sábado, 24 de agosto de 2019

El Legionario y la Eucaristía 2



La Misa (2)
         ¿Qué es la Misa? ¿Por qué tiene tanta importancia para la Iglesia y por supuesto para el legionario? Afirma el Manual del Legionario que “La Misa no es una mera representación simbólica del Calvario, sino que pone real y verdaderamente entre nosotros aquella acción suprema, que tuvo como recompensa nuestra redención”[1]. ¿Y cuál es la “acción suprema” que nos valió la redención? El Santo Sacrificio de la Cruz. Es decir, en la Misa está el Santo Sacrificio de la Cruz, el mismo y único sacrificio del Calvario, del Viernes Santo. Pudiera suceder que alguien piense que el sacrificio del Calvario tiene más valor que la Misa, pero no es así, dice el Manual: “La Cruz no valió más que vale la Misa, porque ambas son un mismo sacrificio: por la mano del Todopoderoso, desaparece la distancia de tiempo y espacio entre las dos, el sacerdote y la víctima son los mismos; sólo difiere el modo de ofrecer el sacrificio”[2]. Prestemos atención a estas palabras: “Por la mano del Todopoderoso desaparece la distancia de tiempo y espacio entre las dos”, es decir, entre la Cruz del Viernes Santo y la Santa Misa: esto quiere decir que, de modo misterioso, hacemos un “viaje en el tiempo y en el espacio”, de manera que al asistir a Misa es como si fuéramos a Tierra Santa, al Monte Calvario, o que el Monte Calvario viniera a nuestro hoy, a nuestro aquí y ahora en el que celebramos la Misa. Por eso, asistir a Misa con un estado de ánimo distinto al que tenían la Virgen y San Juan en el Calvario, es no comprender de qué se trata la Misa. Otro aspecto que debemos considerar es cuando se dice que “el sacerdote y la víctima son los mismos; sólo difiere el modo de ofrecer el sacrificio”. Esto quiere decir que el Viernes Santo, el Sacerdote y la Víctima eran uno solo, Cristo Jesús, Sumo Sacerdote y al mismo tiempo Cordero del sacrificio, que se ofrecía a sí mismo de modo cruento, con efusión de sangre. En la Misa, aunque veamos al sacerdote ministerial, el Sacerdote Sumo y Eterno sigue siendo Cristo, sin el cual el sacerdote ministerial es nada; el sacerdote ministerial no obra nada por sí mismo, sino que es Cristo quien obra el milagro de la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, por el poder de su Espíritu. Por eso se dice que el Sacerdote y la Víctima son uno mismo, en el Calvario y en la Misa, Cristo Jesús. La otra diferencia es el modo de ser ofrecido: cruento, con efusión de sangre en la Cruz; incruento, sin efusión de sangre visible, en la Santa Misa.
         El legionario, por lo tanto, no debe asistir a Misa de cualquier modo; no sólo no debe asistir con ánimo distraído y desganado, sino que debe asistir con el mismo ánimo y estado espiritual con el cual la Santísima Virgen y el Evangelista Juan se encontraban al pie de la Cruz el Viernes Santo, en el Monte Calvario.  



[1] Cfr. Manual del Legionario, El legionario y la Eucaristía, cap. VIII, 1, 47.
[2] Cfr. ibidem, 47.

domingo, 18 de agosto de 2019

Santa María Reina



          La Virgen es Reina porque participa en grado inefable, infinitamente más alto que los bienaventurados del cielo, de la reyecía de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. El hecho de que María sea Reina está íntimamente ligado al hecho de que Nuestro Señor Jesucristo es Rey y por eso todas las características de Cristo Rey se aplican a María Reina: Él es Rey de reyes y Señor de señores, como dice el Apocalipsis; es el Rey que reina desde el madero y desde la Eucaristía; es el Rey de los ángeles y es el Rey de los hombres. No hubo, no hay ni habrá Rey más grande, majestuoso, humilde y poderoso que el Rey Jesucristo. De la misma manera, la Virgen es Reina, así como su Hijo es Rey: Ella es Reina de ángeles y hombres y no hay, no hubo ni habrá reina más majestuosa, humilde y grandiosa que la Virgen María.
          En los cielos, la Virgen ostenta la corona de gloria que su Hijo Jesús le colocó en su cabeza apenas la Virgen ingresó en los cielos, en la Asunción y desde entonces y para siempre, la Virgen es Reina y Emperatriz de cielos y tierra. Pero hay algo que se debe tener en cuenta en el hecho de que María es Reina y es que su corona de gloria que ahora ostenta en los cielos y por la eternidad, no le fue dada sin antes haberle sido concedido participar, de manera mística, sobrenatural, misteriosa, de la corona de espinas de su Hijo Jesús. Sólo después de recibir místicamente –no físicamente, pero no quiere decir menos real- aquí en esta tierra la corona de espinas de Nuestro Señor y sólo después de participar de su Pasión, la Virgen fue merecedora de la corona de gloria que ahora ostenta por toda la eternidad.
          De la misma manera nosotros, como hijos de la Virgen, estamos llamados también a participar de la corona de gloria de María Virgen, porque estamos llamados a reinar en los cielos, con los bienaventurados. Pero, al igual que Nuestra Madre del cielo, que llevó mística y espiritualmente la corona de espinas aquí en la tierra para recibir la corona de gloria en los cielos, también nosotros debemos, de la misma manera, pedir la gracia de llevar la corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo en nuestra vida terrena, para luego ser coronados de gloria en el cielo.

martes, 13 de agosto de 2019

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María



         Cuando una persona muere, su alma, que es el principio vital que da vida al cuerpo, se separa del cuerpo, quedando este privado de la vida que le daba el alma. Por esta razón, lo que caracteriza a la muerte de una persona, es la separación del cuerpo y del alma, los cuales emprenden caminos distintos: el alma es llevada ante la presencia de Dios, para asistir a su Juicio Particular, mientras que el cuerpo comienza su descomposición cadavérica. Es necesario tener en mente esto que sucede en la muerte, para saber que es lo que NO se produjo en la Virgen, ya que la Virgen, en realidad, no murió, sino que se durmió en esta tierra y despertó en el cielo. En la Virgen no se produjo esta separación de cuerpo y alma, por lo que no se puede decir que la Virgen murió; es más correcto hablar de una “dormición” de la Virgen, tal como lo hacen los católicos ortodoxos. En efecto, ellos no hablan nunca de “muerte” de la Virgen, sino que a esta solemnidad le llaman “Dormición de la Virgen” y es por este hecho, porque consideran que la Virgen nunca murió sino que, cuando llegó la hora de pasar de este mundo al Padre, se durmió en la tierra y despertó en el cielo, siendo recibida allí por un cortejo de ángeles y sobre todo por su Hijo amado, Jesucristo.
         Otro aspecto que hay que tener en cuenta en la Asunción de la Virgen, además de que no murió, es su glorificación. La Virgen, que en la tierra y desde su Inmaculada Concepción era la Llena de gracia y la inhabitada por el Espíritu Santo, al momento en que debía morir, en vez de morir se durmió y la gracia que la inhabitaba se convirtió en gloria y esa gloria se derramó, por así decirlo, sobre su cuerpo, glorificándolo. Por esto es que la Virgen ingresó en el Cielo con su cuerpo glorificado, porque la gracia que inhabitaba en ella se convirtió en gloria y glorificó su cuerpo, permaneciendo así desde entonces y para toda la eternidad. Es por esto que se dice que la Virgen fue Asunta en cuerpo y alma al cielo, con su cuerpo ya glorificado, porque no puede ingresar nadie en el cielo que no esté glorificado en cuerpo y alma.
         Un último aspecto que debemos considerar es que la Virgen, Asunta en cuerpo y alma al cielo, es nuestra Madre y que Ella, que nos ama con el Amor de Dios a nosotros, sus hijos pecadores, quiere que participemos con Ella de la gloria del cielo y de la dicha de adorar por la eternidad a su Hijo Jesucristo. Para que el deseo de nuestra Madre sobre nosotros se cumpla, debemos entonces hacer el propósito de vivir en gracia, adquiriéndola si no la tenemos, conservándola y acrecentándola si ya la poseemos. Si esto hacemos, en el momento de nuestra muerte, nuestra alma en gracia será llevada ante la Presencia de Dios y cuando sea la resurrección de los cuerpos, entonces nuestros cuerpos serán glorificados con la gloria de Dios y así podremos participar de la alegría de la Virgen, que adora y ama a su Hijo, el Cordero, por toda la eternidad.

martes, 28 de mayo de 2019

La Visitación de la Virgen María



         La Virgen, estando ya encinta por obra del Espíritu Santo, al enterarse de que su prima Santa Isabel también está encinta, se dispone a acudir hasta donde vive su prima, para asistirla durante el parto. Para ello, prepara todo lo necesario para el largo viaje y, acompañado por el casto San José, parte en dirección a su prima. De esta manera, la Virgen nos da lección de cómo obrar la misericordia, en este caso, se trata de una obra de misericordia corporal, que es asistir al necesitado. No es que Santa Isabel estuviera enferma, pero sí necesitada de ayuda, pues se trataba de una mujer de edad y afrontar un embarazo en los umbrales de la ancianidad es algo peligroso; por esa razón, la Virgen, sin prestar atención a que Ella misma está embarazada, acude en su ayuda. Así nos da ejemplo de cómo obrar la misericordia. Es decir, no se trata de una mera visita de cortesía, sino de un verdadero auxilio el que la Virgen va a prestar a su prima.
 Sin embargo, en la Visitación de la Virgen hay algo más que un simple ejemplo de cómo ser misericordiosos para con el prójimo más necesitado: en la Visitación de María Santísima a Santa Isabel se producen una serie de hechos sobrenaturales, de los cuales es necesario prestar atención y reflexionar sobre ellos. Ante todo, es necesario recordar que, con la Virgen, va Jesús, el Hijo de Dios, que es todavía un niño por nacer y que Jesús, en cuanto Dios, y también en cuanto hombre, es Espirador del Espíritu Santo junto al Padre. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque es lo que explica lo que sucede a continuación de la Llegada de la Virgen, tanto en Santa Isabel, como en su niño, Juan el Bautista. Cuando la Virgen llega a la casa de Santa Isabel, esta queda “llena del Espíritu Santo en cuanto oyó la voz de la Virgen”, según relata el mismo Evangelio y, como está llena del Espíritu Santo, saluda a la Virgen no con un saludo coloquial, como el que se da entre parientes que hace tiempo que no se ven, como es este caso. Las palabras de Santa Isabel reflejan que hay algo en ella que le hace ver realidades sobrenaturales, ocultas a la simple vista y a la razón humana. Ante todo, llama a la Virgen “Bendita entre las mujeres”, y esto porque la Virgen es Virgen y Madre al mismo tiempo, porque el Niño en su seno no ha sido concebido por obra humana, sino por obra del Espíritu Santo y por eso es obra de Dios. Este conocimiento le es dado a Santa Isabel por el Espíritu Santo, no por sus razonamientos humanos.
También el Bautista recibe la iluminación del Espíritu Santo: al escuchar la voz de la Virgen, “salta de alegría” en el seno de su madre, porque el Espíritu Santo le revela que el Niño, a quien el Bautista obviamente no ve ni conoce, sabe que es Dios Hijo en Persona. Es por eso que Santa Isabel dice que “el niño saltó de alegría en mi seno”. Conocimiento sobrenatural, alegría sobrenatural por el Hijo de Dios en Santa Isabel y en Juan el Bautista, más el contenido del Magnificat o alabanzas a Dios por sus maravillas que pronuncia la Virgen, son los frutos del Espíritu Santo, productos de su acción durante la Visitación de la Virgen.
Por esta razón, en la Visitación de la Virgen no hay solo un ejemplo de cómo obrar la misericordia: hay también efusión del Espíritu Santo por parte de su Hijo, junto al Padre, incluso desde el seno materno, es decir, como niño por nacer. Es importante tener en cuenta estos hechos, porque cuando la Virgen visita un alma, nunca viene sola, sino que con Ella viene Jesús y, con Jesús, el Espíritu Santo.

lunes, 13 de mayo de 2019

Nuestra Señora de Fátima: existencia del Infierno, peligro del comunismo, rezo del Rosario y adoración eucarística


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          Si quisiéramos resumir en breves palabras el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, podríamos decir que se limita a cuatro grandes tópicos: la existencia del Infierno, pues lleva a los Pastorcitos allí; la advertencia del peligro del Comunismo, porque dice que si Rusia no se consagra a su Inmaculado Corazón “esparcirá sus errores por el mundo”, y finalmente, como dando el remedio a estos grandes males, el rezo del Rosario y la adoración eucarística, tal como sucede con las apariciones del ángel de Portugal.
          La existencia del Infierno: en una de las apariciones, la Virgen llevó a los Pastorcitos al Infierno; es decir, no es que la Virgen les contó para asustarlos, que había un Infierno y que allí iban los que se portaban mal: la Virgen los llevó a ellos, de manera personal, y no es que tuvieron una experiencia mística del Infierno, sino que los llevó allí en persona, siendo ellos niños de muy corta edad. Allí los niños pudieron constatar que el Infierno no sólo existe, sino que está ocupado y que caen numerosas almas en él, todos los días, a causa de morir en pecado mortal. Otra revelación relacionada con el Infierno es precisamente la causa por la cual caen las almas: según la Virgen, la mayoría de las almas se condenan por los pecados de la carne. De esta manera, estamos advertidos contra la ideología de género, el feminismo y toda clase de movimiento de liberación sexual, pues si para el hombre puede ser bueno y hasta un derecho el libertinaje sexual, para Dios es un pecado tan grave que merece el Infierno.
          El peligro del Comunismo: el Comunismo, una secta satánica disfrazada de ideología política, ha producido, desde que comenzó, más de ciento veinte millones de muertos a lo largo de todo el mundo. Es una secta diabólica, sedienta de sangre humana, que rinde culto al Estado y al hombre y, en última instancia, a Satanás. No en vano la Virgen advirtió que, si Rusia no se consagraba a su Inmaculado Corazón, “Rusia esparciría sus errores por el mundo”. Rusia no se consagró al Inmaculado Corazón, y sus errores, esparcidos por el mundo -todos los regímenes comunistas- produjeron ciento veinte millones de muertos y sufrimientos inenarrables a la humanidad. Y Rusia, al día de hoy, sigue esparciendo la peste mortífera del Comunismo.
          El rezo del Santo Rosario: uno de los frutos espirituales más grandes de las apariciones de Fátima es el pedido de la Virgen de rezar el Rosario, la oración que más agrada a la Virgen, pues con el Rosario se repasa la vida de Jesús, además de participar en cierto modo de ella y, como si fuera poco, la Virgen actúa, intercediendo y concediendo gracias al alma que reza el Rosario. La Virgen le dijo a los Pastorcitos que la paz vendría al mundo si el mundo rezaba el Rosario: el mundo no lo rezó y así vino la Segunda Guerra  Mundial y, si las cosas siguen así, pronto entraremos en la Tercera Guerra Mundial.
          La Adoración Eucarística: antes de las apariciones de la Virgen, tuvieron lugar las apariciones del Ángel de Portugal, apariciones que tuvieron un fuerte contenido eucarístico, pues el Ángel se les apareció con la Eucaristía y el Cáliz, y además se postró haciendo adoración delante de la Eucaristía, enseñándoles a los niños que Jesús era Dios y estaba en la Eucaristía, además de enseñarles cómo adorar la Eucaristía, junto con unas oraciones.
La Adoración Eucarística, junto con la Santa Misa y el rezo del Santo Rosario, forman parte de la fuerte espiritualidad de las apariciones marianas de Fátima. A esto, se le suma la advertencia acerca de lo que significa el Comunismo, Ateo y Satánico por excelencia. Al recordar a la Virgen en un aniversario más de sus apariciones en Fátima, hagamos el propósito de rezar el Santo Rosario todos los días, de asistir a la Santa Misa también todos los días, de hacer Adoración Eucarística y de oponernos a la religión de Satanás, el Comunismo Ateo.

martes, 7 de mayo de 2019

Nuestra Señora de Luján, Patrona y Dueña de la Argentina



         Todos sabemos, con más o menos detalles, la historia de cómo llegó Nuestra Señora de Luján a nuestra Patria. Era su imagen –junto a la imagen de Nuestra Señora de Sumampa, que luego fue a Santiago del Estero- transportada en una carreta y, al llegar a las inmediaciones del río Luján, se produjo el milagro: mientras el cajón con la imagen estaba en la carreta, no había forma de hacer andar a los bueyes, como si la carreta pesara mil toneladas; sin embargo, cuando bajaban el cajón que transportaba la imagen, los bueyes tiraban la carreta con toda normalidad. Esto fue interpretado como lo que es: un signo del cielo, por el cual la Virgen quería quedarse en nuestro suelo argentino. En efecto, sucedió de esa manera: los que transportaban la imagen la dejaron en el lugar y desde entonces se constituyó en un lugar de peregrinación, en donde se produjeron –y se siguen produciendo- miles y miles de milagros, todos los días y a todas horas. Como muestra de la devoción a la Madre de Dios, los habitantes del lugar y luego el mismo gobierno argentino, erigieron la hermosa basílica de Luján, que custodia la imagen original y a la cual acuden millares de peregrinos de todas las partes del país e incluso de países limítrofes, a rendirle culto y devoción.
         Pero hay algo más: la Virgen vino no sólo para hacernos milagros, sino para quedarse en el corazón de nuestra Patria y de todos los argentinos. De hecho, nuestra enseña nacional lleva los colores celeste y blanco del manto de la Virgen de Luján no por casualidad, sino porque el General Manuel Belgrano, creador de la insignia nacional quiso, en un acto de devoción mariana, honrar a la Virgen y dotar a la bandera de la nueva nación con los colores de su manto. Por esta razón podemos decir los argentinos que nuestra bandera es la más hermosa del mundo, porque lleva los colores celeste y blanco no del cielo y de los cerros nevados, sino del manto de la Inmaculada Virgen de Luján. Por esta razón, cuando besamos el manto, pensamos que besamos nuestra bandera y cuando besamos la bandera, pensamos que besamos el manto de la Virgen de Luján. Por último, la Virgen quiso quedarse para ser la Patrona y Dueña de la Argentina, por eso a Ella le pedimos por nuestra Patria, para que interceda por ella y la libre de sus enemigos, internos y externos; le pedimos que envíe, Ella que es la Reina de los ángeles, al Ángel Custodio de Argentina, para que la proteja de todo mal y le pedimos también que con su manto celeste y blanco cubra nuestra Patria argentina y a todos los argentinos y que coloque, en cada corazón argentino, la semilla de la gracia, Ella que es la Mediadora de toda gracia, para que nuestra Patria toda y cada uno de los argentinos reconozcamos que Ella es la Dueña y Patrona de la Argentina y que su Hijo, Cristo Jesús, es el Rey de nuestros corazones, de nuestra familia y de nuestra Patria Argentina.

martes, 30 de abril de 2019

El Legionario y la Eucaristía 1



         La Misa

         El primer fin de la Legión es la santificación personal de sus miembros y esta santificación es su medio de actuar: es decir, sólo en la medida en que el Legionario posea la santidad, podrá servir de instrumento para comunicarla a los demás[1].
         Antes de proseguir, respondamos a esta pregunta: ¿qué es la santidad y cómo se la consigue en el catolicismo? La santidad es ser buenos, pero no con la bondad humana, sino con la bondad divina, que es algo distinto y se consigue por medio de la gracia, que nos hace partícipes de la vida de Dios, que es santa. Cuanto más se está en gracia, más santo se es, porque más se participa de la vida de Dios. Otro elemento a tener en cuenta es que la gracia, para nosotros, los católicos, nos viene fundamentalmente por los sacramentos, sobre todo la confesión sacramental y la Eucaristía, por lo que alejarnos de los sacramentos, es alejarnos de la santidad.
         Porque tiene que santificarse, es que el Legionario pide, encarecidamente, al empezar a servir en la Legión, llenarse, mediante María, del Espíritu Santo y ser utilizado por el Espíritu Santo como instrumento de su poder santificador sobre la tierra. El Espíritu Santo es santo; la Virgen, Mediadora de las gracias del Espíritu Santo, es santa; el instrumento, por el que se santifica el mundo, el legionario, debe en consecuencia, ser santo. No pueden, ni el Espíritu Santo ni la Virgen, utilizar instrumentos –legionarios- que no sean santos o que por lo menos no se propongan el camino de santidad.
         Ahora bien, ¿de dónde fluye la santidad con la cual el Legionario se hace santo? Es verdad que del Espíritu Santo y del Espíritu Santo a la Virgen y de la Virgen al legionario, pero hay algo que “conecta” al Espíritu Santo y la Virgen con este mundo, que hace que fluya la santidad como un río inagotable y es el Santo Sacrificio de Jesucristo en la Cruz, en el Calvario, el Viernes Santo. El sacrificio de Jesús en la cruz viene a ser como el canal por el cual la santidad del Espíritu Santo baja desde el cielo a la tierra, por medio de la Virgen. Ahora bien, puesto que este sacrificio de la cruz se perpetúa en el mundo por el Santo Sacrificio de la Misa, la cual no es mera representación simbólica del Calvario, sino que pone real y verdaderamente en medio de nosotros el sacrificio de Cristo en la cruz, la Misa tiene el mismo valor que el sacrificio de la cruz. Entre la Misa y el sacrificio de la cruz desaparecen el tiempo y el espacio, de modo que asistir a Misa es asistir al sacrificio de la cruz, solo que representado incruenta y sacramentalmente.
         De esto se deduce que el legionario que no asiste a Misa o que lo hace en forma discontinua o mecánica o distraída, no obtiene la santificación que fluye del sacrificio de Jesús en la cruz y que se perpetúa en la Misa. No asistir a Misa equivale, para el legionario, cortar la fuente de su santificación y frustrar el fin para el cual está en la Legión.
        



[1] Cfr. Manual del Legionario, cap. VIII.

martes, 26 de marzo de 2019

El Legionario y la Santísima Trinidad 3



         Al contemplar a la Virgen en sus distintas relaciones con las Tres Divinas Personas, ayuda a distinguirlas entre sí[1].
         Relación de María con la Segunda Persona Divina Encarnada. Es la relación de la divinidad con la Virgen que mejor entendemos, afirma el Manual. Por la Encarnación, el Verbo Eterno del Padre, llevado por Dios Espíritu Santo, ingresó en el seno virginal de María, para permanecer allí durante nueve meses. En el seno de la Virgen fue que el Verbo llevó a cabo su unión con la humanidad: la humanidad singular del Verbo fue creada en el momento de la Encarnación, siendo creados en ese momento también los cromosomas paternos, puesto que la concepción fue virginal, no por obra de hombre alguno, sino por obra del Espíritu Santo. La relación entre la Virgen y el Verbo de Dios fue de Madre e Hijo en el plano biológico, pero en el plano espiritual, la relación fue más estrecha aun porque por su colaboración a la obra redentora de Jesús, la Virgen fue considerada, además de Inmaculada y Llena de gracia, como Corredentora y Mediadora de todas las gracias.
         Relación de María con el Espíritu Santo. En relación a la Tercera Persona de la Trinidad, la Virgen es llamada su templo, su santuario, su sagrario viviente, entre otros adjetivos. Pero los términos no expresan adecuadamente la estrecha e íntima relación entre el Espíritu Santo y la Virgen, una unión que es tan estrecha e íntima que se puede afirmar que el Espíritu Santo es el alma de la Virgen –como la Virgen es figura de la Iglesia, por eso se dice también que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia-. Ella no es simple instrumento o cauce de la actividad de la Tercera Persona: es su Colaboradora consciente e inteligente y de tal modo que cuando obra el Ella, es el Espíritu Santo el que obra y si alguien se cierra a la intervención de la Virgen, se cierra a la intervención del Espíritu Santo. Jesús dice en el Evangelio que “el Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”, pero lo que debemos entender es que, debido a esta estrechísima relación entre la Virgen y el Espíritu Santo, podemos parafrasear al Señor y decir que “el Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida a través de la Virgen”. Una de las condiciones para que el Espíritu Santo venga realmente a nuestras vidas es que entendamos esta estrecha e íntima relación en el querer y en el obrar con la Virgen, de manera que no podemos pedir que venga a nosotros el Espíritu Santo, si no pedimos que venga a través de la Virgen. Una devoción especial que es de gran utilidad para esta presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, por medio de la Virgen, es el Santo Rosario, dice el Manual del Legionario, porque por sus misterios se conmemoran las principales intervenciones del Espíritu Santo en la obra de nuestra redención.
         Relación de María con el Eterno Padre. Se suele definir esta relación como la relación de “Hija”, título con el que se trata de indicar su posición como la más grata y querida de entre todas las creaturas; la plenitud de su unión con Jesucristo, porque al ser Madre de Dios le concede todavía más afinidad con el Padre, permitiendo que se la llame místicamente “Hija del Padre”, así como Jesús es “Hijo del Padre”.
         Por esta razón, nosotros por el bautismo, somos hechos hijos adoptivos del Padre, pero también hijos de la Virgen Madre. Y esto porque –dice San Luis María Grignon de Montfort- Dios “le ha comunicado su fecundidad, capacitándola para producir a su Hijo y a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo”. Es decir, Dios le ha dado la capacidad de ser Madre de Dios Hijo y Madre de los hijos de Dios y es a través de Ella por quien los hijos de Dios reciben la vida de Dios, esto es, la gracia. A su vez, Dios exige que los hombres le devuelvan estos dones amándola como Madre y colaborando con Ella en la obra de la redención.
         Por último, dice San Luis María Grignon de Montfort, reflexionemos siempre acerca de la dependencia que tenemos de María, dependencia que el mismo Dios tiene con la Virgen: Dios Padre da a su Hijo por medio de la Virgen y los hijos adoptivos que tiene los tiene a través de Ella. Dios Hijo ha sido formado para el mundo mediante Ella y Él comunica sus méritos y sus gracias a través de la Virgen. Dios Espíritu Santo ha formado a Jesucristo en Ella y por Ella y sólo por Ella forma a los miembros del Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados en la Iglesia Católica. Entonces, si la misma Santísima Trinidad depende de la Virgen, porque así lo quiso voluntariamente, “¿cómo podemos nosotros prescindir de María y no consagrarnos a Ella y no depender de Ella?”.
        



[1] Cfr. Manual del Legionario, VII.

sábado, 23 de marzo de 2019

El Legionario y la Santísima Trinidad 2



         Desde sus inicios, la Legión tuvo siempre una estrecha relación con la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo[1]. En su primer acto público, la Legión se dirigió al Espíritu Santo y luego al Hijo de Dios, por intermedio de María. En el diseño del vexillium, el águila romana pagana fue reemplazada por la figura de la Dulce Paloma del Espíritu Santo, tomando a su vez la Virgen el lugar del emperador, con lo cual se significaba que el Espíritu Santo transmitía al mundo sus gracias por intermedio de María. También en la téssera quedó plasmado este concepto: el Espíritu Santo se cierne sobre la Legión y comunica de su poder a la Virgen, poder con el cual aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua. Además, el color de la Virgen no es azul, como podría suponerse, sino rojo, indicando el color con el que se representa al Espíritu Santo, el color del fuego, ya que es llamado también “Fuego del Divino Amor” y es el fuego en el que está envuelta la Virgen[2].
         Todo esto sirvió como antecedente para que en la Promesa Legionaria se dirigiera al Espíritu Santo y no a la Reina de la Legión, con lo cual se refuerza la idea de que es el Espíritu Santo el que regenera al mundo con sus gracias, aunque estas, por pequeñas que sean, pasan siempre por la Virgen.
         Hay algo que la Legión siembre debe tener en claro en la Virgen y es para imitarla y es que la Virgen entabla una relación personal con cada una de las Divinas Personas de la Trinidad: Dios Padre la eligió como su Hija predilecta para la Encarnación de Dios Hijo; Dios Hijo la eligió para ser su Madre; Dios Espíritu Santo la eligió para hacer de ella su virginal Esposa. Es decir, todo el plan divino de la Santísima Trinidad, pasa por la Virgen y como legionarios, debemos buscar de entrever estas relaciones para corresponder al Plan divino de conquistar el mundo por medio de la Virgen[3].
         Todos los santos insisten en la necesidad de que, en nuestra relación con Dios, nos dirijamos a las Tres Divinas Personas –recordemos que somos católicos y la creencia en la Santísima Trinidad nos distingue de cualquier otra religión, de modo que no podemos dirigirnos a Dios del mismo modo a como lo hacen los protestantes, los judíos y musulmanes, que creen en Dios Uno y no Trino-.
Este misterio divino no puede ser comprendido, porque supera nuestra capacidad de razonamiento, sino que debe ser creído por medio de la asistencia de la gracia divina, la cual podemos pedirla con entera confianza a la Virgen, a quien le fue anunciado, como primera creatura, el misterio de la Trinidad, en la Anunciación[4]. La Santísima Trinidad se reveló a la Virgen por medio del Arcángel: le anunció, de parte de Dios Padre, que Dios Hijo habría de encarnarse en Ella, por medio de Dios Espíritu Santo: “El Espíritu Santo bajará sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).
         El Legionario debe profundizar esta relación con la Trinidad de muchas maneras: con la oración, pidiendo la gracia de aceptar este misterio; con el estudio y la formación permanente y, sobre todo, por medio de la Santa Misa, porque la Santa Misa, que es prolongación de la Encarnación, es obra también de la Santísima Trinidad: Dios Padre pide a Dios Hijo que baje del cielo y quede oculto en la Eucaristía, por obra de Dios Espíritu Santo.
          Por estas razones, el legionario que no asiste a Misa -a no ser que tenga algún impedimento real que justifique su ausencia-, corta de raíz su relación con la Trinidad y por lo tanto con la Legión, porque la Legión está enraizada, en su ser más íntimo, a través de la Virgen, en el misterio de la Santísima Trinidad.


[1] Cfr. Manual del Legionario, VII.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

domingo, 24 de febrero de 2019

El legionario y la Santísima Trinidad



         Muchos cristianos, en su relación con Dios, se comportan como judíos, como luteranos o como musulmanes, en el sentido de referirse a Dios y de creer en Dios, como Uno y no como Trino. Lo que caracteriza a estas religiones, a diferencia de la católica, es precisamente esto, en que creen en un Dios Uno, pero no Trino. Sólo la religión católica se dirige y conoce, por revelación, que Dios es Uno y Trino: uno en naturaleza y Trino en Personas.
         La Legión de María, desde un inicio, tuvo esta fe trinitaria siempre en primer lugar y la profesó con toda claridad. Como afirma el Manual del legionario, “el primer acto colectivo de la Legión de María fue dirigirse al Espíritu Santo mediante su invocación y oración y luego, con el Rosario, a María y a su Hijo”[1]. Es decir, al dirigirse al Espíritu Santo, estaba reconociendo la legión, implícitamente, que la Trinidad era su Dios, al rezarle a la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. Luego se dirige a la Segunda, a través de la Virgen, con el Rosario, pero primero se dirige a la Tercera, reconociendo así la Trinidad de Personas en Dios.
         Este hecho quedó plasmado en la confección de vexillum, en donde el Espíritu Santo tomó un papel preponderante. Valiéndose de un símbolo profano –el estandarte de la legión romana- la Legión elaboró su propio estandarte, en el que el águila romana fue reemplazada por la Paloma, símbolo y representación del Espíritu Santo. A su vez, la imagen de la Virgen pasó a ocupar el lugar que antes detentaba el emperador romano. De esta manera, el resultado final fue “representar al Espíritu Santo valiéndose de María como de medio para transmitir al mundo sus vitales influencias, y tomando Él mismo posesión de la Legión”. Es decir, la Paloma del Espíritu Santo, sobre la Virgen, indicaba que el Espíritu Santo se valía de la Legión de María para comunicar al mundo sus gracias salvíficas, tomando la Virgen y la Legión el papel de instrumentos en manos del Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad.
         Luego, cuando se pintó el cuadro de la téssera, también quedó reflejada, dice el Manual, la misma espiritualidad: “el Espíritu Santo cerniéndose sobre la Legión  y comunicando de su poder a la Virgen, para que ésta, imbuida del poder divino, aplastara la cabeza de la serpiente, haciendo además avanzar sus batallones sobre las fuerzas del mal y encaminándose a la victoria final ya profetizada”[2].
         La presencia del Espíritu Santo explica a su vez que el color de la aureola de la Virgen fuera rojo y no azul, como cabría suponerse, pues el rojo simboliza el fuego y en este caso, es el Fuego del Espíritu Santo. Así se llegó a la conclusión de que el rojo debía ser el color de la Legión. La Virgen misma, por el hecho de estar inhabitada por el Espíritu Santo, al ser la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, lleva también el color rojo, siendo representada como Columna de Fuego que arde en el Fuego del Espíritu Santo. Como vemos, desde sus inicios, y representada en sus imágenes, la fe de la Legión es eminentemente Trinitaria. El legionario que se dirige a Dios como Uno y no como Trino debe reconsiderar su espiritualidad, pues esta no es la espiritualidad, ni de la Legión, ni de la religión católica.



[1] Cfr, Manual del legionario, VII, 42.
[2] Cfr. ibidem.

domingo, 3 de febrero de 2019

La Presentación del Señor



(Ciclo C - 2019)

         El origen de la fiesta litúrgica se remonta a los inicios del pueblo hebreo, cuando Dios les reveló a su Pueblo Elegido que no debían hacer como los paganos, que ofrendaban sus hijos al Demonio. El Dueño de los niños de las familias –no solo hebreas, sino de todo el mundo- es Dios, por lo que Él les enseñó a los hebreos que no debían ofrendar sus niños al Demonio, sino a Él. De esta manera, Dios purificó y santificó esta fiesta pagana, convirtiéndola en una fiesta dedicada a Él. Siguiendo esta normativa de la Ley, que mandaba ofrendar al primogénito –y en él, a toda la prole-, es que la Virgen y San José llevan al Niño al Templo, al cumplirse cuarenta días de su Nacimiento y hacer una ofrenda por Él. Las familias ricas ofrendaban un cordero, pero como ellos eran pobres, ofrendaron solo dos pichones de palomas. En realidad, la ofrenda de la Sagrada Familia sí era la de un cordero, pero era la ofrenda del Cordero de Dios, porque el Niño que llevaba la Virgen no era un niño más entre tantos, sino el Hijo de Dios, que venía a salvar al mundo con su sacrificio en cruz.
Esta fiesta se conocía entre las iglesias orientales con el nombre de “La fiesta del Encuentro” (en griego, Hypapante), nombre que destaca un aspecto fundamental de la misma y es el encuentro del Ungido de Dios con su pueblo[1]. En efecto, como se en Lucas (1, 1-4; 4, 14-21), Jesús es el Ungido del Señor, por un lado y es Él quien va al encuentro del Pueblo Elegido; por otro lado, este Pueblo Elegido estaba representado por los ancianos Simeón y Ana, quienes por su edad y santidad de vida, representan a los hombres y mujeres piadosos y devotos de la Antigua Alianza, que esperaban al Mesías. El Evangelio destaca que Simeón es “llevado por el Espíritu Santo” y es así como ingresa en el templo, en donde, al tomar entre sus brazos al Niño, iluminado por el mismo Espíritu Santo, lo nombra como el “Mesías que debía venir al mundo”. Así, el Mesías se encuentra con su pueblo, representado en el santo Simeón y también en Santa Ana, quien vivía dedicada al servicio de las funciones del templo.
La costumbre de ingresar con velas desde el atrio tiene el siguiente significado: así el Nuevo Pueblo de Dios, los miembros de la Iglesia Católica, imitan a la Virgen, que ingresó en el templo portando a su Hijo Jesucristo, Luz del mundo. De la misma manera a como la candela encendida aporta luz, calor y vida, así Jesús, Presentado en el templo, es luz de Dios, calor del Amor Divino y Vida divina. Otro significado es que, llevados por el Espíritu Santo al templo, también nosotros acudimos al encuentro  con nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, que está Presente en la Eucaristía, para ser iluminados por su luz divina[2]. Quien adora a Jesús Eucaristía, es iluminado por Él, y no vive en tinieblas, sino que tiene en sí la luz que da la Vida eterna.


[2] Es éste y no otro el sentido del Misal Romano cuando, en la oración de la Fiesta de la Presentación del Señor, dice así: “Unidos por el Espíritu, vayamos ahora a la casa de Dios a dar la bienvenida a Cristo, el Señor. Le reconoceremos allí en la fracción del pan hasta que venga de nuevo en gloria”.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Solemnidad de Santa María Madre de Dios


"María, Madre de Dios",
de Vladimir.


(Ciclo C – 2019)

          No es casualidad que la Iglesia, en su sabiduría sobrenatural y bi-milenaria, coloque una fiesta litúrgica tan importante y solemne como Santa María Madre de Dios, justo al final de un año civil y en el mismo segundo en que inicia un nuevo año civil. Es decir, no es coincidencia casual que la Iglesia coloque a la solemnidad de Santa María Madre de Dios cuando el mundo, en el sentido literal de la palabra, finaliza un año en su historia y comienza otro: hay una razón por esta fiesta litúrgica en este momento del año y es que los hijos de Dios y de la Iglesia, los bautizados, no solo no mundanicen ni paganicen el festejo de Año Nuevo, sino que además consagren a Dios, por medio de las manos y el Corazón Inmaculado de la Virgen, al Año Nuevo que se inicia. En efecto, ya el solo hecho de que el Verbo de Dios se haya encarnado, eso significa que el tiempo, que se mide en la sucesión de segundos, horas, días, meses y años, quede “impregnado”, por así decirlo, de la eternidad divina, desde el momento en que el Verbo es Dios y Dios es la eternidad en sí misma y al encarnarse, esto es, al ingresar en nuestro tiempo, “impregna” el tiempo de su eternidad y hace que la historia humana adquiera un nuevo sentido, una nueva dirección, que es el sentido y la eternidad, puesto que Él, que es el Dueño de la historia humana, ahora la conduce hacia sí, por medio de la Encarnación. Ya sólo por este motivo, el tiempo –y el paso del tiempo, y el festejo de un nuevo año- debería bastar para ser considerado como “sagrado”, en el sentido de que el Verbo de Dios lo ha hecho partícipe de su propia santidad. Ya con esto bastaría para que el hombre, al festejar el Año Nuevo, no lo festeje en modo y estilo pagano, como lo acostumbra hacer. Cada año que transcurre, es un año menos que nos separa del Último Día, del Día del Juicio Final, del Día del Juez Supremo y Glorioso, el Día en que habrá de desaparecer la figura de este mundo, con su tiempo y su historia, para que dé comienzo a la eternidad. Ya con esto debería bastar, decimos, para que el festejo del Año Nuevo no sea un festejo mundano y pagano. Pero la Iglesia le agrega otro motivo para que el festejo del fin de año viejo y de inicio del Año Nuevo sea un festejo centrado en Cristo y es el colocar, como decíamos al inicio, la solemnidad de Santa María Madre de Dios. La Iglesia coloca esta solemnidad en el segundo mismo que inicia un nuevo año, para que los hijos de Dios encomienden el año –el tiempo personal y la historia de la humanidad- a las manos y al Corazón Inmaculado de María Santísima y una forma de hacerlo es acudiendo al Sacramento de la Penitencia, comulgando en estado de gracia y consagrándose a sí mismos y a las familias al Inmaculado Corazón de María.
          Muchos cristianos, aunque no padezcan persecuciones ni tribulaciones de ninguna clase –a diferencia de los cristianos en China comunista, por ejemplo, o en Corea del Norte, o en Cuba y Venezuela, donde son perseguidos por el gobierno ateo y materialista-, y aunque vivan en la abundancia económica –son los cristianos de los países del así llamado “Primer Mundo”-, viven sin embargo en la “indigencia espiritual, totalmente sumergidos en sus intereses terrenales”[1]. Muchos cristianos “cierran conscientemente sus almas a la gran misericordia”[2] del Hijo de la Virgen, el Hombre-Dios Jesucristo.
          La errónea cosmovisión marxista[3], de que el pobre material es el centro de la historia, ha impregnado a muchos cristianos y sectores de la Iglesia, incluidos muchos sacerdotes, error que lleva a desplazar a Jesucristo del centro, a colocar al pobre en su lugar y a establecer que el Reino de Dios es un reino intra-mundano, terreno e intra-histórico y que la salvación no está en la gracia santificante, sino en salir de la pobreza material. Sin embargo, no consiste en eso la salvación, sino en la eliminación del pecado del alma por medio de la Sangre del Cordero y la conversión del corazón a Dios Uno y Trino, por acción de esta misma gracia, que la Iglesia dispensa por medio de los sacramentos. Los últimos instantes del Año Viejo y los primeros segundos del Año Nuevo deben ser pasados en unión con la Madre de Dios, no para una unión meramente formal a una festividad litúrgica, sino en unión de fe y amor con María Santísima, Madre de Dios, para depositar en sus manos y en su Corazón Inmaculado el Año Nuevo que se inicia. Comencemos el Año Nuevo elevando los ojos del alma a la Madre de Dios y uniéndonos, por la fe y por el amor, a la adoración que el Inmaculado Corazón realiza continuamente al Hijo de Dios Encarnado, Jesucristo, el Salvador de los hombres.



[1] Stefano Gobbi, A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen, Mensaje del 31 de Diciembre de 1975, última noche del año, Editorial Nuestra Señora de Fátima, Argentina 1992, 179.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem, 180.

martes, 18 de diciembre de 2018

Entregando todo a María nada de lo bueno se pierde y toda gracia se gana



         Una de las objeciones que con frecuencia se plantean las almas buenas que se consagran a María por la Verdadera Devoción, es que, al final de sus días, cuando deban comparecer ante el Justo Juez, en el día de sus muertes, tendrán sus manos vacías de obras de misericordia y de toda clase de obras buenas porque, como sabemos, una de las condiciones esenciales de la consagración es entregar a María absolutamente todas nuestras obras buenas y de misericordia, sin pretender en absoluto que nos sean atribuidos a nosotros los méritos que de ellas se derivan. En pocas palabras, la objeción es que, si le entrego a María todo lo que tengo en obras de misericordia, en el día de mi Juicio Particular, me presentaré ante Cristo, Justo y Supremo Juez, como alguien que no ha hecho nada para ganar el Reino de los cielos.
         El Manual del Legionario[1] viene en nuestra ayuda, para superar esta duda que, en el fondo, no tiene bien asidero, cuando se considera bien en qué consiste la consagración a María.
         Ante todo, dice el Manual, no debemos ni siquiera plantearnos esta posibilidad, es decir, “querer probar que en esta consagración no hay pérdida alguna”, o sea, hacer cálculos acerca de qué es lo que “pierdo” cuando le ofrezco a la Virgen todo lo que tengo y lo que soy. Esta actitud, dice el Manual, “secaría de raíz el ofrecimiento y le robaría su carácter de sacrificio, en que su funda su principal valor”[2]. Es decir, si ofrecemos a la Virgen cuanto somos y tenemos, lo hacemos con espíritu de sacrificio y el sacrificio implica darlo todo sin esperar nada a cambio; si ofrecemos a la Virgen cuanto somos y tenemos, y al mismo tiempo estamos haciendo cálculos acerca de cuánto es lo que perdemos y ganamos, entonces eso no es un sacrificio verdadero.
         Para que nos demos una idea acerca del valor de la consagración y cómo, a pesar de darle todo a la Virgen, nunca nos quedamos con las manos vacías, el Manual del Legionario trae a la memoria el episodio de la multiplicación milagrosa de panes y peces, aunque sin detenerse en la consideración del milagro en sí, sino en las cavilaciones que podría hacer el muchachito que aportó los panes y los peces. Dice así el Manual[3]: “Supongamos que aquel joven, que se desprendió de sus provisiones, hubiese contestado: “¿Qué valen mis cinco panes y dos pececillos, para hartar a tan gran gentío? Además, los necesito para los míos, que también están aquí hambrientos. Así que no los puedo ceder”. Es decir, si el muchacho hubiera pensado como el consagrado que da con reticencias a la Virgen, jamás hubiera dado sus panes y peces y nunca se habría producido el milagro con el que comieron no solo los suyos, sino más de diez mil personas. Continúa el Manual: “Mas no se portó así: dio lo poco que tenía, y resultó que tanto él como todos los de su familia –y sus amigos, conocidos, vecinos y también gente que no conocía- allí presentes recibieron, en el milagroso banquete, más –muchísimo más- de lo que él había dado. Y, si hubiese querido reclamar los doce cestos llenos que sobraron –a los que, en cierto modo, tenía derecho-, seguro que se los hubieran dado”.
         Continúa el Manual: “Así se conducen siempre Jesús y María con el alma generosa que da cuanto tiene sin regatear ni escatimar nada. Multiplican y reparten la más pequeña dádiva hasta enriquecer con ella multitudes enteras; y las mismas intenciones y necesidades propias que parecía que iban a quedar descuidadas, quedan satisfechas colmadamente y con creces; y por todas partes dejan señales de la generosidad divina”. En definitiva, como dice la Escritura, “Dios no se deja ganar en generosidad” y si nosotros somos generosos con la Virgen, dándole todo lo que somos y tenemos en la consagración, jamás nos dejará la Virgen presentarnos ante el Sumo Juez con las manos vacías, pues nos dará inimaginablemente más de lo escaso que seamos capaces de darle.
         Finaliza el Manual, animándonos a consagrarnos y a darle a la Virgen todo lo que somos y tenemos, sin temor a quedarnos con nada; por el contrario, sabiendo que recibiremos infinitamente más de lo que demos: “Vayamos, pues, a María con nuestros pobres panes y pececillos; pongámoslos en sus manos, para que Jesús y Ella los multipliquen, y alimenten con ellos a tantos millones de almas como pasan hambre –espiritual- en el desierto de este mundo”.
         En cuanto tal, “la consagración no exige ningún cambio en cuanto a la forma externa de nuestras oraciones y acciones diarias. Se puede seguir empleando el tiempo como antes, rogando por las mismas intenciones y por cualquier otra intención que sobrevenga. Sólo, en adelante, sométase todo a la voluntad de María”. Entreguemos en manos de la Virgen nuestros panes y pececillos, es decir, nuestras obras buenas de misericordia y Ella se encargará, con su Hijo Jesús, de alimentar espiritualmente a cientos de miles de almas y, cuando llegue el momento de presentarnos ante el Supremo Juez, nos concederá la gracia de atribuirnos esa obra de misericordia.



[1] Cfr. VI, 5.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Nuestra Señora de Guadalupe, Conquistadora de almas para Cristo



         En el Evangelio se dice que Cristo, con su Cuerpo sacrificado e inmolado en la Cruz, como Víctima de Amor, unió a quienes estaban separados por el odio: “Cristo es nuestra paz. Él hizo de judíos y de no judíos un solo pueblo, destruyó el muro que los separaba y anuló en su propio cuerpo la enemistad que existía” (cfr. Ef 2, 14). Por el pecado original, los hombres estábamos enemistados con Dios y entre nosotros mismos, porque el pecado quitó la gracia, que es la que nos une en el Amor, con Dios y con el prójimo. Si no está presente el Amor de Dios, como sucede como consecuencia del pecado original, el hombre se vuelve contra el hombre y así se convierte en su enemigo. Pero Cristo, con su Cuerpo sacrificado e inmolado en la Cruz como Víctima de Amor al Padre, destruyó con su sacrificio en Cruz el odio que separaba a judíos de gentiles y al infundir el Espíritu Santo por medio de su Corazón traspasado, los unió en un Amor que es superior al amor humano, porque es el Amor de Dios. Por eso la Cruz de Cristo no divide, sino que une, a los hombres, con Dios primero y con su prójimo después. Es absurdo afirmar que la Cruz de Cristo “discrimina” o que es causa de división, porque es todo lo contrario, es causa de unión y de hermandad, en el Amor de Dios, para los hombres. Cristo destruye el odio que anidaba en el corazón del hombre, a causa del pecado, y en su reemplazo infunde el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
         Y Quien cumple y continúa la misión de Cristo en el tiempo y en la historia humana es la Virgen, particularmente en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, porque en la tilma milagrosa están unidas no solo dos civilizaciones, la europea y la americana, sino la humanidad entera y lo está bajo el Amor de Dios, el Espíritu Santo, porque la Virgen de Guadalupe está encinta, porque trae con Ella a Cristo y Cristo es quien infunde, junto al Padre, al Espíritu Santo. La Virgen cumple, entre los hombres, la misma función que cumple Cristo en la Cruz, la de destruir el odio que existe entre los hombres a causa del pecado y la de infundir el Espíritu Santo, pero esto lo hace la Virgen no por Ella misma, sino porque Ella trae a Cristo y es Cristo el que sopla el Espíritu Santo sobre las almas de los hombres, llenando de amor divino sus corazones, amor para con Dios y para con los demás hombres. En la imagen milagrosa de la tilma de Juan Diego, la Virgen une no solo a dos continentes y a dos civilizaciones, sino a la humanidad entera, porque al estar encinta del Salvador, Ella lo da a luz y es el Salvador el que, con su muerte en Cruz, destruye el pecado que hace que los hombres sean enemigos de Dios y enemigos entre sí, insuflando a su vez el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que los reconcilia con Dios y con los otros hombres. En la tilma, la Virgen aparece con los rasgos étnicos de los indígenas de Centroamérica, con el color moreno, con lo cual la Virgen parece pertenecer a los indígenas, pero al mismo tiempo la religión que trae la Virgen de Guadalupe es la religión católica, la religión de los conquistadores españoles, con lo cual la Virgen parece pertenecer a los españoles. En la tilma la Virgen aparece morena, con rasgos indígenas centroamericanos y con una cinta negra en su abdomen, que es el modo como los indígenas indicaban que una mujer estaba embarazada y en su manto se reflejan las estrellas del cielo a la altura de México en el momento de la aparición, pero aparece trayendo no la religión pagana de los indígenas, sino que trae, a los habitantes del Nuevo Continente, al Sol de justicia que alumbra a los españoles, Cristo Jesús; aparece trayendo la religión de los conquistadores españoles, la Santa Religión Católica. Éste es, en sí mismo, un clarísimo mensaje de cómo los conquistadores españoles y los indígenas del Nuevo Continente, en vez de estar enfrentados por el odio y el pecado, se ven ahora unidos por Cristo y su Cruz, que son traídos al Nuevo Continente por la Virgen de Guadalupe. La Virgen de Guadalupe se convierte, así, en conquistadora de almas para su Hijo, Cristo Jesús. El mensaje de la Virgen de Guadalupe es entonces el mismo mensaje del sacrificio de Cristo en la Cruz: puesto que Ella trae a Aquel que, con su Cuerpo crucificado, derriba el muro de odio que separaba a los hombres, su imagen, la imagen de la Virgen de Guadalupe, une a los hombres, sin importar la raza, la edad, la condición social, en una sola religión, la religión católica, la religión en la que, del Corazón traspasado del Cordero en la Cruz, brota el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que colma con el Divino Amor los corazones de los hombres. La Virgen de Guadalupe une, a conquistadores y conquistados, bajo la Cruz de Cristo y Cristo, desde la Cruz, nos sopla el Espíritu Santo, que nos une en el Amor a Dios y a los hombres, convertidos en nuestros hermanos.