La imagen y la devoción de Nuestra Señora de Itatí
constituyen una evidente manifestación divina, que por medio de la Madre de
Dios, bajo la advocación de la “Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de
Itatí”, acude en auxilio de las almas que no conocen la Luz de Dios,
Jesucristo, y viven inmersas en las oscuridades del paganismo. Desde sus
inicios, el amor maternal de María Santísima se hizo evidente por medio de
numerosos signos y prodigios obrados a través de la imagen -tallada en madera
por un indígena del Alto Paraná[1]-, como
por ejemplo, cuando después de haber desaparecido la imagen, luego de una
incursión de los indios, fue también un grupo de indios el que la encontró “sobre
una piedra (Itatí en guaraní significa “punta de piedra”) rodeada de una luz
muy brillante y acompañada de una música sobrenatural”[2],
quedando cautivados por la hermosura de María, que de esa manera milagrosa se
les manifestaba exteriormente, pero sobre todo, la Madre de Dios se daba a
conocer interiormente, por la gracia, en el alma y en el corazón de cada uno de
los indígenas que habían descubierto su imagen.
Después
de ser trasladada a la nueva y definitiva reducción en 1615 –la cual tomó el
nombre de “Pueblo de Indios de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de
Itatí”- que con el tiempo, comenzó a conocerse simplemente como Itatí, fueron
constantes tanto los milagros como las transfiguraciones de la sagrada imagen,
tal como lo relatan los historiadores: “En la Semana Santa de 1624 tiene lugar
la primera transfiguración de la Virgen, que duró varios días. Gamarra relata
en un documento de la época: “… se produjo un extraordinario cambio en su
rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto”. Las
transfiguraciones se repitieron a lo largo de los años, y en ocasiones también
se oyó esa música sobrenatural de la que habían hablado los indígenas que
encontraron la imagen”[3]. Continúa
el historiador: “Los milagros y las curaciones son incontables, pero quizás el
más increíble y espectacular haya ocurrido en 1748. En ese año hubo un gran
malón que buscaba destruir y saquear el poblado, pero cuando los indios
llegaron a las puertas de Itatí, se abrió ante ellos una ancha y profunda zanja
que les impedía el paso. Ante este hecho se retiraron despavoridos, y los
habitantes del lugar acudieron entonces a la capilla agradecer a su Patrona”[4].
Sin
embargo, podemos decir que los milagros más resonantes de la Virgen de Itatí no
son los visibles, como las transfiguraciones, músicas sobrenaturales y
movimientos de tierra, sino las conversiones interiores del corazón, que por la
acción de la Madre de Dios, se convertían, desde la oscuridad del paganismo, a
la Luz de Dios, Jesucristo, Luz eterna e Increada.
Nuestra
Señora de Itatí fue, de esta manera, el alma de la evangelización, pues a
través de Ella, Mediadora de todas las gracias, la Iglesia, por medio de los
religiosos de diversas órdenes, no solo rescató a los pueblos indígenas del
paganismo, de la barbarie, la poligamia y la idolatría, sino que les llevó la
Buena Noticia de Jesucristo, el Hombre-Dios, el Redentor.
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