viernes, 6 de enero de 2012

Los misterios de la Virgen María (I) La Epifanía de María



     "Epifanía" quiere decir manifestación, y la Epifanía que celebramos en la Iglesia es la de Jesús, el Niño Dios, en Belén. Se refiere a la manifestación visible de la gloria de Dios en el Niño de Belén: siendo Dios, y por lo tanto, Espíritu purísimo, invisible a los sentidos e imperceptible, se encarna, se hace carne de niño, y se aparece a los ojos del mundo como un Niño, volviéndose de esta manera visible y perceptible por los sentidos.
            El Dios invisible se reviste de carne y viene en a nosotros en Belén; de esa manera, quien contempla al Niño de Belén, no ve a un niño más entre otros: contempla la gloria de Dios, que se nos manifiesta de un nuevo modo, desconocido, para el hombre. Quien ve al Niño Dios, como los pastores y como los Reyes Magos, ve a Dios y la gloria de Dios que surge de su Ser divino como de su fuente. Es en esto en lo que consiste la Epifanía, y es imposible vivir esta manifestación de la gloria de Dios en el Niño con los ojos del cuerpo: se necesitan los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe.
            Pero hay otra Epifanía, igualmente grandiosa que la del Niño de Belén, y es la Epifanía o manifestación de María. Quienes veían a María, la veían como a una doncella hebrea, una más entre tantas, destacable con toda seguridad por su hermosura, por su calidez, por su amabilidad, y por muchísimas otras cualidades más, pero no la veían más que como a una mujer hebrea entre otras. Y sin embargo la Virgen María se manifiesta a los ojos de la fe, como la Mujer que está al inicio y al final de las Escrituras, como la Mujer del Génesis y como la Mujer del Apocalipsis; se manifiesta como Aquella que aplastará la cabeza de la serpiente infernal; se manifiesta como la Mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies, que triunfa del dragón, que fracasa en el intento de matar al Hijo de sus entrañas, el Niño Dios; se manifiesta también en la Pasión, como la Mujer que se mantiene de pie en la Cruz, acompañando a su Hijo Dios que agoniza, y lo hace porque posee la fortaleza misma de Dios; se manifiesta como la Mujer que se convierte en Madre de toda la humanidad, porque adopta, por pedido de su Hijo, a todos los hombres, para darles a todos los hombres el amor y los cuidados maternales que dio a su Hijo Jesús. Y así como fue Ella quien trajo al mundo a su Hijo en su Primera Venida y preparó el establo de Belén, el lugar de su nacimiento físico, así también, dicen los santos, será Ella quien preparará los nuevos pesebres de Belén, los corazones de los hombres, hechos nuevos por la gracia, para que sea allí recibido su Hijo en su Segunda Venida.
            Al igual que en la Epifanía de Jesús, cuya gloria divina no puede ser contemplada si no es con los ojos de la fe, tampoco puede ser contemplada sin fe esta epifanía de María, esto es, la contemplación de la Virgen como la Mujer victoriosa del Génesis y del Apocalipsis, como la Mujer de la fuerza de Dios en la Cruz, como la Mujer Madre de todos los hombres.

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