En las apariciones de la Virgen bajo la
advocación de “Rosa Mística”, la Virgen se aparece con tres rosas en el pecho,
las cuales simbolizan la oración, la adoración y la reparación y por esto mismo
vamos a reflexionar brevemente sobre qué es lo que entendemos como “oración”. Sin
embargo, antes de comenzar a reflexionar acerca de la oración en sí misma, es
necesario que nosotros, los católicos, tengamos en cuenta aquello que es el
fundamento de nuestra fe: Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas; estas
Tres Divinas Personas, que son un solo Dios y no tres, son iguales en majestad,
gloria, honor y poder, porque las Tres poseen el mismo Acto de Ser divino y la
misma Naturaleza divina; de estas Tres Divinas Personas, fue la Segunda, la
Persona del Hijo, la que se encarnó en el seno de María Virgen y padeció y
murió en cruz para nuestra salvación, y habiendo resucitado y ascendido al
cielo, prolonga su Encarnación en la Eucaristía, para cumplir su promesa de
“estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo” y para donársenos
como Pan Vivo bajado del cielo, que alimenta al alma con la vida eterna de Dios
Trinidad.
Es esto lo que debemos tener en cuenta
los católicos al hablar de “oración a Dios”, que nuestro Dios, el Dios que se
auto-revela en Jesús de Nazareth, no es ni una energía cósmica, al estilo de la
Nueva Era, ni un Dios solamente Uno pero no Trino –demás está decir que
respetamos a quienes no profesan nuestro credo-, ni tampoco es un dios que
comparte su majestad y gloria con otros dioses, etc. Es necesario hacer esta
breve introducción, para que así seamos capaces de tener un punto de partida
firme en lo que a oración dirigida al Único y Verdadero Dios se refiere, ya que
la oración la pueden hacer, como dijimos, practicantes de la Nueva Era e
incluso hasta los satanistas hacen oración, pero la verdadera oración es la
católica, dirigida al Verdadero Dios, Uno y Trino.
Teniendo en cuenta esto, nos preguntamos: ¿qué es la
oración? Ante la pregunta, nos responden los santos: “Para mí, la oración es un
impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de
reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría”[1].
“Impulso del corazón”: la oración nace del corazón,
sede del amor en la persona, porque es diálogo de amor con Dios, que “es Amor”.
No se puede orar si no hay amor a Dios, y si se ora sin amor, es oración vacía
y hueca, sin su contenido esencial, que es el amor a Dios. Y al revés, cuanto
más amor hay, más profunda y sincera es la oración.
“Mirada al cielo”: es un contenido esencial de la
oración, porque Dios no es igual a nosotros, está en su trono de majestad en el
cielo, y está en su trono de majestad en la cruz. Para orar, es necesaria la
humildad, para reconocer que no somos Dios y que necesitamos de Él en todo
momento, hasta para respirar. La humildad y la auto-humillación delante de Dios
crucificado, Jesucristo, es indispensable para la oración, porque Dios no
escucha la oración del soberbio.
“Grito de reconocimiento”: quiere decir que el alma
reconoce a Dios Uno y Trino como a su Creador, Redentor y Santificador. En el
inicio de la oración, se debe dar este reconocimiento a Dios Trino, de que
dependemos de Él, porque Él nos creó, nos redimió en la cruz y nos santifica
por la gracia que se nos dona en los sacramentos. El “grito de reconocimiento”
es, por lo tanto, triple.
“Y amor”: es, como decíamos, el contenido esencial de
la oración, porque si no hay amor, no hay oración. Ahora bien, en el católico,
este amor no es solamente el amor natural a Dios, es el Amor que Dios comunica
al alma, despertando el deseo de amar a Dios, y es este el origen de la oración
cristiana: Dios llama al hombre con su Amor, y el hombre debe responderle con
el amor hecho oración.
“Tanto desde dentro de la prueba como en la alegría”:
la oración es diálogo de amor, tanto en el gozo, como en la tribulación.
Por último, podemos agregar que la oración -así
entendida, en su verdadero sentido y significado- es al alma lo que la
respiración al cuerpo: si el cuerpo no respira, se muere; si el alma no reza al
Verdadero y Único Dios Jesucristo, se muere. La oración católica -Santo
Rosario, Adoración Eucarística, Santa Misa, jaculatorias, etc.- es vida divina
trinitaria para el alma.
[1] Cfr. Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrit C, 25r: Manuscrists
autohiographiques, Paris 1992, 389-390; http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p4s1_sp.html

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