a quien se acerca a ella, sino que alumbra con la luz de la llama, así quien se acerca a María se ve cobijado por el fuego del amor de su Corazón inmaculado e iluminado por la luz que irradia su ser entero inhabitado por el Espíritu de Dios.
La zarza y el fuego, la Madre de Dios y el Espíritu
La zarza arde en el desierto y da luz y calor; María, llena del Espíritu Santo, arde en el desierto de la vida humana y da la luz y el calor que provienen de su interior, la naturaleza divina de su Hijo Jesús, Unigénito de Dios.
De la misma manera, así como en la zarza que arde en las llamas se escucha, desde esas mismas llamas, la voz del Dios Unico, Yahvéh, revelando su Palabra: “Yo Soy”, así, desde la humanidad de María, ardiente en el fuego del Espíritu, se escucha la voz de Dios Hijo, que la ilumina y le comunica de su fuego, diciendo: “Yo Soy”.
El fuego de la zarza, siendo fuego real y no imaginario, deja intacta a la zarza, sin consumirla ni reducirla a cenizas; el fuego del Espíritu, siendo fuego divino, real y no imaginario, metafórico o simbólico, deja intacta a la Virgen María, sin consumirla ni reducirla a cenizas.
Por otra parte, así como la luz y el calor se irradiaban de la zarza sin dañarla y sin alterarla en su substancia, permaneciendo en su integridad, así la luz y el calor del Espíritu se irradian desde la Virgen sin dañarla y sin alterarla en su substancia, permaneciendo la Virgen en su integridad antes, durante y después de dar al mundo a la Luz inaccesible, Jesús encarnado.
La zarza con su luz ilumina el desierto como un prodigio celestial; la Virgen María con su luz, la luz de su Hijo Jesucristo, el Cordero que es la lámpara de la Jerusalén celestial, la luz que se irradia desde el Sacramento del altar, como un prodigio celestial, permanece a lo largo de la historia humana, iluminándola con el esplendor divino.
Así como la zarza del libro del Exodo ardía sin consumirse porque el fuego era en realidad el ángel de Dios, así en el caso de la Madre de Dios, el fuego que arde en el interior de la Virgen María, sin consumirla, es un fuego espiritual, sobrenatural, es el Espíritu Santo. Pero también el fruto del seno virgen de la Madre de Dios es fuego, porque el Hijo lo es, porque es fuego su divinidad, la divinidad que enciende con su contacto a su humanidad, a su cuerpo y su alma, en el seno de María. Es esto lo que dice el himno del icono: “Así como la zarza ardía pero no se consumía, así Tú diste nacimiento permaneciendo virgen” (Himno Oktoechos, segundo tono). La zarza entonces es la humanidad de la Madre de Dios; es la Madre de Dios, en su persona humana, que está inhabitada por el fuego de Dios, el Amor divino, el Espíritu Santo, que está en Ella ardiendo con el amor eterno de la divinidad, sin consumirla, sin que pierda su virginidad, y de esta zarza ardiente, de esta zarza que es la Virgen, surge el Hijo eterno del Padre, Dios Hijo, como Niño Dios. Y ese Niño es también fuego de amor eterno, porque es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo.

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