En
la ceremonia del Acies –uno de los actos públicos de la Legión, según lo relata
el Manual del Legionario[1]-,
hay que considerar dos aspectos: por un lado, el significado de la reunión bajo
esta particular convocación; por otro, la fórmula que el legionario, aferrado
al vexillium, pronuncia solemnemente.
Con respecto al Acies, el Manual del Legionario enseña que es una “voz latina
que significa un ejército en orden de batalla”[2]
y que, como tal, se diferencia del praesidium,
en el que la Legión se encuentra abocada a sus tareas específicas[3].
Es decir, en el Acies, la Legión se reúne “como un ejército formado para la
batalla”, lo cual es, en sí mismo, una imitación de la Virgen, según la
descripción que de Ella hace San Alfonso: “María es el espanto de los poderes
infernales. Es “terrible como un ejército en orden de batalla” (Cant 6, 10), porque sabe desplegar con
estrategia su poder, sus oraciones y su misericordia para la derrota del
enemigo y para triunfo de sus siervos”. En la ceremonia del Acies, entonces, la
Legión se reúne bajo el estandarte de María como un ejército espiritual, así
como un ejército terreno se reúne bajo la bandera nacional a las órdenes de su
general; al hacerlo, la Legión, además de imitar a la misma Virgen, recibe de
Ella “fuerza y bendición”[4]
y se pone a sus órdenes para combatir al enemigo. ¿Cuál es el enemigo? El Manual
del Legionario lo dice: “las fuerzas del mal”, las cuales no están compuestas
por personas de carne y hueso sino, como dice San Pablo, sino que se trata de los
ángeles caídos, “las malignas potestades de los cielos”: “Nuestra lucha no es
contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra
los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales
de maldad en las regiones celestiales” (Ef 6, 12). Se trata entonces de una convocatoria espiritual, para
recibir la fuerza y la bendición de la Virgen, para de esta manera combatir al
enemigo espiritual, las fuerzas del mal, los ángeles apóstatas. Pero no debemos
olvidar que el mal está en nuestros propios corazones, como dice Jesús en el
Evangelio: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas”
(cfr. Mt 7, 21), por lo que la lucha
es también y principalmente, contra nosotros mismos, contra nuestra indolencia,
nuestra pereza, nuestra falta de amor al prójimo, contra nuestras malas
inclinaciones en general.
Y
es por estas razones por las cuales adquiere todo su sentido la fórmula de la
consagración personal a la Virgen en la ceremonia del Acies: “Soy todo tuyo, Reina
mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”, porque esta consagración esta constituye
para el legionario una renovación en su misión espiritual de imitar a María con
el fin de que la Virgen instaure el Reino de su Hijo en el mundo. El hecho de
que el legionario tome con su mano el vexillium
o estandarte de María tiene un profundo significado espiritual porque es,
literalmente, colocarse uno bajo el estandarte victorioso de María Santísima; significa
que el legionario, libre y voluntariamente, se alista en las filas del Ejército
de María para luchar “contra las fuerzas del mal” directamente bajo las órdenes
de la Virgen (en realidad, lo libre es la respuesta a la gracia recibida, la de
integrar el ejército mariano). Es por esto que el Acies no es una mera ceremonia
piadosa de una cofradía devota: es la misma Virgen María quien, invisible a los
ojos del cuerpo, pero presente en cuerpo y en espíritu, congrega a sus elegidos
y les toma, Ella en persona -a través de los encargados de la Legión- esta renovación
de la consagración de sus hijos y la toma como hecha especialmente a su
Inmaculado Corazón. Por el Acies, el legionario renueva su “unión y dependencia”[5]
con la Virgen: unión, porque se une más estrechamente al Corazón de María;
dependencia, porque para cumplir la misión asignada, depende en todo de la
Virgen, que es Mediadora de todas las gracias. Y en la ceremonia, junto a la
Virgen, están los ángeles, de quienes la Virgen es Reina, y también está su
Hijo Jesucristo, el Hombre-Dios, de modo que toda la corte celestial, pero
sobre todo el Rey de los cielos, Jesucristo, y la Reina de los cielos, la
Virgen, son testigos de esta ceremonia y consagración. Por medio de la ceremonia
del Acies, entonces, el legionario queda bajo las órdenes de la Virgen, lo cual
quiere decir que está más protegido por Ella, pero también significa que sus
faltas –por ejemplo, la acedia o pereza espiritual, que lleva a no cumplir con
las oraciones prescriptas, o la pereza corporal, que lleva a desentenderse de
las obligaciones del deber de estado, o la indiferencia hacia las obligaciones que
implica la Legión-, le provocan a la Virgen un dolor agudo y profundo en su
Inmaculado Corazón, porque las faltas o pecados de los consagrados son para
Ella mucho más dolorosas que las faltas o pecados de quienes no están
consagrados. Para que nos demos una idea de cómo son los dolores que
experimenta la Virgen cuando se trata de tibieza, indiferencia o incluso
imperfecciones de sus consagrados, recordemos a la Virgen en sus apariciones en
Fátima: la corona de espinas que rodea a su Inmaculado Corazón representa los
pecados de sus hijos, y las espinas más gruesas, representan los pecados de los
consagrados, entre ellos, los legionarios. La Virgen, entonces, sufre en su
Corazón por las faltas de los legionarios, por pequeñas que sean, y si la
Virgen sufre, también sufre la Legión, porque la Legión está en el Corazón de la
Virgen. Entonces, cuando un miembro de la Legión falla en sus deberes y en sus
obligaciones, no solo se resiente toda la Legión, sino que es la Virgen la que,
en persona, sufre en su Inmaculado Corazón. Y si la Virgen sufre por la tibieza
de sus hijos consagrados, los legionarios, el que pone remedio al dolor de su
Madre es su Hijo, Jesucristo: “A los tibios los vomitaré de mi boca” (Ap 3, 16). Que María Santísima incendie nuestros corazones en el fuego de Amor que envuelve su Inmaculado Corazón, para que evitemos siempre la tibieza espiritual.
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